Ciudad de metal

Aletz (Puebla)

Los cuerpos aparecen en todas las esquinas, despatarrados, de la comisura de los labios escapándoles un hilo de un líquido tan oscuro como aceite sucio, y los destellos morados en todo el cuerpo como atacados por un hongo. Son fantasmas. No avisan, hasta estrellarse contra el metal del coche.

Ellos y ellas, los desfavorecidos, los humildes, no tienen la culpa de aventurarse a las aceras, cruzar las calles, detenerse en las esquinas a esperar. Pero podrían ser más responsables. Voltear a los dos costados, regresar si ven que un coche va a dar la vuelta, pedir disculpas: lo básico. No lo hacen, y por eso se los llevan entre las llantas.

Tania, de quince años, un Volkswagen su primer coche. Bib, bip, se despide  de sus padres rumbo a la escuela. Hace cuántos años hacía que la llevaban en el Jeep o en la Van, ahora es ella quien se pierde al final de la calle. Y ya nadie la bajara de su asiento, al control del volante hasta terminar la Carrera, abrirse paso en el mundo y formar su familia. Si un agente de tránsito la detiene, lleva su dinerito en la cartera. Pero ¿y los fantasmas? ¿Un fantasma esperando en una esquina para cruzarla en el momento en que ella de la vuelta? ¿Un fantasma que no obedezca el semáforo? ¿Un fantasma quisquilloso en respetar el paso peatonal?

“Háblanos cuando llegues a la escuela m’hijita. Vete con cuidado.”

Malditos fantasmas. Nunca ha sido fácil educarlos. Echarles el coche, pitarles, mentarles la madre: seguirán interrumpiendo el tráfico con sus pasos. Antes era más fácil cuidarse de ellos, había menos tráfico, sobraba el tiempo incluso para darles un susto y dejarlos a media calle con los pantalones abajo: muévete pinche naco. No había distribuidores viales, segundos pisos, periféricos, circuitos interiores, donde la ley es no frenar; los coches eran más pequeños, una piedra contra el guardafango de un bocho, y ¡Dios mío!, qué maté. Ahora, en las Hommers, se descubre al fantasma, días o meses después, por el olor.

¿Qué hacer con ellos? Vestirlos de luces fosforescentes, obligarlos a no bajar de las aceras, acabar de matarlos, comprarles coches, subirlos a los autobuses, y si quieren caminar, si insisten, que lo hagan en lugares especiales, cerrados, donde puedan dar vueltas. El resto tenemos un destino a donde llegar.

El abuelo, arrastrando los pies, doblándose para entrar al coche. Cambio de lentes, y el esfuerzo de acelerar, dar la vuelta, el estrés de no meterse en el camino de otro y hacer valer el suyo propio. Todo para que un fantasma dé contra el metal de la puerta o el cofre. Y al verlo despatarrado en el suelo, moretones como pequeños planetas suspendidos en una galaxia muerta, deba sentirse culpable, deba pedir perdón, deba indemnizar a la familia. ¡A otro con ese cuento! Ya se les han dado oportunidades. En Puebla, quien quiera bajarse del coche, que asuma las consecuencias.

 

Dedicado a la señora que atropellaron, a mi lado, el miércoles pasado. Afortunadamente se pudo levantar y mentarle la madre al taxista cabrón.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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