Castillo de Monte-Cristo

Aletz (de visita en París)

Su madre era una esclava negra y su padre un general francés. Esto lo supo Thomas-Alexandre cuando su padre lo mandó llamar desde Francia.

El padre vivía solo, sin hijos legítimos, sin familiares. Tenía un palacio demasiado grande en París, y creyó que el bastardo de la criada Dumas le haría buena compañía. Error. Al llegar a París, proveniente de Haití, Thomas-Alexandre se convirtió en la bestia negra de todas las fiestas, y después, en el general más aclamado de las guerras napoleónicas. Bastaba que el mulato se pusiera a la vanguardia para que las pálidas tropas enemigas se creyeran atacadas por el demonio.

Todo fueron glorias. Hasta que llegó Egipto, y la testaruda guerra de Napoleón. ¿Por qué invadir un país en caos? ¿Dónde está orgullo, cuál es la ganancia cuando se ataca a bandas de rebeldes sin ley? El mulato no entendió al corso, y resultado de esta rencilla fue que, al coronarse Napoleón, Thomas-Alexandre cayó en desgracia.

Murió en un pequeño pueblo en las afueras de París, Villers-Cotterêts, financiado por amigos que honraban sus hazañas. Pero murió, a diferencia de su padre, acompañado por un hijo que lo quería.

Alexandre Dumas soñó, desde joven, con ser famoso. Como su padre, era un hombre alto y robusto, se le notaba lo negro. Antes de cumplir los veinte, escapó de un trabajo de burócrata en Villers-Cotterêts y fue un fin de semana a París. Le fascinó el teatro. Con los ahorros familiares y una carta de presentación donde se ensalzaban las glorias bélicas del padre, logró instalarse en un pequeño cuarto en Montmartre.

En los siguientes años, Dumas escribió decenas de obras. Escribió tantas que alguna forzosamente tuvo que tener éxito. Estaba avocado a la literatura, en varias ocasiones escribió sin firmar la obra, con tal de ganar dinero o practicar el estilo. En algún momento creyó estar compitiendo con Víctor Hugo. Ya entrado en los treinta, descubrió a su verdadero mentor y rival: Walter Scott y la novela histórica. En esa lucha se escribieron, entre otras novelas, Los tres mosqueteros y El conde de Mote-Cristo.

Con la fama llegó el mito. Dumas hedonista, mujeriego, sibarita. Dumas con la panza y la sonrisa de un Buda. Dumas y sus derroches. De esta última parte me interesa mencionar solamente un detalle, el castillo de Monte-Cristo.

Este domingo, mi amigo Héctor, Guille, Deni y yo fuimos al castillo que construyó Dumas en el apogeo de su fama. Ubicado a cuarenta minutos en tren de París, en la población de Port-Marly (a un costado de St. Germain en Laye), el castillo cuenta con una arquitectura que el mismo Dumas describe de manera sucinta como: “Una mezcla entre Renacimiento, Barroco y Gótico.” Alrededor se extiende un jardín enorme, donde corre un riachuelo, se interpone una gruta, se dividen tres senderos y se erige otro castillo, el castillo d’If. Este nuevo castillo está rodeado por un foso y tiene la dimensión de una gran habitación. En esta habitación es donde escribía Dumas.

Nos asomamos al castillo d’If, vimos el sillón donde se sentaba Dumas a revisar los primeros borradores, probablemente escritos por sus “negros literarios”, libramos el foso, pasamos las grutas y entramos al castillo de Monte-Cristo. Adentro había ejemplares del siglo XIX de sus obras, facsímiles de sus cartas y varios retratos de la familia. En el segundo piso nos topamos con un salón de té construido al estilo árabe. Dumas visitó Túnez meses después de la conquista francesa. Viajó en el barco del rey, con una paga enorme. Francia quería poblar aquel territorio recién conquistado y para ello enviaron al lector más leído del momento. