Una tienda de deportes

Washington (Cempazúchitl)

Hace siete años, la primera vez que estuve en Washington, DC, Columbia Heights era uno de los barrios más peligrosos de la ciudad: antiguo bastión de los negros, la llegada de la inmigración salvadoreña a partir de los 80 convirtió la zona en un campo de batalla constante. Ir allá después de las 10 de la noche era considerado una insensatez.

Cuando me mudé definitivamente, hace poco más de tres años, Columbia Heights empezó a llenarse de jóvenes profesionistas blancos, ambiciosos, y con ingreso disponible para gastar en restaurantes “étnicos”, y en artículos de consumo. El barrio se estaba gentrificando o, en otras palabras, se estaban eliminando los controles de precio de alquiler de tal forma que los precios del alojamiento estuvieran fuera del alcance de los negros y los salvadoreños.

Con la gentrificación cambió el panorama del barrio. Los lotes baldíos se llenaron de edificios de departamentos eco-friendly; el servicio municipal de salubridad prohibió vender tacos y pupusas a los salvadoreños que se ponían a la entrada de la Iglesia de la Luz del Mundo y cuyas ganancias se usaban para financiar la construcción de un templo en su país. La panadería Estrellita quebró porque, incapaz de entender que el barrio estaba cambiando, su dueño no cambió la apariencia del negocio a algo más anglosajón, algo más gentrificado: los vidrios seguían estando sucios, las mesas eran un asco, y la poca clientela que iba quedando se componía de albañiles o malvivientes. Eso sí: los habitantes blancos miraban con envidia las donas y panes dulces con los que se salían de ahí.

En el lote baldío al lado de la estación de metro se construyó un centro comercial con establecimientos capaces de cubrir todas las necesidades materiales y espirituales de una clase media de ingresos altos de entre y 25 años: se abrió un Target, donde se pueden comprar electrodomésticos y muebles necesarios cuando se llega a Columbia Heights; un Bed, Bath and Beyond, para adquirir artículos de cocina y mobiliario de baños; un Staples, donde venden artículos de oficina, para acondicionar los estudios de los nuevos departamentos y los profesionistas no se sientan demasiado extraños fuera de la oficina; un Radio Shack y un Best Buy, para comprar DVDs o teléfonos celulares, una tienda de helados de yogurt, que tienen menos calorías pero al parecer surten el mismo efecto en las mujeres después de las rupturas amorosas; un puesto de hamburguesas, obviamente; un Julias Empanadas, cadena que abre las 24 horas y es a donde se va a comer después de la borrachera, algunas tiendas de ropa, y restaurantes varios.

El centro comercial también tiene una sucursal de la cadena de gimnasios Washington Sports Center. Los gimnasios son, como todos lo sabemos, los salones de belleza del siglo 21 y, en una sociedad como la de Columbia Heights, compuesta por jóvenes profesionistas que basan gran parte de su éxito profesional en la apariencia, una necesidad obligada. Dos años después de la apertura del gimnasio, en uno de los pocos locales que quedaban libres, y que curiosamente es uno de los más grandes, se abrió una tienda de deportes.

Antes había una tienda de deportes en Columbia Heights, propiedad de unos turcos, o libaneses, o de por ahí, y atendida por un salvadoreño. La tienda era una tristeza aún sin el cambio poblacional del barrio. Mal surtida, con toda la mercancía en botaderos, con prendas de vestir de baja calidad, y dirigida a los salvadoreños más pobres (las únicas camisetas de futbol que vendían eran copias piratas de los clubes de ese país), nadie iba a comprar ahí. Yo una vez tuve que ir a comprar unos guantes para el frío y puedo decir que fueron los 7 dólares que peor he gastado en mi vida. En una época en la que el deporte es mitad publicidad, 40% espectáculo, y 10% el deporte en sí, la tienda de deportes de Columbia Heights se conformaba con vender 5 pares de zapatos diferentes (nunca de los más nuevos), mercancía pirata, balones de fútbol o basquetbol a medio inflar (no vendían bombas), y ropa de colores que, como pueden usarse para hacer deporte, también pueden no serlo.

La nueva tienda de deportes es, en honor a la verdad, una bestialidad. Todas las marcas, al mejor precio, con un excelente surtido, ropa para otoño, invierno, indoors, outdoors, atención personalizada, con fotografías de Messi, el quarterback de los Packers, Nowitzki, y la capitana del equipo de fut femenil de EUA, satfisfizo rápidamente las necesidades de todos los que estaban (estábamos) decepcionados de la tienda vieja. Todos los miembros del Washington Sports Center pueden comprar ropa nueva sin temor a estar fuera de moda. Hoy fui y un empleado me dijo que están analizando comprar el local de junto para abrir un sports bar. Si Marx hubiera visto el papel que juegan la publicidad y la micro-especialización de las compañías multinacionales modernas (una camiseta ADIDAS no es exactamente igual a una Nike, por lo que las dos corporaciones tienen cierto poder monopólico) le hubiera añaidido dos o tres tomos más a El Capital.

Desde hace 4 meses, la tienda de los turcos tiene los clásicos letreros de “on sale“, “everything must go“, y “last days” que tiene todo negocio cuando quiebra. Cuatro meses en ventas de liquidación es un tiempo larguísimo para cualquier negocio. La situación es triste por partida doble: el negocio quebró y los dueños no pueden cerrarlo porque nadie quiere comprar las mercancías que venden, ni siquiera a precios de remate. Es una muerte lenta. Ojalá terminen de vender todo pronto y así reduzcan sus pérdidas.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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