El clochard mágico

Guille (Paris)

Vieja, pobre, sola y además, la atacaron de nuevo. La encontraron en una bolsa cerca de la Rue des Boisieres, cerca de la embajada de Bélgica.

Fue una de las figuras emblemáticas de la aristocracia parisina, hasta que la dejó su marido Jean-Michel de Camembert. El hombre se quedó con casi toda la fortuna y le dejó algunos millones que ella perdió en poco menos de un año.

La tuvieron que echar de la suite del hotel Napoleón donde se había refugiado. Y terminó pidiendo monedas en la calle.

Erraba borracha envuelta en un tapado de piel regalado por Ives-Saint Laurent. Quizás fue ese tapado el que llamó la atención de los clochards de la rue Klever que la eligieran otra vez como blanco de sus vejaciones.

La policía la dejó en un centro para refugiados y desapareció. Ella se puso a caminar calle abajo. Ya conocía ese hospicio donde le robaban la mitad de las cosas (aunque no tenía nada) y apagaban la luz a las diez de la noche.

Se sentó en una banquina. Miraba la el cartel anaranjado de  un estanco a lo lejos, parecía un pollo. Todo se le mezclaba, debía ser una falla en su personalidad, todo se le confundía. A veces tenía miedo de haberse confundido de identidad y ocupar el lugar de otra.

Se durmió acurrucada en el hueco de una escalera. Pero se despertó pocos minutos después. Fue entonces cuando vio al hombre parado en la vereda. Tenía una campera negra con tantos agujeros que ella se preguntó si lo habían baleado y unos zapatos de los que salían tres dedos descarnados.

Había escuchado sobre el clochard mágico en sus viajes por tierras exóticas. Junto a Jean-Michel de Camembert habían recorrido el mundo y en una estadía en Pakistán unos camelleros les habían contado la historia.

Cuando se acercó un policía ella supo que podía matarlo simplemente dándole un beso al clochard. La cabeza del policía saltó por los aires. Miró un basurero del que surgieron flores rojas, Marielle sacó unas cuantas y las puso en el cuello vacío del policía.

Tomó un sorbo del vaso de whisky que hiso aparecer en su mano y miró al clochard que parecía indiferente. Le dio otro beso y se transformó en una rubia de cuento de hadas.

Ya se había hecho de día. Fue directo a la oficina de Jean-Michel. Voló siguiendo las escaleras hasta el último piso. Iba de la mano del vagabundo mágico, que seguía todo con la mirada.

Abrió la puerta de una patada. Allí estaba Jean-Michel. La lámpara dio un salto, se colocó a su lado, le rodeó el cuello y comenzó a apretar. Una lapicera se alzó y se clavó en el pecho. Los empleados se acercaban y ella los iba haciendo desaparecer.

Pensó que ese edificio podría ser su casa. Hizo desaparecer todos los pisos, las escaleras, el cadáver de su ex esposo. Vació el edificio y recubrió las paredes en oro. Instaló una piscina en el aire, una masa de agua que flotaba a la altura del quinto piso.

Se desnudó -tirando su ropa por la ventana- y se metió a la pileta. Lo mejor de la piscina era que se desplazaba con ella, a medida que iba nadando, hacia arriba, hacia abajo… No podía salir.No importaba, no tenía más que pedirle al clochard… ¿Pero dónde estaba? Se estaba ahogando a pocos metros de ella…Intentó escapar. La asfixia era como una aplanadora contra su rostro…Veía el límite del agua tan cerca…Pero cuando trataba de alcanzarlo, salía, unos centímetros más allá.

Cuando murió, el agua se secó en unos minutos, y de los muros exteriores comenzaron a salir los pisos, y las escaleras, y volvió la puerta de entrada que hasta ese momento flotaba en una nube, y reapareció Jean-Michel, y la lapicera salió de su pecho y se posó sobre el escritorio, al lado de unas hojas; la herida se cerró y la camisa se cosió.

La cabeza del policía se acomodó sobre sus hombros, las flores salieron por la boca… Encontraron el cadáver de Marielle de Camembert en un banco de la plaza.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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