Torito

Aletz (Puebla)

Santa Pólvora

Cada trueno los ponía en guardia, cada estallido tenía su eco interno. Corrían a revisar al chamaco, se verificaban el corazón, la cabeza, las tripas. Si Librado iba a vengarse lo haría por ese medio, dándoles un susto para metérseles después en el cuerpo.

La fiesta de Santa Eduviges, Santa María Xixitla y Santa María Coaco, truenos y más truenos. Santiago Mixquitla y Santiago Xicotenco, truenos y más truenos. San Miguel Tianguisnahuac y San Miguel Xochimehuacan, la Santísima, el Sagrado, San Matías Cocoyotla, San Andresito y San Pedro Mexicaltzingo, santos patronos del pueblo. Truenos. Eccehomo, Jesús Tlatempa, San Pablo Tecamac, bautizos, quince años, bodas, y así volver a empezar. Truenos cada día de cada mes de cada año.

¿Prohibir la pólvora en las fiestas? Más fácil hubiera sido desaparecer el pueblo entero, o tumbar las iglesias. Los cholultecas jamás la dejarían. Sus dioses vencieron con ella, pólvora y trueno. Dejarles de reventar aunque fuera una chinampina era aceptar de nuevo la derrota.

Atilano y Manolo debían aguantarse, o ponerse al tiro. Al fin y al cabo no fue su culpa que Librado guardara la pólvora en un lugar tan indebido, ¿acaso no era él el experto? Su casa, aunque chiquita, había tenido un jardincito alrededor, por qué no la puso ahí. En última instancia, el campo es grande, si había peligro por qué no la enterró en algún lugar que sólo él supiera, desenterrarla de poco en poco, mientras iban pasando las fiestas. En dado caso, también tenían dinero. Ahí estaban los médicos y los curanderos, uno de los dos le atinaría al mal cuando éste llegara.

“¿Y si no, Manolo?”

“Si no, nos confesamos con el padre.”

“Pero si no hicimos nada.”

“Quién sabe Atilano, eso nunca se sabe.”

Para Manolo era fácil, porque no tenía un hijo que tomaba toda la banqueta al caminar, aleteando sus brazos, resoplando y silbando de lo gordo que estaba. Ni le daban migrañas, ni estreñimientos, ni mareos a la esposa. Cada trueno era un recordatorio, una nueva amenaza, un  “cuchillito que me clavan aquí en el cuerpo, Atilano.”

“Pues tápele los oídos.”

¿A qué hora se los iba a tapar? Si truenos había a cada rato, todos los días. En el momento menos pensado, dos o tres de la tarde, pum, tomando la siesta. A la salida del trabajo, ocho de la mañana, pum. El noticiero de las nueve, pum, a dormir. Pum, en lugar de la alarma despertadora.

“¿A qué horas, Manolo?”

“Yo no me preocupo por el ruido, Atilano. A mí lo que me preocupa es el fuego.”

Y al evocarlo, ambos vieron de nueva cuenta la estela de luz en la que, hacía ya un par de años, se había ido la familia de Librado Tlaxque. E imaginaron la manera en que la suya, su propia familia, podría convertirse en eso, un hilo de luz. Un hilo de luz panzona.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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