Pilar

Guille (Paris)

Cuando llega el verano, llega Pilar. Y ese año, como hacia desde mi llegada a Paris, viajé a mi pequeña ciudad en Córdoba. Pasaría allí los dos meses de las vacaciones europeas.
Cuando llegué al aeropuerto de Pajas Blancas hacia frio y mi familia me había estado esperando por más de dos horas debido a un retraso que sufrimos en la escala madrileña.
Mi hermana estaba muy flaca, siempre me da esa impresión cuando la vuelvo a ver, como si adelgazara cada año. Los niños de mi hermano eran lo más feliz del mundo y mis padres, cada uno por su lado, como si un campo magnético las mantuviera a varios metros de distancia.
Yo estaba con la cabeza dada vuelta, las neuronas giraban en sus lechos musicales, Paris-Córdoba, no era un viaje como otro, era más bien como leer un verso, de izquierda a derecha, y llegar a Pilar.
Fuimos en el auto de mi madre, con una fotito de la virgen María en el espejo retrovisor. En fin, este viaje tenia mucho de espejo retrovisor. Pero de repente estaba parado yo y nuestras vidas en el espejito.
¡Cuantas veces habré mirado las fotos de Pilar en Facebook! ¡Sintiendo que esa era la felicidad! La felicidad real, mi capital de realidad.
Cuantas veces he recorrido las fotos de los asados, de los casamientos, de los cumpleaños. En los ojos de mis amigos no importan las estupideces que acá; hay hasta en la ropa una amabilidad de la que me he abrazado para no hundirme en el mar que me separaba de Pilar.
A mis amigos los vería mañana, esa noche, a dormir en el cuarto de la infancia. Mis maletas no habían llegado, de hecho el viaje fue terrible; al retraso se le sumaron los malos tratos, la perdida del equipaje de más de quince pasajeros y la promesa vaga de enviarlo a una dirección en el espacio de una semana. Sin mi ropa, tuve que vestirme con lo que había dejado, cinco años atrás. Cuando desayunábamos con mis hermanos y mi madre, medialunas con jamón y queso, cuando caminábamos con mi padre, hablando de literatura y de libros de autoayuda.
La ropa conservaba exactamente el mismo olor y por supuesto, el mismo tamaño, pero yo no, por lo que fue como injertar una época dentro de otra, crujían las cosas quejándose.
Si me dormí, me desperté a las seis de la mañana, al día siguiente. A las seis y media estaba bañado y afeitado, vestido casi de niño, en el living materno. Frente a la ventana que da a la ferretería de mis abuelos donde crecimos.
Por una hora releí algunos libros que había dejado, una colección de tapas negras de la obra completa de Borges y un libro de Silvina Ocampo. Después de desayunar pasé por La Nueva, el supermercado de Diego, para ver que hacían por la noche y después fui a la casa de mi papa, a pocas cuadras.
Estaba, como siempre, tomando mate. Se había mudado varias veces, pero realmente el escenario había sido siempre el mismo: Sobre la mesa, pedazos de pan negro, un cuchillito con la mitad de la hoja, dulce, miel, manteca, un tarro con cereales o maní.
Ahora tiene su esposa y su hijo chiquito, cuyos juguetes cubren el suelo. Charlamos un poco de lo que iba pasando en la tele (políticos, modelos, escenas de “policías en acción”) y después de unos mates volví a casa de mi madre.
Allí la decoración es menos inmóvil: Ahora las paredes estaban pintadas de rojo, había nuevos sillones y muchos objetos traídos de diferentes viajes por Argentina.
Siempre siento una gran melancolía durante toda mi estadía en Pilar. No es nada fácil, es como viajar a una región del espíritu muy frágil.
En la plaza por ejemplo, o con los chicos en un asado, comiendo con mi familia o caminando con mi padre, podría ponerme a llorar.
Pasé la tarde en casa, escribiendo un poco y leyendo. Por la noche llegaron mis amigos a cenar, cociné Bouef Bourguignon y nos quedamos hasta las tres de la mañana charlando.
Cuando me desperté al otro día, tomé un té rápido y fui a la casa de mi papa que me había invitado a desayunar.
Salimos a caminar por las afueras. Rápidamente Pilar se convierte en un descampado, por un lado el rio por el otro los sembradíos de soja.
Esos terrenos baldíos son para mi tan impresionantes como el mar. Fuimos caminando bordeando las vías. Seguimos unos veinte minutos y cuando íbamos llegando al bajo vimos a un tipo semi desnudo.
No sé bien porque lo dejamos acompañarnos, quizás pensamos que él conocería más el bajo que nosotros, que íbamos solo de tiempo en tiempo. Y de hecho, apenas bajamos la explanada nos sorprendimos. Donde estaban las casas que yo conocía no había nada, solamente vi los restos de un animal. Avanzamos siempre con el otro al lado y en el terreno de la casa de Manzanelli había ahora solo un gran hueco.
¿Habrá caído una bomba? –Pensé-Pero la superficie de la tierra no mostraba ningún indicio.
Tratamos de consultar a nuestro guía, que caminaba semi agachado a pocos metros de nosotros.
-Agh! –gritó y nos atacó.
Se prendió del hombro de mi papa, que intentaba sacarlo y le decía
