Umbral

Guille (Paris)

Plegó el diario en dos y miró por el mismo vidrio de siempre. Pero hoy vio una chica. Era pelirroja, teñida, tenía el pelo del mismo color que la boca, y los ojos bien negros. Pequeños, despiertos como bichitos. Ya la había visto mil veces, ¡era la chica que trabajaba en el telecentro! No sé por  qué en un primer momento no la reconoció, pocos segundos después se estaba preguntando eso mismo (había vuelto a abrir el diario y miraba una noticia sobre San Lorenzo).

¡San Lorenzo! Ella se había ido.

Ahora estaba sacando cosas de un bolso, poniéndolas en la parte de atrás del mostrador: Unas galletitas y su celular.

Tenía una pulserita roja que él había tenia el tiempo de ver. Era de tela gastada, casi anaranjada.

Ahora estaba pensando en eso, ahora estaba pensando en ella, caminando hacia su casa. Pasaba un colectivo lleno de gente y casi lo choca, por no mirar, un brazo piadoso lo empujó contra el semáforo.

El susto lo volvió a la realidad, por unos segundos. De nuevo estaba pensando en ella. Compró a un vendedor ciego una flor de plástico.

En la próxima esquina imaginó que lo chocaban, un colectivo como el de recién, azul y repleto, con todos los brazos saliendo de calor. Y en pocos segundos él tirado con la flor de plástico sobre el pecho y sin poder decirle nunca…¿Y le iba a decir algo hoy? Justo hoy…Que había perdido San Lorenzo. ¡Mal signo!

Era el horóscopo de su vida: Si San Lorenzo perdía, dos o tres días de mala racha. Si ganaba, el efecto contrario. Nunca se había detenido, por supuesto, a verificar esta creencia.

Muy cerca o lejos, estaba su destino, y se acercaba, lo tocaba con la punta de los dedos, le acariciaba el sombrero. El sombrero invisible, porque nunca se había puesto uno en su vida. Solamente una vez había visto una película de Chaplin, en el colegio, y desde ese día, solía imaginarse a la gente con sombrero, y en blanco y negro. Todo eso fue una mala ilusión, que explotó como una burbuja cuando subió al taxi.

–          ¿A dónde va señorita?

–          A Palermo.

¡Era Ella! Las ensoñaciones se encendían de nuevo, tanto que se le escaparon las palabras, y en los veinte minutos que duró el viaje ya estaba todo dicho, todo por decir y tenía una cita para el sábado.

Todas las cosas muy hermosas se le ocurrieron esos días de espera (era jueves). Se cortó el pelo, se compró una camisa azul, y el sábado por la mañana hizo cuarenta y dos abdominales.

Había hecho lavar el auto y comprado un pino con aroma a lavanda. Se sacudía el pinito como un vestido bailando, entre las luces que pasaban por el parabrisas.

Veinte años después, ya casados y frente al televisor marital, se acordarían de esa noche y ella le diría “me voy”. El se quedaría mudo, repentinamente blanco con la sabana hasta las narices y no encontraría otras palabras que una pregunta “¿Por qué?” “Ya no te amo, Miguel”.

La pasó a buscar por su casa y la llevó a la pizzería La Perla. Por un momento se le cruzó por la cabeza, como un pájaro cruza el cielo, este pensamiento: “¿De qué hablará la gente que se ama?” Se le cruzó ese pensamiento y se dio cuenta que nunca había estado enamorado. Por algunos minutos se sintió abatido, viendo las caras de los amates, tantas veces en el cine, ahora todas juntas, y se sentía afuera de un grupo de gente feliz. Hasta que se dio cuenta que después de todo él estaba ahí, con la chica del telecentro.

¡Tenía esa boca! Era como si estuviera mordiendo sus propias sonrisas. Y se reía todo el tiempo. El no se había dado cuenta antes que era gracioso, y ahora se descubría una habilidad irresistible para hacer chistes fáciles y giros ingeniosos.

Esa noche abría un umbral en su vida. Hasta ese día había sido un hombre normal, o mejor dicho, había sido un fantasma, el fantasma taxista, había vivido veinticuatro años sin amor, no había vivido nada. Nada nada nada. Y ahora, todo. Todo en cada segundo. A los pocos minutos ya estaba tan enamorado, que le hubiera propuesto casamiento..¡Y fue lo que hizo! Ella se lo tomó como un chiste, o prefirió tomárselo así, para darse un tiempo para pensarlo.

Ella también estaba enamorada, de este chico guapo y torpe como él solo. Con la musculatura de un bombero y la cara de un niño. Tenía ojos de bebé. Y estaba tímido, rosado, lo hubiera envuelto en un abrazo enseguida, echando la mesa a volar, con la pizza por los aires para que sus cuerpos se unieran de una vez.

De hecho se preguntaba si debía entregarse aquella noche. ¿Sí? ¿No? ¿Sí? ¿No? Sinosinosinosino..Su cabeza barajaba las posibilidades sin que su mirada transmitiera ninguna inseguridad.

Y al final, ¡Sí!

Eran las horas encendidas, la noche gloriosa, ella era una princesa, y él al otro día, cuando volvió de sus tres horas matinales de taxi, con facturas, la encontró todavía allí, todavía dormida. ¡No había ido a trabajar! En el telecentro la matarían. ¡Tenía siete llamadas de su jefe! Inmediatamente llamó para decir que estaba enferma.

-¡Tengo artritis!

¡Qué bestia! No se le había ocurrido nada mejor.

-¿Artritis? ¿A tu edad…?

Ninguno de los dos, ni jefe ni empleada, sabían bien que era la artritis, así que hicieron un punto de honor en olvidar aquel faltazo (después de todo, era la primera vez en dos años).

Trabajo y felicidad, descanso y felicidad. A la semana siguiente ya se habían presentado a sus amigos y poco después a sus padres, y a los meses se fueron de vacaciones a Paloma.

Esa tarde, cuando la vio alejarse, con Carito de la mano, se dijo que ella tenía la misma mirada. Le parecía cruel que se llevara a Carito así. Ahora volvía a la pequeña ratonera que había podido alquilar. La custodia compartida era una mierda. Duro en su colchón, extrañaba tanto a su hijita que por un momento pensó en romperse la cabeza contra la pared. Contra algo, al fin alejarse de todo eso.

Esa noche, cuando él le dijo, con voz bien bajita “¿Querés venir a casa?” ella dijo “Si”.

 

 

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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