Una camisa arrugada en el Teatro Real

Pablo (Madrid)

De todos los malditos días de mi vida, tuvo que ser hoy, precisamente hoy, el día en el que por primera vez se me rompió una plancha. Tras varios intentos inútiles para tratar de repararla fui a ver la apariencia de la camisa, que en mi mano sólo era una gran bola de papel que parecía recién sacada de la papelera y que, a media hora del inicio de la obra, era imposible de recuperar. Ni ella ni las otras, tan limpias y con un olor tan fresco pero con esa apariencia de despojo, que sobre mi pecho me hacían parecer tan ordinario, superponiendo sus pequeñas rampas de tela sobre sí mismas de manera caótica.

Era la primera vez que podía ver a Patricia a solas, y le había propuesto ir al Teatro Real, para impresionarla. Conocía más sitios en Madrid que podían llegar a quitarle las palabras pero conociendo a Patricia como la conocía, no había sitio mejor que el Real, y además, tal y como me confesó al proponérselo, nunca había estado. Aquel domingo representaban una versión de Romeo y Julieta compuesta por Hector Berlioz y dirigida por Valery Gergiev, un director ruso magnífico.

Tras un par de minutos de indecisión pensé que mi vergüenza soportaría mejor mis mejillas rojas que su rechazo futuro si no aparecía por allí o cancelaba la cita a media hora de que empezara. Yo sabía que la gente que va al Teatro Real viste con elegancia, camisa y chaqueta ellos, vestido y tacones ellas, y si alguno se salta este conjunto lo hace con tanto estilo que no importa. Y es que la gente que va al Teatro Real tiene planchas que funcionan; la mayoría, gente que plancha por ellos, y todos, desde luego, más capacidad previsora que alguien que desprovisto de camisas en condiciones decide ponerse a planchar cuando ha sobrepasado el punto de no retorno de su dignidad.

Al verla, la confusión y el solapamiento de nervios tan distintos hizo que al decirme hola y darme un beso por mejilla yo me echara a reír sin ningún motivo. Le pedí disculpas y esperé a que me creyera cuando le dije que no me estaba riendo de ella. Entramos con mi cínica sonrisa de derrota previa a la batalla y dejamos las chaquetas en el guardarropa para mostrar a la élite cultural madrileña cuan vulnerable puede llegar a ser un hombre sin plancha. Ella estaba tan absorta en los detalles del Teatro, que cuando me giré con la excusa de mi verdad ya en la boca, sólo estaba mirando al techo. Si está así de embebida en el hall de entrada no quiero ni imaginar cuando se siente y vea el Teatro, pensé. Así que le dije, sin distraerla demasiado, que fuera a tomar asiento mientras yo iba al baño. Debía tardar, llegar justo al comienzo de la representación, no sólo para que no apreciara mi camisa, cosa que tenía asumido que acabaría haciendo, sino para no arruinar la visión del majestuoso Teatro de butacas color burdeos, de palcos bañados en apariencia dorada, de lámpara de techo recargada, de ornamentos en el Palco Real y de telón de terciopelo, con mis dunas blancas de algodón, que me cubrían como la piel de un leproso, donde sólo debía haber una superficie llana.

Era mejor que me viera antes de empezar, mostrarme ante ella y rebajar tanta tensión. Esperé aún unos minutos con la esperanza de se hubiera dado por satisfecha, que hubiera tenido tiempo de ser reprendida por los acomodadores por hacer fotos, y que con suerte se hubiera relajado su impresión inicial y estuviera centrada en el escenario esperando a que llegara mientras veía al resto de público entrar. No fue así. Seguía absorta con aquel esplendor. Al girarse y verme en el umbral de la puerta de entrada, dudando de si pasar o esperar, me sonrió y no tuve otra opción que devolverle la sonrisa y sentarme a su lado. Estaba ansiosa y sus ojos brillaban de la emoción de ver aquello.

-Este sitio es… no sé, es… madre mía. Muchísimas gracias por invitarme, de verdad. No sé cómo agradecerte esto. Mira qué bonitas…

Y mientras me describía el sitio que ya conocía casi de memoria sólo pensaba en que ya estaba, ya no tenía nada que perder, así que tenía que acercarme a su oído y susurrarle que estaba profundamente enamorado de ella, que si quería agradecerme algo se callara y me besara al compás de la primera nota y que al carajo todo esto, que si había venido era por ella, que era mucho más melódica que la música y más bella que el Teatro.

-… y eso. Madre mía. Uy, ¿y esa camisa? Seguro que se te ha roto la plancha antes de venir, no hace falta que lo digas. A mí me pasó una vez y me quería morir. No te preocupes, que los que vienen aquí son todos unos estirados.

Y sentí que aquella había sido la declaración de amor más increíble que me habían hecho nunca. A la mierda mi discurso romántico. A la mierda Julieta. Poneos a tocar malditos, que mañana iré a comprar una plancha sólo para que se me vuelva a romper.

 

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Una camisa arrugada en el Teatro Real

  1. Eva dijo:

    El amor es capaz de convertir la desgracia de tener sólo una camisa en una gran suerte!!!

  2. Menos mal que no la metiste al baño mientras te duchabas. El vapor hubiera hecho que se alisara un poco pero le hubiera quitado el encanto…

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