Torito

Aletz (Montreal)

Primera víctima

El hijo de Atilano cayó dos pisos desde la azotea, haciendo eco al caer con un trueno que estalló en el pueblo. Una semana estuvo en el hospital, y los gritos de la madre, los rumores de los amigos y el sudor que bañaba la frente de Manolo cada vez que le sugerían un nuevo motivo al supuesto accidente, reavivaron el recuerdo entre todos los del pueblo. Librado Tlaxque, ¿sería posible?

Regresaba para cobrarse la muerte de la familia, la cárcel injusta, la desgracia, la tristeza. Una bola de odio y resentimiento que iría a estrellarse contra los que le habían hecho algún daño. Atilano había sido el primero, ¿sería el último? ¿Alguien más tenía un pendiente con Librado Tlaxque?

Su vecino Sixto. Ése le cerraba la llave del tinaco cuando Librado no quería pagar el servicio, y si no pagaba, la vecindad entera tenía que estarse sin agua hasta que resolvieran pedir una pipa o esperar. ¿Le había cerrado la llave esa noche? Sixto no lo recuerda. Pero, aún así, si lo hubiera hecho, ¡iban salvarlos a cubetadas! La casa voló en mil pedazos, el cielo se cubrió de fuegos artificiales con prisa de explotar al mismo tiempo. Los cuerpos debieron morir calcinados al instante, el agua del tinaco no hubiera servido gran cosa. Eso pensaba Sixto, pero qué tal si el agua hubiera sido una buena consolación, algo para a lo menos hacer la finta, echarles un chorrito, hacer como que trabajaban por su rescate.

El fogonazo de los Tlaxque le tiznó la fachada a la casa de Sixto. Él dejó ahí la mancha por falta de dinero y pereza, pero apenas se enteró de lo de Atilano, la sintió como un lengüetazo de venganza, y corrió a comprar pintura.

Estaba también la madre de Poncho, el que había sido pretendiente de la Vanessa antes de que ella escogiera a Librado. Con Poncho se tomaron un helado en la feria de Cholula, hablaron de casorio, hasta de hijos, pero al final ganó Librado. Así, de pronto, sin explicaciones, dejando a Poncho hecho un trapo y a ella, su madre, una fiera. Piruja sidosa, gritaba la madre, y también le rezaba a San José para que la encontraran a Vanessa con amante, que le diera una enfermedad venérea, que el pueblo entero supiera lo piruja sidosa que era. Rezó, hasta que se enteró del incendio.

“Ah chirrión, yo no pedí eso.”

“Tranquila hija, esa familia ya está en el cielo,” le dijo el padre. Pero bien le pudo haber dicho cien veces, a cien gentes distintas del pueblo, cada una con su cuenta pendiente, con su remordimiento de conciencia. Ellos seguían temiendo la maldición. La maldición del Torito, como se le empezó a llamar, porque vendría en un animal bufando pólvora, embistiendo al culpable en una llama.

“Dios mío, ¿cuánto le quedamos debiendo al Librado de lo de la fiesta esa?”

“¿Entenderá que la llamé piruja por lo mucho que me hacía sufrir mi hijo?”

“¿Sabrá perdonar un descuido, cuando no la invitamos a lo del bautizo?”

“Hijo, ¿le dijiste algo feo al Pol, lo seguiste molestando?”

El hijo de Atilano salió del hospital rengueando, vendada la cabeza, moretones en todo el cuerpo pero, eso sí, más flaco. Al final le sirvió para algo, pensó la gente. Triste consuelo.

El siguiente vendría peor, para ese sí no habría salida. No habían hecho lo suficiente para sacar a Librado de la cárcel, no asistieron a su familia, se cruzaron de brazos cuando debieron haber insistido. Vendría algo más, y quién lo dudara que le viera la cara a Manolo y a Atilano. La maldición de Torito agarraba fuerza.  Una respuesta, un desenlace, un culpable, era lo único que faltaba saber.

Y así llegaron al ocho de diciembre, día de San Andresito, santo patrono del pueblo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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