La fiesta de despedida

Pablo (Madrid)

El 31 de marzo se cumplieron 90 días desde que empezara el año. Eso quiere decir que al finalizar ese día habían transcurrido 2.160 horas desde la primera del 1 de enero. En ese tiempo 27.004 personas decidieron que los planes de su vida, al menos a corto plazo, no pasaban por el lugar que les vio nacer. Eso son 12 personas a la hora, 1 cada 5 minutos, lo que dura un cigarro, una canción o la espera del impaciente. El año tardamos el doble de tiempo en alcanzar esa cifra de defunciones de arraigo. Acabamos con 50.521 emigrantes, o al menos eso es lo que supieron contar.

Como, por suerte, las cosas importantes de la vida carecen de estadística nunca podré averiguar aquello que encuentro más relevante en ese número, cómo fueron las despedidas. De los 27.004 querría saber quién hizo una fiesta, quién una cena con amigos, o con una persona, quién salió a pasear con su perro, con dos conocidos o quién cerró un bar entero, quién se fue sin decir nada, cuántos creían que no tenían nada que decir. Lo único que puedo saber es que de las 27.004 estuve presente en una.

Habría sido fácil que fuera periodista, habría sido fácil que se fuera desencantada con el país y con su situación, que quizá se fuera a aprender un idioma mientras trabajaba o para volver a estudiar. Por suerte su marcha no tenía nada que ver con la crisis, que en estos momentos puede dejar de ser un verdadero motivo para convertirse en la mejor de las excusas. Sandra se habría ido de todas maneras, le salió trabajo, le habría salido de todas maneras.

Su fiesta de despedida fue en su amplia casa, cena, alguna copa y conversación y música, algo animado pero nada excesivo. Ella no bebería demasiado, se marchaba la noche siguiente. De repente me encontré rodeado por un gran número de desconocidos, aparecidos de las ramas de su vida que nunca me había mostrado. Pocos conocíamos a más de dos personas aunque la mayoría parecía conocerse desde siempre. Sin embargo aquello no era lo suficientemente íntimo como para que ninguno se sintiera un actor principal en la vida de Sandra. Al menos yo eso lo sabía de antemano, fui porque me invitó y las invitaciones a despedidas nunca deben rechazarse. Tras intercambiar un par de frases con los que sí conocía y retraerme de aquel círculo descubrí que en verdad la mayoría estaba como yo, y que los más cercanos se despedirían a la luz del día siguiente, y que hoy podían llegar más tarde, como así hicieron. El ambiente era el que preveía, ninguno admitía no conocer a la mayoría, nadie se desvelaba, ellas se miraban sorprendidas y se preguntaban unas a otras de qué conocían a Sandra, ellos parecían secretos que veían la luz ahora que mantenerlos ocultos carecía de sentido. Después de las frases de costumbre y cortesía se quedaban callados, cuando eso sucedía al mismo tiempo la incomodidad era insoportable, afortunadamente siempre había algo de música. Sandra, perfecta en las apariencias como de costumbre, nos presentaba como si fuera tejiendo una red entre nosotros, ahora que ella, núcleo del que salían todos los radios de la fiesta, iba a dejar de existir.

Siempre esas fiestas se enrarecen, su aura es la del cielo amenazante, quizá aparece el llanto o quizá no, quizá un comentario a destiempo o una copa de más. Los comentarios son forzados, todos parecía que fingíamos algo. Esas fiestas son las del no queda más remedio, remedio de tener que estar, remedio de aguantarse todos los reproches porque es el peor de los momentos, remedio de no poder ponerse una máscara excesiva llegado el caso, de histrionismo o comedimiento, qué importa, remedio de tener que acicalarte para luego tener que contenerte, remedio del por qué me invitaste cuando sólo era un actor secundario y a los secundarios nadie los recuerda.

Al final llegaron sus amigos de verdad y todo pareció normalizarse, ella nos atendía, nos decía unas palabras y volvía con su gente mientras el resto continuábamos nuestra cita a ciegas sin puntos suspensivos. Asentimos en sus palabras de agradecimiento, por la fiesta y por haber estado ahí, recogimos sus besos en nuestras mejillas y salimos calmadamente cuando la hora se hizo tarde y el tiempo de descanso de Sandra menguaba. Nos despedimos entre nosotros con la absoluta y tranquila certeza de que jamás nos volveríamos a ver y nos pusimos las chaquetas. Creo que fui el único que pensó que si me acababa integrando en esas estadísticas lo último que querría sería una fiesta como esa.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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Una respuesta a La fiesta de despedida

  1. Harold dijo:

    Lo mejor es irse sin despedirse, sin reproches ni culpas, sin los buenos deseos que pesan como piedras y sin la condescendencia de algunos conocidos. Desafortunadamente, estas cosas no siempre dependen de uno mismo.

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