Túnez

Cempazúchitl (Washington, DC)

Con la novedad de que estuve de misión en Túnez. Esta es la primera mision, lo que representa, personalmente, que poco a poco estoy escalando en el tótem del mamotreto burocrático en el que estoy intentando hacer carrera. Para propósitos del blog, estar aquí me permite lanzar unas reflexiones sobre lo que vi y sentí en Túnez, cuna de las Revoluciones Árabes.

En el área en que trabajo, las misiones consisten en ir del hotel a los ministerios, hablar con funcionarios de gobierno, cenar con los demás miembros de la misión, y volver al hotel. En una semana, sólo tuve una conversación con un ciudadano “normal”: cuando me perdí en el mercado y le pedí a un chico que me llevar al Ministerio, y en el trayecto hablamos. De tal forma, el margen de error para que mi opinión esté sesgada es enorme.

Pero aún así, presento, a continuación, unos pensamientos en estricto desorden.

Desde un punto de vista geoestratégico, el problema de la Revolución Tunecina es que Túnez nunca tuvo vocación de ser país ni pretensión política alguna. Túnez no es Marruecos, que siempre fue independiente respecto a los europeos y a los otomanos; no es Argelia, que nació con una vocación anti-francesa y anti-imperialista; no es Libia, a la que, mal que bien, Qadhafi y el petróleo la ponía en el mapa; no es Siria o Iraq o Egipto, campeones del socialismo y el nacionalismo árabe, y cunas de la civilización antigua. Desde un punto de vista político, lo único que ha aportado Túnez es haberle dado asilo a Yasser Arafat cuando todos los demás países árabes lo tenían aborrecido y, más recientemente, ser la sede de la Banca Africana de Desarrollo.

Para tener un referente político histórico relevante, los tunecinos tienen que irse hasta la Cartago de Aníbal, y ni siquiera es un referente victorioso o glorioso: a Aníbal se le recuerda por haber tenido a Roma de rodillas pero dejar pasar la oportunidad de arrasarla porque tuvo la brillante idea de pasar a sus elefantes por los Alpes en pleno invierno.

Desde la caída de Cartago hasta inicio del siglo XX, Túnez era poco más que un puerto de piratas en medio del Mediterráneo. Túnez es un Estado-Nación casi por accidente y por las necesidades del sistema político internacional moderno, al igual que los países del Golfo (Qatar, Bahréin, EAU, etcétera). Objetivamente hablando, no hay razón por la que Túnez no deba ser parte de Argelia o Libia, de la misma forma en la que no hay motivo objetivo (más allá de la perfidia de los ingleses) por el que Kuwait no debía ser parte de Iraq o Qatar de Arabia Saudita. En eso, y nada más en eso, Saddam tenía razón.

Hay, no obstante, una diferencia significativa entre Túnez y las petromonarquías del Golfo: Túnez sí tiene un referente histórico real (Aníbal); los estados del Golfo sólo tienen a un mito que, además, comparten con los griegos: Sinbad.

La falta de pretensiones de Túnez se nota desde el nombre de sus calles. La avenida principal se llama Burgiba, el apellido del fundador, respetado por los tunecinos a pesar de haber matado y robado tanto como Ben Ali. Ya sabemos que todo tiempo pasado fue mejor.

La segunda y tercera avenida principales se llaman, respectivamente, de Francia y París. ¿Ven cómo Túnez en realidad no tiene vocación de ser país¿ La historia no fue exactamente así, pero lo pudo haber sido: lo que pasó fue que a los tunecinos les llegó el memo de que los argelinos se estaban independizando y llegaron a la conclusión de que era chic que ellos hicieran lo propio.

La Avenida de Francia, además, pretende ser una copia de Champs Elysées: tiendas y cafés con mesas a lado de la calle, dejando el espacio de en medio libre para los peatones. Pocos países he visto que sean tan amables con sus antiguos colonizadores.

Ahí nació la Revolución Árabe, el movimiento político más importante de lo que va del siglo: en un país que ni figura internacionalmente ni ha tenido vocación de nada, ni siquiera de ser país. Es como si mañana nos dijeran que el movimiento político más importante de América Latina va a empezar en Paraguay y se va a extender hasta México. Nadie lo creería, con el debido respeto para los paraguayos.

Quizá, pero sólo quizá, la misma insignificancia de Túnez es la que haya permitido que la Revolución haya nacido allí. En Argelia, por ejemplo, la gente que está en el poder son los que ganaron la Guerra de Independencia, por lo que tienen mucha legitimidad a nivel nacional e internacional, y una revolución no tenía posibiidades de prender.

