La guerra de los Freuds

Guille (Paris)

Era el cumpleaños de Carmen Cisneros la profesora de piano. Después de que diera su concierto y todos aplaudieran sirvieron la torta. Era la misma fiesta del año anterior, solamente había cambiado la ventana del frente, donde ahora se paseaban unas chinas muy hermosas: Una alta, espigada y con el pelo bien negro, otra más bajita y que vestía siempre de rojo.
Era el momento de soplar las velas, lo que Carmen hizo con la misma ceremonia con la que ejecutaba Chopin. Su boca se arqueaba en una “o” y soplaba despacio, las sesenta y tantas llamitas, que los ridículos de sus amigos se habían tomado el trabajo de plantar en el pobre pastel.
Sacaron las múltiples velas y cortaron. Cuando retiraron dos o tres partes vieron algo que les llamó la atención, primero pensaron que era un resto de masa cruda, pero tuvieron que acercarse mejor: Era una nariz. La picaron un poco con el cuchillo y después uno empezó a tirar. La bandeja se rompió y apareció un bigote blanco seguido de una boca que empezó a relamer la crema chantillí. Entonces arrancaron más y sacaron una cabeza completa con un sombrero chaperón negro. Se movía intentando salir. Algo desesperadamente, y lo ayudaron.
Poco a poco fueron arrancando a un hombre de unos cincuenta años, había destrozado la mesa, estaba bien vestido, se acomodaba la corbata nerviosamente.
Zapateaba sacándose los pedazos de torta del calzado y el pantalón (el pobre estaba todo manchado).
A pocos kilómetros, Natalia, una joven profesora de geografía, estaba sola; no solamente ese día o en el departamento, su novio la había abandonado. Había pasado la tarde revisando unos exámenes de sus alumnos de sexto. Sintió una punta en el vientre y fue al baño. Apenas se sentó y una gran fuerza le abrió los muslos, se tocó y sintió como una gran bola, tiró un poco y tocó unas superficies muy lisas y al fin le mordieron los dedos. Se paró como pudo y se puso de espaldas al espejo: sacudiéndose, abriéndose paso entre las nalgas tenía una cabeza. Y además… ¡Era una cabeza que conocía! ¿O no?..
Cuando salió más y la cara miró de al espejo se dijo ¡Sí! ¡Es Sigmund Freud! Se veía igual que en la foto que ella conocía, incluso con la misma chaqueta, porque el psicólogo ya había sacado los hombros y un brazo. De ese brazo lo tomó Natalia y tiró. Los dos movían el cuerpo como serpenteando, en direcciones contrarias. Freud ya había sacado el otro brazo y lo había apoyado contra el mármol del lavamanos. “ay, ay” decía el anciano. Al final se despegó completamente del cuerpo de Natalia, que cayó al piso, exhausta y dolorida.
Al frente de la casa había una pared blanca. Los que pasaban vieron un punto de color, sólo algunos se detenían para quedarse inspeccionando. Pero a los pocos minutos ya era más inquietante: Una cara que salía del muro. Algunos bromistas le metían los dedos por la nariz o la mordisqueaban, no sabían que era la nariz de Sigmund Freud.
Eso era un sábado, y había una fiesta cerca. Una chica rubia conversaba al lado de la barra de bebidas. Se vio una pequeña punta negra saliendo de su nariz. Hasta que alguien al lado se dio cuenta y la señaló. Ahora el pedazo de tela ya le cubría la boca, era extraño que no se diera cuenta, quizás ya estaba un poco borracha.
Se sacó la punta dura y empezó a tirar. Era como un semicírculo de felpa negra, un amigo suyo lo tomó y comenzó a tirar también. Debajo de la bomba negra del sombrero había como unos pelos blancos. Ella se puso a gritar. Alguien llamó a una ambulancia, pero era obvio que no podían esperar para arrancarle eso de la nariz.
Seguían tirando y de un golpe vieron unos pequeños anteojos y otra nariz. Siguieron tirando y vieron una cabeza. Era Freud.
Ya las apariciones empezaban a televisarse. Estaba surgiendo por todas partes. Incluso una presentadora vomitó un Freud mientras hablaba del tema.
El psicólogo se levantó del piso, a donde había caído ruidosamente, y le clavó la pipa en medio de la frente a la presentadora. Surgió una estrella de sangre, chorros que se alejaban del mango de la pipa; clavado sólidamente.
El Freud sacó la madera y la limpió con un pañuelo de seda. La cámara sorprendida hizo foco en la cara del psicólogo, que la fijó unos segundos de mirada punzante y luego saltó, la filmación lo siguió para comprobar que el movimiento se transformaba en un vuelo sostenido a unos treinta centímetros del suelo. Y se perdió de vista.
Ya Buenos Aires latía al ritmo de la guerra. La policía había salido a derribar Freuds con sus cachiporras ciegas y su ton ni son.
Se formaban barricadas de Freuds en el aire, se formaban grupos de gente que improvisaban armas: Botellas cortadas, palos de escobas, piedras.
El escenario principal (aunque las batallas se multiplicaban en toda la ciudad) era la plaza del Obelisco. El transito se había detenido y se había formado un campo de tensión alrededor del cual frotaban los contrincantes sus cuerpos belicosos.
Un Freud contra un hombre, ocuparon el centro vacío. El hombre lo agarró de la pipa fatal y lo hizo girar 180 grados hasta hacerlo chocar contra el piso. El Freud se dio vuelta y le tiró un complejo de Edipo. El hombre saltó sobre su madre que estaba a pocos metros y la violó con tanta furia que casi la rompe contra las paredes. Después se acercó a su anciano padre y le clavó la pipa que le había arrancado al psicólogo.
Ya se estaba haciendo de noche, pero las cabezas carcazas de los Freuds se encendían.
Entre el fragor de gente desesperada, detrás del obelisco, aparecieron Freuds jineteando sus divanes voladores.
Los militares los tomaban en el aire y les apretaban las gargantas. Las barbas se hinchaban hasta que la cabeza explotaba. Ellos disparaban de sus pipas rayos analíticos que enloquecían a los pobres militares, que corrían hacia un momento de locura.
Con un silencio psicoanalítico que entraba por los poros del cerebro y desarmaba la mente los atacaron por la espalda, mas precisamente por la nuca. Se los clavaban con los dientes de Freud y los dejaban zombis.
La gente caminaba así, y caía metros más allá. Después los cuerpos se levantaban, las mandíbulas se cubrían de barbas blancas, de las orejas salían bandas de plásticos que rápidamente conformaban unos lentes que se enganchaban en la nariz. Ya completamente Freuds, salían a atacar a los otros.
Algunos Freuds mordían los animales, perros o palomas, que igualmente desarrollaban lentes y pipas. El cielo se cubrió rápidamente de Freuds voladores que se dispararon hacia el resto del país.

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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