La Recta

Aletz (Puebla)

La Recta es una asesina. Sus casi siete kilómetros de asfalto están bañados de sangre, la mayoría de perro, pero de vez en cuando se da sus banquetes de sangre humana. La tradición dicta que, en caso de perro, sus restos descansen sobre el asfalto para que cada coche se lleve un pedacito entre sus llantas. En caso de cristiano, una cruz de hojalata marca el punto exacto de su despedida.

La Recta se construyó para ser carretera, unir a Puebla y Cholula en ocho minutos, pero el desarrollo explosivo de los suburbios la volvió calle urbana sin semáforos, ni pasos peatonales, ni madre. Quien desee cruzarla, debe preguntarse: “¿A cuánta velocidad puede correr un Jetta, y qué tanto le aventaja a un camión de redilas o de pasajeros?” “¿Cuánto me tomaría cruzar dos carriles a paso menudito, y en caso de tener que acelerar, cuál es mi impulso de arranque?” Los peatones se gradúan, en minutos, de física y óptica. Los que sobreviven.

Para hacerle honor a la verdad, también mueren conductores, muchos. A mí me ha tocado ver a dos, despatarrados sobre el asfalto, pies o manos descoyuntadas asomando por la manta blanca, círculo de curiosos que no dan cabida a lo sucedido, coche descuartizado y el charco de sangre humectando a la Recta. En una ocasión, dando clases en una preparatoria de Cholula, me impresionó ver a la madre de un alumno arrancándose los cabellos y golpeando paredes en la oficina de la Directora. “¿A qué profesor se van a chingar ahora?”, pensé. Y cuando llegué a la sala de maestros con la coraza de la indiferencia y el cosquilleo del chisme, me enteré que ya no había alumno. Se lo había llevado la Recta. A él y a otros tres, los esperó hasta el final, en la Rotonda que distribuye a los coches a San Andrés o San Pedro Cholula, donde antes había unos cedros blancos y ahora hay una mole de cemento con la imagen en piedra de Quetzalcóatl. Ahí los recibió la cabrona, a más de cien kilómetros por hora. No sobrevivió ninguno.

Han querido apaciguarla, disuadirla. Primero le pusieron topes —policías dormidos en colombiano. Mala idea. Lo primero que hace la Recta con todo conductor es embelesarlo con su apariencia lineal, su accesibilidad a ser tomada a doscientos kilómetros por hora sin tener que menear el volante. Se es feliz hasta que las llantas rozan la escama de asfalto, volando hacia el horizonte de los volcanes. El tope como coitus interruptus, la calamidad del frenazo y los coches que se acumulan en efecto dominó. Mala idea. Se optó entonces por los semáforos, pero cuando el conductor veía una luz roja no sabía si era de la Heroica Puebla de Zaragoza o del Infierno de Dante. Quitaron los semáforos.

!Qué se maten los coches y los perros, el peatón no tiene la culpa! Bajo esta premisa moral, construyeron tres puentes peatonales con una separación de solamente dos kilómetros entre sí. Bien vale la pena echar la caminata, si se va a librar la vida. Los atropellados han disminuido con los años, y los que caen, caen por huevones.

A mí la Recta me cobró, a los dieciocho años, un parabrisas destrozado con la frente y dos días de hospitalización. Mi vocho blanco (Sedan Volkswagen) se pudo arreglar, aunque ya nunca fue el mismo, cada viento lo destanteaba, cada acelerón le sacaba unos temblores terribles. De acuerdo con la historia del perito, una llanta en el carril de alta velocidad obligó al coche delantero a dar un frenazo. Nosotros le pegamos en la cola, que invadió nuestro carril derecho, a cien kilómetros por hora, y un camión de redilas nos libró por el acotamiento. Yo, que iba en el asiento del pasajero, tuve un encuentro místico con la llanta del camión, levité un segundo que se sintió un minuto, llevado no sé si por el camión o mi ángel de la guarda.

En el transcurso de los años, la Recta me enseñó a respetarla, a tenerle miedo y coraje, a acelerar sobre su escama moteada de rojo, fija la mirada en los volcanes que ella parte en dos. Me hizo patente a la muerte, con su rostro de sangre y tripas, no la del formol y asepsia de los hospitales. Y también me ha dado muchas alegrías. El trayecto a casa de Deni, a las librerías del centro de Puebla, a mi familia, a la universidad. Cada época sus desafíos, cada pueblo sus ídolos; la modernidad nos dio, a los poblanos y a los cholultecas, a la Recta.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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