El Conejo

Guille (Paris)

La fiesta de disfraces era el sábado. Tenía toda la semana para elegir el suyo, pero prefería hacerlo pronto para no tener que correr a ultimo minuto.

Además la semana pasaría rápido. El lunes tenía cita con Cecilia, no se acordaba si a las siete o a las ocho, no lo había anotado y no podía escribirle para preguntarle, porque quedaría como un distraído.

Decidió ir a las siete y esperar. Pero era llegó a los cinco minutos.  Tenía unas botas negras, jean, el pelo atado sobre la nuca y una blusa negra. Era tan hermosa que casi le daba miedo. Ella iba también el sábado, ¿De qué se disfrazaría?

Se encontraron en Le Quincanpoix. Era la mujer más hermosa que había visto en la vida. Tenía unos grandes ojos celestes y se sostenía el pelo con una elegancia que lo volvía loco.

 

–          ¿De que te vas a disfrazar el sábado?

 

– De princesa azteca.

 

-¿Princesa azteca? ¿Rubia y de ojos celestes?

 

-¿Y qué? ¿Vos, de qué te vas a disfrazar?

 

-De Batman.

 

-Buena idea.

 

Al llegar a su casa de metió a internet a buscar un disfraz de Batman, había al menos quince. Inflados de goma-espuma negra, azules de seda brillante y de plástico, le parecía que irían mal con su figura delgada y su barba.

Encontró uno de conejo que le parecía simpático. Se parecía al más grande de Batman, en el sentido de que podía meterse adentro, tirar el cierre y listo, no hacia falta maquillaje, ni accesorios.

Era blanco y brillante; la nariz roza, los dientes parecían dos chicles beldent. Parecía enorme, casi una casa de peluche blanco. Lo encargó.

Y cuando menos se dio cuenta, llegó el sábado.  Y ese mismo día el traje en una caja de FedEx. Lo había pagado caro, unos doscientos euros. Considerando que no volvería a usarlo nunca más, era una locura. Lo había hecho seguramente para impresionar a Cecilia, aunque seguramente a ella no le gustaría. Ahora que lo veía desplegado sobre la mesa (la ocupaba toda) se daba cuenta que seria muy difícil impresionarla con algo tan infantil.

Le quedaba un poco grande. ¡Pero era tan cómodo! Acolchado, abrigado. Se sentía un pastor acarreando ovejas, todas pegadas al cuerpo. Al frente del espejo tuvo un ataque de risa y sintió como los sonidos recorrían todo el traje, su risa se repetía en el espacio que quedaba entre su piel y el disfraz.

La fiesta empezaba temprano, a las nueve. Y eran las tres, no sabia bien que haría el resto de la tarde. Era una tarde blanca, como su traje. El cielo se había vaciado de nubes y estaba blanco. El jardín de su departamento traía un perfume de margaritas.

Era la vecina quien las cultivaba. Una maestra de tercer grado con enormes rulos de pelo castaño, parecía enamorada de él.

 

Justamente ahora lo estaba mirando por la ventana de la cocina. Lo hacia siempre, pero esta vez estaba más justificada: En el rectángulo de visión que dejaban las cortinas rojas, un enorme conejo de casi dos metros de alto tomaba  un vaso de agua en posición vertical.

Intentaba tomar con el traje, preparándose para la noche. Le salía bien, era un traje muy cómodo. Tanto que no se lo sacó en toda la tarde. Y ya tenía que salir para la fiesta. ¿Dónde se metía la billetera con la tarjeta del metro y el dinero? El fabricante no había pensado en hacerle bolsillos. No importa, la llevaría en la mano, o mejor, en la bolsa que le dieran cuando comprara un vino para llevar a la fiesta.

El cajero del supermercado se demoró unos segundos en cobrarle, creía que se trataba de la filmación de un videoclip o de una cámara oculta de la televisión.

Lo mismo en el metro, se quedaban mirándolo, y hasta algunos le gritaban cosas. Él se sentía bien, era como estar adentro de algo, lejos de afuera, protegido, y hasta por un momento pensó que si le disparaban el traje rebotaría los proyectiles.

Todavía no había llegado nadie a la fiesta y los dueños de casa no estaban disfrazados. Se rieron mucho de su traje. Y tomaron unos minutos para darse cuenta de quien eran. Se trataba en realidad de conocidos lejanos, compañeros de trabajo, pero de otra división, así que se veían muy de tiempo en tiempo. La situación era un poco incomoda.

Por suerte no tardaron en llegar más invitados. Hasta que llegó Cecilia. ! Estaba tan hermosa! Inmediatamente se rodeó de seguidores.

Se acercó rápido, sin pensarlo un segundo. Su voz salió deformada por el traje, tanto que ella no lo reconoció. Durante unos minutos ella lo trató como a un desconocido. Era muy raro para él, hasta llego a sentir celos de si mismo. Así que se apuró a aclarar el malentendido. A ella le divertía mucho el traje. No paraba de apretarle la nariz (el veía la mano apretar el pompón rosa pero no sentía nada).

Después el grupo se agrandó. Estaba Batman, Robinson Crusoe (el disfraz más idiota jamás inventado) y la Mujer Maravilla.

Hablaban de cualquier cosa, parecían intimidados y los disfraces se volvían ridículos con esas conversaciones. El encuentro entre Robinson Crusoe y la Mujer Maravilla, por ejemplo,  podría haber dado algo mucho más interesante que una interrogación sobre los bares de la zona.

La Mujer Maravilla, con su corpiño amarillo y su pelo sostenido con un corazón de plata, parecía una versión playera de Eva  Perón. Y Robinson Crusoe tenia una panza que le caía sobre el cinturón de la maya de paja que se había puesto.