-Salga, salga.
Agarré un palo y le di al tipo en la cabeza. Pero era como pegarle con una almohada, seguía allí. Me abracé de su cuerpo raquítico y tiré tratando de sacarlo. Hasta que caímos los tres y el otro se asustó y salió corriendo, dando gritos animales.
Volvimos al centro, buscando una respuesta. Pero no había nada; el paisaje se parecía a lo que habíamos visto en el bajo.
Era difícil saber donde había estado la ciudad, donde estaba su casa, donde la de mi madre, o la de mis amigos.
Pasó un grupo de hombres extraños corriendo, nos protegimos y con la polvareda perdí de vista a mi padre. Lo busqué por unos minutos pero parecía haberlo tragado la tierra.
Seguí caminando hacia donde pensaba estaba antes la plaza cuando sentí una sombra demasiado grande, levanté la vista y vi a un mounstro gigantesco. Era un tiranosaurio rex, como los que había visto tantas veces en las reproducciones de Billiken.
Tenia la boca llena de sangre y los brazos levantados al aire; pasé corriendo entre sus dos patas que eran verdaderas columnas de cuero, con un olor fétido que me mareo.
Salté en un desnivel y seguí corriendo. Vi un grupo de hombres alrededor de una presa. Estaba tan despedazada que ya era imposible saber de que animal se trataba. Traté de acercarme sin ser visto, protegido por unos arboles bajos. Me pareció reconocer una de las caras que se afanaba con la carne. Me acerqué más. Se trataba de Marcos, que casi había perdido su forma humana, estaba desnudo y el cuerpo había tomado la forma de una garra. Su cara no tenia expresión, solamente transparentaba la tensión del hambre. Los dedos terminados en uñas filosas estiraban la carne, como si no le bastara destrozarla entre los labios.
El que estaba al lado era el Diego, con una mano sostenía un hueso que terminaba en una bola de carne, con la otra la parte de un rostro.
Al frente de él estaba Falopa, tan delgado como siempre, pero con una cara cambiada por la agresividad y la urgencia. Sus ojos verdes flotaban entre borbotones de sangre.
No podré describir el resto, pero estaban todos mis amigos, devorando. Hasta que los hizo huir otro animal.
Los dinosaurios eran muy diferentes a lo que yo había imaginado. Parecían grandes perros sin pelaje, los había de diferentes formas, cerca o lejos, y no era fácil esconderse.
En un momento creí seguir un curso de agua y me encontré en un charco de sangre y unos minúsculos pescados dorados (brillaban tanto en la profundidad que podían verse a través del espeso color rojo) me atacaron las piernas, tuve que saltar y caí cerca de un cadáver. Un animal extrañísimo, cuya cabeza parecía una oreja hinchada, estaba alimentándose de él y se asustó, salió volando.
Vi una concentración de hombres a lo lejos. Era un ritual, era el festival de la sangre, una canción que se elevaba de los cuerpos, salía por los poros del aire, convirtiendo todo en sonidos danzantes. Los brazos se dirigían al cielo, como celebrando la luna de la tarde, que estaba roja como un pompón de luz de amor. Y estaba sangrando. Ese era el sabor del festival. La luna sangraba y el hilo de sangre caía exactamente en el rio, que no era más que un efluvio de sangre luminosa, del que mis amigos se servían copiosamente, bailaban.
El rio subía hasta la luna. Me acerqué más, todos mordían, eran felices, y yo conocía esas caras transparentes y rojas, caras que había visto desde la infancia, las caras de Pilar.
Y entonces lo sentí. Mis amigos se estaban comiendo la luna. Apoyaba su cola de sangre sobre Pilar y montaban por ella, hacia el horizonte, donde el poniente animal los esperaba, despertando de la soledad.
Muchos ya habían llegado al cuerpo y se alimentaban felices, el cielo se teñía de música y de sangre. El ágape se metía por los poros del aire, adentro de las moléculas de las cosas y los seres y lo cubría todo con su festejo.
Me acerqué y tomé un pedazo entre mis manos, era una carne blanda y movediza, brillaba con cada movimiento y la electricidad que pasaba a la yema de mis dedos me recorrió todo hasta darme una puntada en el cerebro. Acerqué la luz y mordí.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Pilar

  1. Aletz dijo:

    Muy bueno, hay unas imágenes increíbles: eso de leer un poema de izquierda a derecha y llegar a Pilar. Chapeau!

    Eso sí, a cuidar la ortografía. Qué es eso de papá sin acento?

    • Guille Bravo dijo:

      ah.. tenés razon Aletz, lo que pasa es que tengo el teclado francés y cada acento tengo que hacer una manip un poco aburrida. Pero es cierto, tendré que tener mas cuidado. Yo también vengo siguiendo tus ultimos post (con acento en la a de mas, en la u, etc!) y me gustan mucho, me gusta cada linea. Voy a ver como hago con el teclado, porque antes tenia uno espanol..Quizas el proximo viaje a Argentina me compro un teclado.
      abrazo

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