Cholultecas (2)

Aletz (Puebla)

Los pobladores de las ciudades-estado del valle de México y Puebla provenían de Tula y hablaban la misma lengua, el náhuatl. No por ello dejaban de odiarse. Y cuando el odio es entre hermanos, no hay donde acabar. Con los toltecas-chichimecas las pirámides se bañaron en sangre de punta a punta, rojo parejo, con greñas atoradas entre las piedras donde habían lanzado los cuerpos exangües del enemigo, y el pellejo de las víctimas como vestimenta del día a día. De esta guerra, para el siglo XVI, había dos claros vencedores: Tenochtitlán y Cholula, la primera ganó por las armas, la segunda por la religión. La más jodida fue Tlaxcala.

Asentada en un valle de tránsito accesible, a diferencia de Huejotzingo, protegida por las barrancas del Iztacíhuatl, Tlaxcala era el paso obligado en la expansión imperial de los mexicas, la última tribu tolteca-chichimeca en asentarse en el valle de México. Sádicos como pocos, los mexicas (también conocidos como aztecas) se frotaban las manos tramando la estratagema a seguir contra sus hermanos de raza. Y lo primero que se les ocurrió fue… un embargo. Les bloquearon el mercado de la sal y el algodón. Tlaxcala, en náhuatl, significa, el lugar de las tortillas. Pues desde ahora, si se las querían tragar, que se las tragaran acedas.

Pero, como todos saben, el que ríe al último ríe mejor. Cuando los españoles cruzaron la frontera de piedra construida alrededor de Tlaxcala por los mexicas (los imperios son dados a esos extremos, aunque ahora nos hagamos los sorprendidos), hubo asamblea de ancianos tlaxcaltecas, a la que se coló más de un joven guerrero. ¿Qué hacer, aliarse o pelear contra los barbados? Los de cabello oscuro pedían guerra, los de cabello cano extrañaban demasiado sus tortillas con sal. Optaron por una decisión timorata: enviar al ejército de otomíes a librar batalla, algo así como la fila de magrebíes luchando por Francia en la Segunda Guerra Mundial o los negros, latinos y guerrilleros de toda índole luchando por los Estados Unidos. Para mostrar aunque fuera un poco de dignidad, encabezaba el ejército de otomíes un noble tlaxcalteca: Xicoténcatl.

A este Xiconténcatl le tocó recibir las primeras balas, que los conquistadores dispararon a distancia considerable. Después, en todo un despliegue de alta tecnología, embistieron los caballos. Las armas cortas de los indios no les daban ni para tocar los pies del jinete, se lanzaron en contra de las patas del animal. Bastaría haber conocido aunque fuera un poco al caballo, para saber que esa era mala estrategia. Al caer la noche, los tlaxcaltecas-otomíes yacían pisoteados, baleados y rematados con navajas de obsidiana. Todavía hubo otra batalla, casi escaramuza, antes de que Cortés fuera recibido en la misma asamblea donde, una semana antes, se había decidido probar el calibre de los conquistadores. Desde ese día, tlaxcaltecas y españoles se hicieron aliados; hasta el día de hoy no se han vuelto a separar.

Terminado el festín de la alianza, vaciadas las vasijas de pulque, ahora sí. ¿A dónde quería ir Cortés?

“A Cholula.”

“Vamos pues,” respondieron los tlaxcaltecas. Pero acompañados de los huejotzincas, que la pólvora y los caballos estuvieron bien para espantar otomíes, pero Cholula era la ciudad sagrada. Allá se daban el lujo incluso de no desenterrar la pirámide que, para entonces, formaba un cerro lindo de verse. Cholula era otra cosa, y esto lo descubrió también Cortés después de unas horas de viaje, cuando divisó la ciudad y detuvo a sus huestes. Así lo describió a Carlos V, meses después:

“Esta ciudad es muy fértil de labranzas porque tiene mucha tierra y se riega la más parte de ella y aun es la ciudad más hermosa de fuera que hay en España, porque es muy torreada y llana y certifico a vuestra alteza que yo conté desde una mezquita cuatrocientas treinta tantas torres en la dicha ciudad y todas son de mezquitas.”

Aquí había que enviar a los embajadores, negociar, aplicar el arte de la guerra; aceptar la hospitalidad de los cholultecas, a condición de que entraran a su ciudad sólo los españoles; hacer oídos sordos a los tlaxcaltecas, totonacas y huejotzincas, quienes les aseguraban que iban directo a una emboscada; hacer oídos sordos a los mismos españoles que, para ponerlo en una expresión muy suya, se cagaban las patas de miedo, porque la pólvora, el metal y los caballos no quitaba que eran apenas quinientos hombres contra una ciudad del tamaño de Sevilla; y, por último, aguantar el frío en la sangre y mantenerle la mirada al indio cuando éste les dijo, muy quitado de la pena:

“Bienvenidos a su muy humilde casa.”

“Hombre, qué amable,” le respondió Cortés.

Y con esa respuesta, con esa actitud, y con lo que haría al día siguiente en la noche, se ganó su lugar en todos los libros de texto.

Continuará

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Cholultecas (2)

  1. La conquista española de América es lo más cercano que ha vivido la humanidad a una invasión alienígena.

  2. Aletz dijo:

    Y sin embargo no hay películas chidas. Con tanto potencial!

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