Pero así era la fiesta, y era linda, con la música de fondo al fondo de su traje, atravesando la piel del conejo y su carapasa blanda.

La música le parecía mas linda, escuchada desde adentro. Y ella también, con sus increíbles bucles dorados y su mirada entre maliciosa y reflexiva. Su piel de india azteca endemoniada y su bisutería de esmeraldas, lo volvían loco.

El problema era que siendo tan grande ahora el grupo, ya no podía hablar solo con ella. Era terriblemente hermosa. Nadie podría describirse el estado en el que lo ponía la relación con esta mujer.

Se sentía bien en el traje. Por un momento pensó que podría meterla a ella adentro y cuidarla ahí. Era como si hubiera muchísimo espacio.  Como si pudieran meter una casa con jardín, un auto y hasta una calle alrededor.

Ahora estaban hablando de cine. Ella sabía tanto que le daba casi miedo. Ella, y sus gestos que lo hipnotizaban.

Sus propios gestos se transformaban en el traje de conejo, le daban seguridad.

Pensaba en el pelaje blanco, pensaba en ella, pensaba en el pelaje blando…Fueron tomando mucho.

Y se dio cuenta de que ella estaba muy cerca. La noche pasó rápido, se hicieron las seis de la mañana.

¿A dónde se fue? Estaba solo, en el pasillo de su casa. Era domingo por la mañana, todavía no había salido el sol, estaba cansado.

Entró al departamento y después de tomar un café mirando el jardín por la ventana de la cocina, leyó un poco el diario.

Cuando se iba a acostar fantaseó un momento con la idea de dejarse el disfraz puesto, y lo hizo. Pocas veces había estado tan cómodo y abrigado así acostado.

Se despertó a las dos de la tarde. En realidad se despertó antes, dos o tres veces, pero se sentía tan bien que volvía a cerrar los ojos y dormir.

Cuando finalmente se levantó se dio cuenta de que estaba muy transpirado. Se estaba por dar un baño pero no tenía ganas de sacarse el disfraz. Se hizo un sándwich con un tomate y un poco de queso que quedaba y tuvo una idea : !podía bañarse con el traje puesto ! Tirando el agua por el orificio de la boca, que era bastante grande. Y podía pasar el jabón por ahí también.

Nunca ducharse había sido tan placentero.  El peluche del disfraz se enjabonaba también y al fin era todo como una gran esponja. Se demoró más de una hora bajo la ducha.

Después tomó el ascensor y fue a secarse a la azotea.

Se secaba. Fue dándose cuenta de como el traje cambiaba, se endurecía y después volvía a ablandarse. Sintió como la humedad se iba del traje, poco a poco. Se iba haciendo de noche.

Volvió a dormir. No estaba totalmente seco. El traje mantenía una humedad caliente. Durmió ocho horas.

¿Y si iba al trabajo con el disfraz? Estaba prohibido.  ¿Realmente, estaba prohibido? ¿Quién lo decía?

La recepcionista se quedó mirándolo. ! Que importaba! La saludó con la mano de conejo y tomó el ascensor.

Había dos personas que subían también, uno hizo un comentario estúpido, algo del conejo de pascua.
Pero en su oficina se quedaron helados, no sabían que era él, pero lo veían sentado en su oficina, utilizando la computadora y acomodando las carpetas. Hasta que al fin alguien se le acercó.

–           ¿Qué es esto?

 

Era uno de los contadores, uno rubio que trabajaba en la firma desde unos meses atrás. Se empezó a juntar gente alrededor (los que lo miraban a distancia ahora se habían acercado). El, después de echar una mirada sobre los rostros que lo cercaban, siguió trabajando.

Nunca pensó que le pedirían así que se fuera de su oficina.

Juntó sus cosas y salió. No tuvo ganas de tomar el subte, donde sabía que lo mirarían como a un extraterrestre. Era lo que le pasaba de todas maneras, caminando por la calle.
Dos le gritaron « ! puto ! »  ¿Qué tenia que ver? Se hubiera parado a discutir con ellos, si no hubieran pasado- uno en una moto roja, otro en un Clío.

Estaba indignado. Y sin darse cuenta, había llegado a un barrio peligroso. ¿Tanto había caminado? Siguiendo el ritmo de sus pensamientos, no se había dado cuenta.

No hacia frio, por supuesto, con el traje. A pocos metros de él, unos borrachos encendieron un fuego en un tacho, y ahí lo vieron.
Tenían las caras amargas, con sus arrugas que se movían con las sombras que proyectaban las llamas.

Estaban tan borrachos que se hacían pis entre ellos y se desnudaban colgando a secar la ropa contra la luna, en una cuerda que atravesaba el puente. Uno era chiquito, el otro grandote, el otro negro, y sin embargo se parecían mucho. Era como si el alcohol los moldeara (tomaban en la misma botella).

!Plash ! Sintió de repente. Lo estaban golpeando con una plancha de ropa. Intentó pararse y el borracho, desnudo, la plancha en una mano, la botella en otra, volvió a golpearlo.

Pensó que podría defenderse, pero otro le pegó con un ladrillo y otro le hizo pis en la cara, en la cara del traje. Otro golpe más, y los borrachos empezaron a tironear del traje, tratando de llevarse cada uno un pedazo. No pudieron romperlo.

El hombre estaba muerto, ellos ni los sabían, lo tiraron unos metros más allá.  Unas horas mas tarde, uno de ellos lo uso de almohadón, cuando se durmió pensando en cualquier cosa.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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