Aldo

Guille (Paris)

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Me quedo en casa trabajando, el fin de semana pasa. Miro por la ventana los vecinos de en frente, una pareja de jubilados muy simpáticos. Suelo pasar por su departamento para tomar mate y ver la tele.
Estamos separados apenas por un patio interior, donde se pone la basura y las bicicletas.
Ese domingo estaba preparándome para ir a verlos y sentí la voz de Aldo que atravesaba el patio.
Me asomé y los vi a través de la cortina uno al lado del otro frente al televisor, como siempre. Pero la cabeza de Aldo parecía recubierta de un casco inmenso. ¿Qué hace mirando la tele con un casco? Pensé.
Busqué la brioche que había comprado a la mañana y crucé el patio. Desde el pasillo se escuchaba la voz de la novela, tras la puerta con el corazoncito verde.
Me hizo pasar Olga y cuando entré al living vi la enorme cabeza de Aldo. Olga, miope casi ciega, no se había dado cuenta de nada.
– Aldo, ¿Qué le pasó?

Se sostenía el enorme casco blanco con las dos manos y cuando se paró empezó a tambalearse derramando la mesa ratona. Así se acercó mucho a la ventana, casi se cae pero lo sostuve por los hombros.
Tenía la forma de un inodoro. Al final no pudo más y se tiró al piso donde se quedó sentado. Estaba Aldo, con las piernas bien estiradas y duras, sosteniendo con las manos el inodoro que le colgaba sobre los hombros.
¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Decía Olga como una gallina. ¿Queee? Decía el vozarrón de Aldo que se amplificaba en los meandros del inodoro. La voz salía levantando un poco la tapa y parecía Gardel. ¡Pongase los anteojos! Olga salió y volvió con unos anteojos de unos vidrios gruesos grasientos. ¡Aldo! ¡Parecés un caracol! ¡Pero es un inodoro, Olga, ¿O no ve con los anteojos tampoco?! ¡Sí! ¡Es cierto! Que linda voz, te sale, Aldo.
Lo ayudamos a sentarse en el sillón, abrí la tapa, era un inodoro normal, adentro flotaba agua violeta.
Nos miramos los tres, o no sé si Aldo podía mirar. Nos quedamos en silencio los tres. Olga: ¿Y si vas a cantar a la tele? La tele era para Olga como el mundo.
Tomamos un taxi y nos bajamos en el estudio de TELEFE. Aldo fue nuestra carta de presentación. Nos tomaron enseguida para la grabación del programa de Susana Giménez. Los productores daban alrededor de Aldo vueltas entusiasmadas, buscando la presentación adecuada. Le tejían historias y parecía que lo estaban maniatando. ¿Qué tiene en la cabeza? Lo palpaban
-¡Ya lo tengo! ¡Aldo, El inodoro del tango! Exclamó uno al escuchar el vozarrón.

– Aldo, ¿sabés cantar?

Venga. Pasamos por una puerta y fuimos a un salón donde había un montón de gente. Venga, venga. Pasamos a otra sala un poco más chiquita, vinieron unos hombres, Aldo cantó a pedido suyo.
En seguida le propusieron firmar un contrato para hacer un disco.
Susana Giménez estaba feliz con su invitado estrella.
– Me dijeron que desde que tiene la cabeza así canta como los dioses –decía la diva.
– Siiii-cantaba el voz.
– ¡Escuchen! ¡Este hombre es un genio.
Aldo se encogía de hombros.
Volvimos a nuestros departamentos pensando en el cheque que le habían dado.
Empezaron a grabar al otro día y a los pocos meses el disco salió a la venta. El cantante se hizo famoso, « Aldo, el inodoro del tango » fue el disco más vendido esa temporada. Sin darme cuenta me hice del grupo que seguía a Aldo por todas partes, hasta lo acompañé a una gira por Brasil. Poco a poco me fui atando a ellos. Paseábamos en limusina por Nueva York, Aldo sacando la cabeza por la ventana del techo.
Una tarde Olga se enfermó. Mientras Aldo parecía rejuvenecer cada día, el tiempo se cobraba de los ochentaicinco años de su esposa.
Aldo se había convertido en una superestrella internacional . Ya era difícil hablarle sin que se enfureciera por cualquier cosa, estaba tan cambiado que apenas si podía reconocerlo.
Una tarde empezamos a discutir, después de que diera un recital de quince minutos y se retirara arrastrándose, demasiado perjudicado por el abuso de drogas. Le tiré una lata de Coca y una periodista que estaba al lado le revoleó un disco como respuesta a la cascada de insultos que nos había enviado. La cabeza se le hinchaba de furor. Siguió insultándonos y nosotros respondiendo hasta que abrió la tapa y nos tragó.
Giramos en el agua azulada con olor a violetas. Nos encontramos en un ambiente oscuro. Apenas si podíamos movernos, porque todo se movía alrededor.
El resto me enteré por la prensa, después.
Aldo no podía cantar, la voz le salía rara. No podía dar sus conciertos ni grabar, era un sonido demasiado ridículo, como ardillesco. Hasta que tuvo que contar que se había tragado a sus colaboradores. Le hicieron una radiografía y ahí nos vieron. Decidieron abrirlo lo antes posible y sacarnos de ahí. Yo vi como aparecía un rayo de luz en un extremo y una cuchilla celeste, después la luz se fue abriendo hasta que nos dejó ciegos.
No estaba previsto así, pero Aldo no pasó la operación.
Le hicieron una tumba con un bandoneón “la tumba del tango” pero su nombre se olvidó rápido. Olga, cada mañana, le lleva un ramo de flores. Olga, cada mañana, desde hace dos años.
La gente dice, y tiene razón, que de la tumba salen melodías cantadas con una voz gruesa y seductora.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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