Cholultecas (3)

Aletz (Puebla)

Existen tres versiones distintas. La de un fraile que abogaba por los indios, la de un soldado que le reclamaba a la Corona lo que le debía, y la de Hernán Cortés, que le escribía al rey Carlos V. Todas narran un mismo hecho: la masacre de Cholula.

Empecemos con los números. Bartolomé de las Casas refiere seis mil muertos, más los que, escondiéndose bajo los cuerpos exánimes fueron, dos días después, rematados. Cortés nos da la cifra en una frase que nos lo pinta a él cabalmente: “dímosles tal mano, que en dos horas más de tres mil murieron.”  Bernal Díaz del Castillo es más prudente, y eso le costó fama marcial, pero se la granjeó como escritor. Él no abogó en números, “matamos muchos de ellos” escribe, pero tacha después la segunda parte de su frase: “y otros se quemaron”. ¿Los quemaron vivos? ¿Quiénes los quemaron, ellos mismos, los tlaxcaltecas? ¿Los quemaron en el templo a Quetzalcóatl en un ritual, al calor de la batalla? Tachado. De acuerdo con el historiador Lomelí Vanegas, los muertos debieron ser, ese día, entre 5 000 y 10 000.

¿Quién nos explica la masacre? Bartolomé la entendió como una lección marcial “o castigo (como ellos dicen) para poner y sembrar su temor e braveza en todos los rincones de aquellas tierras.” Los conquistadores negociando con el sadismo y la dignidad, azuzando para sacar después el matamoscas. Bernal se enfureció ante la acusación del para entonces obispo de las Casas. Ante todo un buen cristiano, Bernal se preocupó en decir que ellos hicieron lo correcto, de otra manera los indios seguirían en sus cúes, adorando demonios, Uichilobos, Tezcatepucas, sacrificando enemigos para comer sus carnes con sal y ají y tomates. Fue lo correcto, nos quiere convencer Bernal, y se quiere convencer a sí mismo. Ellos se lo ganaron, por infieles. Pero tacha la frase: “y otros se quemaron”.

Cortés, por su parte, no da explicaciones.

¿Cómo sucedió? Según cuenta Bartolomé, los españoles mandaron llamar a los caciques principales de Cholula. Con la excusa de que emprendían al día siguiente el camino a Tenochtitlán, ordenaron les trajeran varios miles de tlamemes: indios de carga, único transporte en un mundo sin ganado. Llegaron cinco o seis mil de estos “corderos muy mansos”, los juntaron en un gran patio, y “ninguno pudo escaparse que no fuese trucidado.” Después tenemos, de nueva cuenta, la hoguera, atizada por los conquistadores para quemar en ella a los caciques. Aquí, Bartolomé se preocupa de darnos un detalle: nos cuenta que algunos lograron escapar de las llamas, subieron corriendo a la pirámide, y desde ella les dieron batalla a los conquistadores. Duraron poco.

¿Qué dice Cortés? Mató a tres mil en dos horas. Tampoco lo hizo por gusto. Si tal fuera, hubiera “trucidado” a totonacas, tlaxcaltecas, huejotzincas, otomíes. Fue estrategia marcial, que es casi decir estrategia de sobrevivencia. Quienes no han vivido una guerra, qué saben. Los cholultecas, desde que entraron a su ciudad, los mantuvieron a agua y aire. Al llamarlos para ver dónde había quedado la hospitalidad prometida por los embajadores, se hicieron los enfermos: es que están malitos. Pero entonces se supo. La lengua, Malinche, fue abordada por una india de la ciudad, noble de linaje; le dijo que a las afueras de Cholula se aprestaba un ejército para darles muerte a los españoles; que se viniera con ella, porque de otra manera no salvaba la vida. Pero Malinche prefirió a Cortés.

Y cuando éste se enteró, mandó a llamar a los señores principales. De nueva cuenta la escena de su arresto, uno por uno, en una gran sala. Luego un disparo de escopeta como señal para que “diesen en mucha cantidad de indios que había junto al aposento y muchos dentro de él”. En las calles continuó la gritería, auxiliados esta vez por los tlaxcaltecas e indios de Cempoala que habían roto el cerco. Aparece de nueva cuenta la hoguera, pero en este caso se trata de poner fuego a “algunas torres y casas fuertes donde se defendían y nos ofendían.” Concluida la masacre, pedidas las disculpas, los señores principales salieron de vuelta a sus casas, la cabeza gacha, y pisando al vecino, la comadre y al nieto. Al transcurrir las semanas, Cortés se sorprende, salomónico, de que la vida siga su curso: “en obra de quince o veinte días que allí estuve quedó la ciudad y tierra tan pacífica y tan poblada que parecía que nadie faltaba de ella, en sus mercados y tratos por la ciudad como antes lo solían tener e hice que los de esta ciudad de Churultecal y los de Tascaltecal fuesen amigos.” Ni mandado hacer para presidente priísta.

