Cristina Kirchner

Guille (Paris)

¡Había tanta gente en la plaza! Se habían vuelto todos lindos en medio de la tarde, a las cuatro de la tarde, de la multitud salían cabezas, ojos, manos, banderas, canciones, bocas, la tarde se había llenado de cabezas, en el medio de la plaza. La multitud la miraba, ella miraba, su hija Florencia la sostenía, agarrada a su hombro.
Era emocionante, como si la historia estuviera en el presente por un minuto, ¡Era un minuto no mas! ¡Esa mañana se había levantado pensando en otra cosa! El día anterior se le había roto una uña. Era la presidenta de una gran multitud, era la mujer de un país. Era hermosa y fuerte, sus manos brazos crecían alrededor del país. Todas las cosas del país estaban atadas a ella, no había amorío, odio, rencor, historia, guitarra o pescado que no estuviera atada a ella, era la mujer de un país, toda la gente la miraba. Los que no estaban en la plaza, estaban al frente de los televisores. Con su mates en las manos, con su torta, su criollo y sus facturas con dulce de leche, mirando la tele en la tarde
Se asomó y los gritos se hicieron tan fuerte que se agitaron hasta las aguas del rio.
¿Cuánto duraba un acto político? ¿Cuánto tendría que hablar? Cuatrocientos o quinientos años. Y sin embargo no había pensado tanto lo que debía decir. Había miles y miles de banderas. La voz de una mujer, en medio de la multitud. Todo tenía sentido. Banderas de Argentina, banderas de Uruguay, banderas de un celeste transparente.
Acababa de ser reelegida por un margen histórico. Habló unos veinte minutos, no más, y volvió al salón con sus ayudantes y el vicepresidente.
Esa noche, la noche del día en que se instituyó presidente por segunda vez, durmió como nunca antes, con una sonrisa en los labios. En su camisón negro con ribetes blancos. Agarraba bien las sabanas que se le pegaban al cuerpo, como si le tuvieran cariño también.
Y se despertó temprano, en una hora azulada del alba, casi de noche..Las cinco y cuarenta y cinco. Abrió los ojos como cada mañana, sin necesidad de despertador. Se levantó de un salto, en un segunda estaba derecha como un muñeco, las manos firmes pegadas a la cintura. Sin embargo en vez de calzar sobre sus lujosas pantuflas blancas de Yves Saint Laurent, tenía unas viejas ojotas marca “Brasil”. Se miro los dedos del pie, tan deformados que perecían gusanitos escapándose hacia la puerta. Que tampoco era la misma, la puerta, también había cambiado de color y de forma. Ahora era marrón y como más chiquita. No iba a pensar que había venido el decorador a cambiar las cosas a las tres de la mañana, además, estaban las ojotas de Brasil. Y también habían cambiado el olor de la habitación, que todavía estaba a oscuras. El pasillo también estaba a oscuras y ahora era tan estrecho, era como si hubieran corrido la pared. Ya estaba por hacer un escándalo. Cuando avanzando unos metros por el pasillo vio un living pobre. Parecía el living de su abuela, cuando era chica, sobre la mesa había un mantel de nylon y una pava con el mate al lado, era un mate chiquito como un puño. Fue a mirar por la ventana, descorriendo las groseras cortinas anaranjadas, estaba saliendo el sol en el barrio: pasaba un hombre en bici y un hombre con una bolsa de pan.
A lo mejor la habían secuestrado los norteamericanos y ahora la tenían presa en una casa secreta del suburbano. Los imperialistas harían cualquier cosa, cualquier oscura maniobra con tal de alejar a un opositor, a una amiga del pueblo como ella. La habían secuestrado, y además, le habían robado las pantuflas.
Eran unas pantuflas que había traído de Nueva York cuando la invitaron a representar a la Argentina en el G20, algunos años atrás. Pero vio la puerta puesta en la llave, se acercó y abrió. La puerta daba al garaje que no tenía portón y se veía la vereda. Un chico hizo un gol entre un poste de luz y un árbol con una latita, era un chico que iba a la escuela y Cristina cerró rápido la puerta. ¿Qué carajo pasa? Iba a hacer un escándalo de nuevo pero no sabía bien a quien gritar. Desandando el pasillo encontró el baño con el jabón a medias gastados y las gillets rosa al lado de la bañera, la cocina y al fondo un patio con un árbol solitario al medio. Se escuchaban los negocios que abrían, las voces de la gente que iban en aumento, los ruidos, los colores, el calor de la ciudad de día que empezaba a colarse por las paredes. Y nadie la venia a buscar, pensó por unos segundos hacerse unos mates. Hacía poco, “ayer nomas” como dice la canción, tenía al despertar como cuatro personas que la rodeaban para una cosa y la otra. Al fin no estaba nunca sola, faltaba que la acompañaran al baño.
¿Qué haría esa mañana? Pensó en ir al supermercado, le daban ganas de comprarse corpiños. Si es que no estaba presa. Porque a lo mejor la casa estaba abierta, pero estaba presa en una ciudad fortaleza.
