Torito

Aletz (Puebla)

El nuevo artesano

Después de recibir bendición del padre, solían atropellarse a la salida de la Iglesia atisbando los castillos de pólvora, oliendo las garnachas y confundiendo los empujones con manoseos. Esta vez se quedaron tiesos, algunos se hincaron, otros salieron paso a pasito. Pocas fiestas tan desangeladas.

Los jóvenes tuvieron que hacer proezas para escapar de sus padres y subirse a los juegos. No eran los mismos de la ciudad, andaban más lento y temblaban donde no debían. Uno se ponía el cinturón para el Boomerang, y al estar cabeza abajo el cinturón se abría o dejaba un espacio donde cabían dos cuerpos. Pero así había sido siempre, hasta ahora se preocuparon los padres, al punto de casi obligar al comerciante a apagar los juegos. No quiso, los jóvenes tampoco, y al final quedaron no más en bajarle la velocidad.

Las chinampinas y palomitas escasearon como nunca. Sólo los niños de la calle y Pocholo hicieron círculo en una esquina para reventarlas. Pocholo era el más emocionado, daba saltos y corría como perseguido por chinches llameantes. Un niño propuso arrojárselas mejor a los perros. Aunque Pocholo pegara de gritos y saltos, siempre se libraba de ellas, los perros en cambio no entendían, o quizá los ofuscaba el ruido. A más de uno le explotó la pólvora en las patas haciendo todo un show. Pero cuando persiguieron a un perro hasta un puesto de comida y le arrojaron la chinampina, se armó la grande. Los adultos los ahuyentaron a patadas, escandalizados de lo que era tradición cada año, cada fiesta, desde que los niños son niños.

“Ora sí, ahí viene el castillo.”

Prendió la rueda de la fortuna, soltando chispas azules y rosas, acelerando el giro hasta que al final se quemó con una velocidad alocada. Ora sí. Al apagarse la rueda se encendieron, debajo de ella, dos retablos de Nochebuenas y nardos. Quedaron encendidas las flores, mientras que desde abajo se encendieron penachos de luz blanca, terminando el castillo en una explosión verde que iluminó la base como si se tratara del tronco de un árbol. ¿Quién salió herido?

Nadie, pero faltaban dos castillos y el Torito. Esta vez no luchaba la Inmaculada contra el dragón, escena climática en las fiestas de noviembre, pero aún así montaron un dragón en la cima de un castillo. Esto pareció de mal gusto para los creyentes, pero se les fue animando el rostro cuando el castillo se apagó entero, salvo una paloma blanca que salió de la base y subió hasta el cielo desplegando sus alas.

Después se encendió el Torito. Y persiguió a los niños, que a su vez eran perseguidos por sus padres, y el Torito que empezaba en la retaguardia, se encontraba de pronto atrás de los padres, que iban frente a sus hijos cuidándolos. Y las chispas del Torito, que no debían quemar más que a los niños flojos o pasmados, terminaron quemando a los padres, que a su vez tropezaron con los hijos, y no faltó quien quiso detener al Torito, pero se le vino encima la bola de fuego y decidió mejor rendir el territorio, empujando, eso sí, a un chamaco. Hasta que se consumió la pólvora.

Salvo algunas quemadas, moretones y caídas, todos ilesos. Hubo un silencio, un momento de fe, de comunión del pueblo, cuando se encendió el último castillo, y aceptándolo como la gloriosa despedida de tan aciago festejo, alzaron la cabeza al cielo para ver cómo se desprendía una de las dos ruedas de la fortuna e iba dar contra la cabeza de un niño.

El acusado, el maldito, el responsable. Lo socorrieron a toda prisa los enfermeros, llegó una ambulancia a la media hora, y al subirlo a la camilla no quedó ninguna duda. El niño quemado era Kevin, el hijo de Librado Tlaxque.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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