Por último, Bernal. El encomendero de cuarta, soldado sin insignias, sin dinero, con la única compañía de su hijo y los mosquitos de la selva lacandona, escribe, en su vejez, lo que nadie más en la historia podrá escribir antes y después de él: la primera invasión marciana en la Tierra. Y la escribe en primera persona porque, a diferencia del obispo de las Casas, al que no tragaba porque “dícelo de arte en su libro,” él sí lo vivió, en carne y hueso, y dícelo de verdad. Como marciano.

Llegaron a Cholula invitados por los mismos cholultecas. Entre que los dioses le ordenaban a Moctezuma atacar o esperar más tiempo, y los tlaxcaltecas le recitaban al invasor la lista de agravios sufridos, los cholultecas no podían cruzarse de brazos: enviar embajadas, dialogar, ganar tiempo. Y eso lo hicieron en los primeros dos días, en los cuales Bernal nos cuenta que comieron en la ciudad de Cholula muy bien “y abastadamente”. Después las cosas se torcieron. Al cruzar una calle, el conquistador se topó con una sonrisa burlona de un indio. Otro día lograron librar el cerco los tlaxcaltecas, y se allegaron a sus aliados para informarles que en las cañadas había un ejército mexica. Después, hubo sacrificios en las pirámides. Llegaron de nuevo los tlaxcaltecas, ahora a decirles que las calles tenían trampas con hoyos “y albarradas para que no pudiesen correr los caballos”.

Tenían que hacer algo. Cortés optó por sobornar a dos sacerdotes con chalchuis, cristales verdes. Los sacerdotes les hablaron a medias. Hablaron además como quien no les tenían miedo, y sí mucho resentimiento a Moctezuma; parecía ya no creer en sus dioses, un día escuchaba a uno que le decía una cosa y otro día a otro que le decía la contraria, y no hacía nada, que era casi confesar que ya no creía en ellos. Ya no valía la pena, pero tampoco valdrían mucho los barbados, así que del supuesto plan de emboscada nada se supo, pero que algo se tramaban los cholultecas, eso seguro.

“¿Qué fue lo que dijeron?,” preguntó Cortés.

“Que sí, pero que no saben.”

Estuvo a punto de caer en la treta. Arrojó la moneda al aire y creyó que lo mejor sería esperar a que cayera en la palma de su mano. Fue en ese momento cuando la Malinche (Marina para Bernal) tomó la moneda. A Marina, una anciana de noble linaje la había abordado en la calle. Pudo más el instinto de madre que su discreción, y en un santiamén le soltó todo el plan de la emboscada. A ella, a Marina, le ofreció a su hijo en matrimonio; qué mejor manera de acceder al futuro trono cholulteca que esposando al hijo con la mujer que trajo a los marcianos y hablaba su lengua.

Despejadas las dudas, Cortés mandó llamar a los caciques, capitanes y sacerdotes. Burlados en su propia estrategia, encerrados a cal y canto, escucharon una a una las amonestaciones de un profesor con rifle y espada; colegiales desesperados, argumentaron que no habían sido ellos los de la idea, que los obligaron, Moctezuma y sus embajadores, los mexicas metieron cizaña, ellos no querían… Cortés disparó su escopeta. Señal de que lo que ya sabemos.

Bernal relata un detalle que olvidaron por igual de las Casas y Cortés. Se trata del hecho que, en menos de dos horas, los tlaxcaltecas desbordaron las calles de Cholula e “iban por la ciudad robando y cautivando, que no les podíamos detener. Y otro día vinieron otras capitanías de las poblazones de Tlaxcala y les hace grandes daños, porque estaban muy mal con los de Cholula.” Los tlaxcaltecas se cobraron la frontera de piedra y los embargos de la sal y el algodón. Se cobraron una a una todas las humillaciones y carcajadas. Y todavía mandaron llamar al día siguiente a la gente que no había podido patear al muerto, para que viniera a darse gusto. Bernal, al recordar este y otros tantos detalles, le puso la sal a la historia.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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