Los olvidados

Pablo (Madrid)

Cada día, a las 20:00 de la tarde, alrededor de la rotonda del arco de Príncipe Pío, se reúnen junto a la marquesina de autobús más alejada de todas las marquesinas de la rotonda, los olvidados. Los que según las épocas han recibido el nombre de vagabundos, vagos y maleantes, lumpenproletariado, pordioseros sin Dios o apóstoles de Viridiana, mendigos al fin y al cabo. Allí son recogidos por los servicios sociales de la ciudad y en un autobús diferente a todos los demás hasta en la nomenclatura, el SE730, los llevan al albergue de San Isidro para que dejen de ser los sin techo durante la noche.

El tramo de diez minutos desde que llegan las primeras furgonetas del Samur Social a la rotonda hasta que aparece el autobús es un recital de gritos, mal olor y en muchas ocasiones compañía policial para disuadir y mantener la seguridad en caso de enfrentamiento. Alrededor de los jóvenes de los servicios sociales se arremolinan los mendigos quejándose de sus dolencias físicas, de lo mala que es la vida y de su falta de alcohol y tabaco. Los jóvenes les hacen preguntas, se preocupan por su salud física y les tratan educadamente. Los mendigos o vociferan o preguntan a los viandantes si tienen tabaco o trapichean entre ellos o sencillamente se abstraen de todo y pierden su mirada en la carretera por la que asomará el autobús.

De toda la escena, idéntica día tras día y que suele durar entre diez y quince minutos, me molesta profundamente cuando alguno de los olvidados de sí mismos se pone a insultar y a increpar a la gente del Samur Social, que prestan su servicio la mayoría de manera vocacional y que a cambio tienen que encontrarse con los desplantes e improperios de gente que si no quiere ser ayudada, lo único que tiene que hacer es no pasar por allí a esa hora.

La mayoría de la gente que circula por allí simplemente procura hacerse invisible y mirar hacia otro lado y tratar de oler otro aire. Los que no saben lo que sucede suelen poner ese habitual gesto de tensión rígida ante lo desconocido de mala apariencia. El resto pecamos de mirones.

Esta película se repite a la vez en otros lugares de Madrid, donde distintos autobuses SE recogen a los mendigos y los llevan a los albergues cercanos, aunque tengo la intuición, espero que errónea, de que debido a la crisis en esos autobuses dentro de poco no sólo irán los típicos olvidados, si es que no van ya.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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