Túnez es el único país en el que los taxistas no me han intentado estafar. No sé si la honestidad sea algo habitual o si es algo reciente por la caída del turismo en el último año, primero por la revolución, y ahora porque los europeos están quebrados.

Ojalá Túnez pase al Mundial. La gente está cansada de la revolución y de las expectativas que no se han podido cumplir. Se les nota cansados. El Mundial les daría un break colectivo.

Parte del cansancio se refleja en el hecho de que la gente cree que algún día van a volver a “la normalidad”. No se han dado cuenta que, en el mejor de los casos llegarán a una normalidad nueva, que poco o nada tiene que ver con la normalidad anterior. Por otro lado, no puedo culpar a los tunecinos de su nostalgia. En México, país del que vengo, la gente sigue añorando el regreso del partido de la dictadura 12 años después de su caída, y eso que la transición mexicana a la democracia ha sido menos oscilatoria y en condiciones socioeconómicas mucho más favorable que la tunecina.

El problema de fondo es que hemos vendido mal a la democracia. La gente cree que con democracia se van a hacer ricos. La evidencia (y hablo de evidencia numérica, no argumentos escritos) en este respecto es ambigua en el mejor de los casos y, cuando se saca de la muestra los últimos 20 años de crecimiento en India, la correlación parece correr en sentido contrario (más democracia, menos crecimiento).

Tenemos que entender, y empezar a vender, que la democracia no es un pase a la prosperidad, sino una forma de ser tratado. Vivir en democracia no es ser rico, sino tener ciertos derechos y garantías inalienables. Nada más, pero tampoco nada menos.

El chico que me llevó al Ministerio dice que no ha encontrado trabajo desde que terminó la revolución (tampoco lo tenía antes). Tiene 32 años. Su queja principal es que no ha pasado nada, que las cosas van muy lento.

Mis amigos del Ministerio estaban acostumbrados a abrir el periódico y leer lo que el Presidente había dicho el día anterior; ahora ven lo que ellos consideran, no sin razón, insultos y calumnias propias de una prensa libre. Y así va a ser de ahora en adelante, a menos de que llegue otro dictador. Es fascinante verlos, a todos estos hombres del antiguo régimen contemplando cómo el mundo que conocen y ayudaron a crear se caen a pedazos y lo que se acerca es algo totalmente desconocido.

Desde un punto de vista sistémico, Túnez tiene todo para perder: los europeos, su principal fuente de ingresos están quebrados. Ni compran lo poco que producen ni van a visitar las playas. Están también los islamistas, cada vez más radicales, cada vez más parecidos a la izquierda de Occidente. Y por último, están las expectativas de la gente, que nunca se satisfacen por completo. Los tunecinos lo tienen todo en contra, pero si logran formar un país decente de aquí a diez años, chapeau!

Una de las senior officias del Ministerio es una de las mujeres más elegantes que he conocido. Con traje sastre, buen maquillaje, y pelo con mechas rubias bien puestas.Nada que ver con las mujeres dos generaciones abajo de ella: con velo y ropa un poco entallada (la contradicción ni ellas la entienden), gritando democracia.

Lo más interesante de estar en Túnez en este momento es ver, suena a cliché pero es la verdad, un régimen que no acaba de morir y otro que no termina por nacer. Es como Il Gatopardo de Giovanni di Lampedusa.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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4 respuestas a Túnez

  1. Aletz dijo:

    Genial! Muy interesante!

    En relación a la historia tunezina, el gran Cervantes luchó en esas tierras allá por 1500 y algo. Ganaron la plaza, luego Felipe II mandó llamar a su medio hermano, y la volvieron a perder a mano de los Turcos. Pero de que ahí estuvo, y también Carlos V, ahí estuvo el gran Cervantes!!

    Sobre los taxistas, no creas, a un amigo inglés casi lo violaron. Les pidió Airport, y lo llevaron a la soledad nocturna del Port Maritime, y ya cuando le metieron mano tuvo que aplicar la hooliganesca. Lo bueno que es aficionado del Arsenal!!

    Ese comentario sobre la extrema izquierda, si le hubieras agregado “sacerdotal”, te hubiera quedado igualito a uno de Paz y de Krauze. El dilema está mal planteado. Por un lado la izquierda como amenaza a la democracia y, por el otro, la derecha como democracia de pobreza extrema y enriquecimiento exagerado. No todas las derechas son Islandia, ni todas las izquierdas Venezuela. Pero si las ejemplificamos de esa manera, no vamos a llegar a ningún lado.

    Muy bueno el texto.

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