Huescho es amor

Aletz (Puebla)

En Huesho todos somos blancos, en Huesho todo es amor. Quién se atreva a burlarse de nuestro corazón poblano, nuestro supuesto odio y resentimiento clasista, quién nos describa como hienas a la caza de actas de nacimiento adulteradas —mi papito español, mi agüelito que hizo las Américas—, no ha ido a Huesho.

Yo sí fui a Huesho. Y lo que vi me gustó. Cabe advertir que, en mi primer año en Puebla, no vi nada bueno. La escuela era un infierno, no me querían por naquito o moreliano, que para un poblano no es lo mismo pero es igual. Una maestra me llegó a corregir el acento: “¿Cómooooooo?”

Huexotitla, alias Huesho, está ubicada en una de las primeras colonias de alcurnia de Puebla. Para los años noventa, la mayoría de los aristócratas habían migrado a la periferia, lejos del centro, donde cada vez había más nacos. Pero en temas religiosos seguían regresando a su Meca, a su Huescho. Para estos católicos de caché, el Jesús sangrante, clavado en la cruz, era cosa de indios y pueblos subdesarrollados. Ellos, en la Angelópolis, querían algo más presentable, algo más moderno que no los hiciera ruborizarse en el extranjero. Primero salieron con la caricatura de la Virgen de Guadalupe, una Mafalda naca con sus trapitos azul y rosa estrellados. Luego salieron con el sermón de la palomita. De la trilogía divina, la efectiva era la palomita. Ella quería que todos nos amaramos así como éramos, el único pecado que no perdonaba la palomita era que no creyeran en ella. De ahí en fuera todo se valía.

Y la palomita tuvo éxito, a mí, a lo menos, me ganó. Cada domingo me alistaba para ir a rendirle honores. Creo que hasta le canté la de “Venga tu fuego”, bajito y balbuceando con mi acento moreliano.

En Huescho no conocíamos a nadie, y no importaba, durante y al final de misa venían los saludos, las bienvenidas, las preguntas. Blancos y morenos, pobres y ricos reían juntos, chismeaban, hacían planes para los siguientes domingos. Los padres saludaban con la disposición de lavarle a uno los pies en ese instante, sin dejar, eso sí, sus aires de intelectual. En misa, para el sermón, solían saltarse los mandamientos y el Antiguo Testamento, sobre todo si aparecía Jehová (“Úntate de mierda Ezequiel”; “No dejen una sola madre y un solo niño cananeo”; “¿A cómo la apuesta, Lucifer?”); a los problemas de la modernidad, sus guerras, capitalismos y terrorismos los aliviaban con un “Roguemos al Señor;” poco faltaba para que trataran a la Virgen María de mamá.

En ocasiones los padres se perdían tratando de explicar lo inexplicable, pero el silencio en la iglesia era tan rotundo que cualquiera podía seguir el hilo de su pensamiento donde lo había dejado al entrar a misa. Nada mejor para desarrollar una idea que una misa en Huesho. Yo llegué a entender varios pasajes de Dostoievsky, y hasta de Voltaire, acompañado del zumbido del altar. Años después, en una clase de literatura inglesa, el profesor trajo a cuenta la epifanía de Joyce. Me bastó que uniera a los reyes magos con el cuento de “Los muertos” para que me quedara clarísimo.

Sí, epifanías tuve yo varias en Huesho.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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