De todas maneras, hacía años que no iba al supermercado, ¡años que no agarraba una caja de rabioles! Mientras decía esto ponía las manos en posición de tener una caja y recién ahí se dio cuenta que tenia las uñas hechas una miseria.
Fue al ropero y ya no le sorprendió encontrar esa ropa, nunca, nunca se había puesto algo así: ¿Cómo explicar la sensación que sintió poniéndose un vestido feo?
Pero si salía a la calle, ¿la iban a reconocer? ¡Ni sabia donde estaba! A lo mejor estaba en Alaska, ¡¿Con el calor que hacia?! Una gruesa gota de transpiración le surgió en la cabeza y le recorrió tranquilamente la nariz.
“Bueno, voy a intentar salir” se dijo Cristina hablando sola en el pasillo. Tomó una bolsa de las que estaban colgando en la cocina y salió. Se había hecho de día muy rápido, ahora el sol daba de lleno sobre la casa; era blanca y con unas arcadas pintadas de rosa, tenía un enrejado de frente y un pequeño jardincito con pasto.
Venía una señora, escondió un poco la cara atrás de la bolsa, pero la otra pasó sin reconocerla. Siguió caminando, a pocas cuadras encontró un supermercado Coto. Entró. Estaba tan asustada que no encontró los ravioles. Tomó una botella de desinfectante y enfrentó la caja. A esa hora no había nadie así que no tuvo que hacer la cola.
-Son dos con cincuenta –dijo la cajera.
Tampoco ella la había reconocido.
-Disculpe señorita…
-Si…
-Disculpe es que…Tengo un problema… ¿Usted conoce a Cristina Kirchner?
-Kirch ¿qué?
-Kirchner
-No, disculpe señora.
-Una pregunta mas…es que.. ¿Dónde estamos?
La chica (una adolescente rubia que la miraba distraída) miro alrededor un poco sorprendida.
-En el supermercado Coto.
-¿Y en qué ciudad?
-En Hurlingham señora..Y disculpe, tengo que seguir..
-¿Y quién es el presidente de Argentina?
-Juan Carlos Garompa. Ganó hace poco la reelección.
En ese momento se dio cuenta de que no tenía dinero para pagar el desinfectante. La chica comprendió y se lo sacó de las manos.
¿Qué carajo hago en Hurlingham? Y ahora no sabía bien adonde estaba “su” casa. ¿Cerca del jardín de infantes que había cruzado? Entonces tenía que doblar en la esquina. Camino por más de una hora, sin encontrarla.
Se sentó en una plaza, cerca de donde pasaba el tren. Tenía hambre, al frente de ella había un señor comiéndose un pancho, tuvo ganas de arrancárselo, le habría mordido los dedos.
Tomó el tren saltándose el torniquete y combinó después en el subte. Caminó hacia la plaza de mayo. Estaba segura de que en algún momento la reconocerían (se equivocaba, erró todo el día
por el centro y nadie la miró). Se puso a observar la casa rosada y caminó hasta la reja. Conocía a uno de los guardianes.
-Gabriel, Gabriel, ¡Soy yo!
El otro se acercó.
-¿Si señora?
– Gabriel, soy yo, dejame entrar.
-¿Disculpe?
Gabriel se alejó de ella, que se quedó gritando.
Alzó una hoja de la plaza y se alejó caminando despacio. Fue por el riachuelo. Pasó hasta puerto madero, aun seguía sorprendiéndola que nadie la mirara. Por un momento pensó que sería por la ropa, por eso no la reconocían.
Caminó durante horas. Ya las aguas del rio estaban anaranjadas y todas las luces del barrio (¿de qué barrio?) estaban encendidas. Se acostó adentro de un tubo de evacuación que daba al rio, pero por el que no corría agua. Era un tubo de cemento con una boca de unos cincuenta centímetros de diámetro.
Al otro día caminó de nuevo sin rumbo, se detuvo frente a la ventana de una cocina. La puerta del horno era de vidrio y adentro estaban cocinando un pollo, lo vio ir poniéndose dorado (se quedó mirando por varios minutos). Tenía tanta hambre que mentalmente rompió el vidrio (de la ventana y del horno) y arrancó una pata caliente que se llevó a la boca de inmediato. Fue tan consistente la visión que por unos segundos se sintió satisfecha. Pero tuvo que seguir caminando. Y a pesar de los sufrimientos se hizo de noche rápidamente.
Durmió en el mismo hueco que la noche anterior, pero fue despertada en medio de la noche. Un chorro caliente le cayó en la cara y le hizo abrir grande los ojos, luego cerrarlos, al ser quemados por el liquido. ¡Le estaban haciendo pis en la cara! Era un borracho alto como un algarrobo y más negro que las aguas del rio, y olía tan mal como las aguas del rio, también. ¡Era el borracho mas hediondo de Buenos Aires! Su verga colgaba negra y monstruosamente ancha apuntaba a Cristina Kirchner descargando las ultimas gotitas de orina en su frente.
