Torito

Aletz (Puebla)

Inicio de una leyenda cholulteca

Librado Tlaxque vivía del comercio de la pólvora. Castillos, toritos, truenos, palomas salían de sus manos listas para tronar en las ferias de San Andrés y San Pedro Cholula. Dada la señal, valía mejor taparse los oídos y alzar la mirada. Reiletes de luces engranaban con mariposas que abrían sus alas en un estallido, los toritos perseguían a los chamacos con cuernos y colas chispeantes, retablos de la Patrona domaban al dragón con rosas giratorias de propulsión a chorro. Conocía su oficio, y no regateaba diez pesos. Por eso la gente lo buscaba y lo quería como se quiere un mueble o un árbol que sabemos que siempre estará ahí. Hasta que, de pronto, ya no está.

A Librado le habían encargado la fiesta de San José, las danzas a Quetzalcóatl y la Semana Santa, cada una con su castillo de luz y sus retablos. No supo donde guardar la pólvora, y la dejó a una chispa del boiler de su casa. Salió en la noche a beberse un pulque, y de regreso se le esfumó la familia. Vanessa y su hijo Pol calcinados. Apenas y los pudo ver unos segundos, grabados en el cielo, en forma de una estela de luz.

“Polvo somos y pólvora seremos.”

Se hubiera colgado de una rama o arrojado a las llantas de un coche en ese instante, si no lo hubieran localizado antes la policía y arrestado bajo los cargos de homicidio involuntario. Era una total irresponsabilidad guardar la pólvora en casa, donde vivía su familia, sus hijos. A qué padre, a qué ser humano, a qué cristiano se le ocurría.

Librado Tlaxque firmó y asintió a todo, lo único en lo que pensaba era que le habían quitado el cinturón y hasta las agujetas de los zapatos. Si quería colgarse tendría que hacerse una cuerda con los pantalones o un nudo con los calcetines, o pedirle a alguien, en la cárcel, que le prestara su cinturón.

“¿Tiene algo que decir a su favor?”

Nada, silencio, carpetazo, y rejas. Ya en la cárcel encontró la mejor manera de morir: seguir viviendo.

Desde entonces, las fiestas en San Andrés y San Pedro deslucieron bastante. Ese primer año a la Patrona no le brillaron las rosas del manto y una paloma le sacó el ojo a un chamaco. Los cholultecas recordaron a Librado con suspiros y ayes, no lo querían en la cárcel, pero al César lo del César, y a Dios con sus designios. Pasó otro año, y el torito prendió fuego quemándole las espaldas a quien lo llevaba a cuestas, los reiletes se salieron de sus engranes estrellándose contra la copa de un pirul. La gente volvió a suspirar, pero más quedito. Lo iban olvidando.

De su casa apenas quedaba un fogonazo, de su familia quedó no más el hijo menor Kevin, y de su recuerdo, con los años, no hubiera quedado nada. Si no es que la memoria de dos hombres no dejó de atizar la llama. El señor presidente municipal Atilano Tomé y el señor tesorero Manolo Pérez, a esos dos no se les olvidaba Librado.

Ellos habían insistido en que guardara la pólvora en su casa, en la presidencia no podían tenerla, ni era posible guardarla en un lugar público al alcance de los niños, tampoco podían ponerle vigilante, en resumidas cuentas, no podían hacer nada más que pedirle a él, que ya que iba a sacarle la ganancia y tenía además la experiencia, se hiciera cargo. Librado le buscó una salida, pero tercos, necios, como si hablaran otro idioma, se negaron.

¿Hasta dónde podía llegar la venganza de un hombre? ¿Hasta qué punto de ceguera y confusión?

Atilano y Manolo no se atrevieron a pisar la cárcel para averiguarlo. Tampoco los serenó la muerte del artesano del fuego, a los dos años de haber ingresado al Reclusorio. No quedaron tranquilos porque si el odio es sincero, ya enterrado el cadáver, aquello se convierte en algo mucho peor, en una migraña incesante, un desagüe de tripas, un animalito comiendo a pedazos el corazón, una nube en los ojos. En resumen, una maldición.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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3 respuestas a Torito

  1. Elisa dijo:

    Alex me acuerdo que cuando iba a trabajar al jardín siempre pasaba frente de la casa quemada. Pobre hombre… recuerdo también que me contaron que la gente de San Andrés abogó para que lo dejaran en libertad porque ya estaba pagando en vida su descuido. No sabía que murió en la carcel. Saludos.

  2. Es una historia muy jodida.

  3. Aletz dijo:

    Te acuerdas dónde es la casa Elisa?

    Cada trueno es un reclamo de ese güey!

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