Quizás el hombre la hubiera violado ahí (estaban solos los dos, porque el otro había entrado de un salto al tubo) si su morcilla infame no hubiera estado tan golpeada por el alcohol. La agarró sin embargo bien fuerte, sacudiéndola como para arrancarle de las tetas el amor.
Ella gritaba y gritaba pero afuera había silencio, el grito no penetraba por el tubo, sino que se enrulaba y volvía a caer sobre la cabeza de los dos luchadores.
Cristina le dio una patada y pudo salir, semi desnuda y oliendo a podredumbre. ¡Y a pocos metros la agarró de nuevo el hombre morcilla! Ahora estaba con unos secuaces, uno rubio desdentado, con una piel transparente de tan azulada y atravesada de venas y un viejo zombi. Cada uno la agarró de un brazo(aunque eran tres, cada uno quedó prendido a un miembro, creyendo que era un brazo, uno de los tres se equivocaba) y la forcejeaban como queriendo estirarla. No era la primera vez que atacaban a una mujer en medio de la noche y nunca sabían bien que era lo que querían. Eran unos brutos. La tironeaban tanto que se les fue por los aires, se quedaron con su ropa entre sus manos afiladas. Desnuda por el aire, Cristina parecía una luna.
Hasta que cayó a las horribles aguas del riachuelo. ¡Una carpa le mordió la cola! Y salió disparada de dolor, hacia la superficie. El olor era tan fétido que se le puso la cara verde. Sacaba la lengua como dando un beso a un amante invisible hasta que vomitó.
El esfuerzo de vomitar volvió a hundirla, aspiró el agua podredumbre que le quemó el estomagó y volvió a expulsar todo.
Chocó contra una roca y dos hilos paralelos de sangre le saltaron de la nariz y le recorrieron el cuerpo como unas cintas que se resecaron enseguida a pesar de estar sumergidas. Unas horas después, cuando estaba amaneciendo, el rio la escupió en una orilla.
Estaba lacerada de frio y de mugre. Avanzó hasta la ruta y un Renault que venía de frente la envistió con tanta fuerza que dio diez vueltas en el aire y cayó de espaldas sobre la ruta. Estaba planchada contra el piso como una calcomanía. Los del Renault dejaron el auto algunos metros más allá y corrieron a buscarla.
-¡La mataste!
-¡Pará, boludo!
Se gritaban entre ellos. Era una parejita joven, estaban desesperados. Él fue a buscar al auto y retrocedió. Cargaron a Cristina en la parte de atrás y salieron a encontrar algún hospital.
En el camino, el chico le dijo a su novia:
– Che…no se parece a…
Ella se dio vuelta y miró de nuevo.
-Si…es igual.
Estaban al frente del bloque del hospital Pasteur. Corrieron a buscar a los enfermeros que corrieron a su vez a bajar a Cristina.
Estaba inconsciente pero viva, incluso emitió un “ay” cuando la estaban transportando. La internaron enseguida. Calmaron a los chicos: La mujer estaba fuera de peligro.
La enfermera dijo:
-Es igualita a Cristina Kirchner.
La otra, después de mirarla de arriba abajo.
-Sí, se parece mucho. ¿No? ¿Traía papeles de identificación?
-No, estaba desnuda, toda desnuda.
En realidad, a pesar del fuerte impacto, no tenía nada grave. Se recuperaría en pocos días, quizás esa misma tarde. Los enfermaron siguieron insistiendo en que se parecía a la presidenta. Trajeron una foto del diario (salía en la tapa, en los actos de asunción de su segundo mandato).
-¡Es igual!
De todas maneras, tenían que llamar a la policía. ¿Qué podían hacer sino, con esa mujer que no traía ningún papel y quien sabia cuando recuperaría la memoria?
Los policías tomaron nota y prometieron volver al día siguiente. Cristina durmió muy bien, con una semisonrisa. Al otro día, muy temprano, abrió los ojos. Había un policía al lado suyo que la estaba mirando.
-Señora, usted es igual a la presidenta.
Fue lo primero que le dijo.
-¡Llamen a Aníbal Fernández! –gritó ella.
Esa misma tarde, Aníbal fue a buscarla al hospital.
-No quiero hablar de lo que me pasó.
-¿Qué te pasó?
-¡Dije que no quiero hablar!
-Bueno…
-No sabes donde estuve estos días.
-Sí, si sé: Aquí. –Dijo Aníbal señalando alrededor: La Casa Rosada.
Y le enseñó la tapa del Página 12 .
-Ayer asumiste, Cristina ¡No me digas que te agarro el alemán! (por Alzheimer).
-¿Qué día es hoy,
-Once de diciembre.
-Asumí ayer.
Aníbal sonrió, pero no se podía ver, por sus tupidos bigotes.
-¿Me creerías si te digo que ayer estuve caminando por ahí como una loca y que unos tipos intentaron violarme?
-No.
Respondió Aníbal y salió, con una carpeta bajo el brazo.
Cristina se acercó a la ventana, se sostenía con la mano derecha el brazo izquierdo que aun le dolía, y miró la plaza.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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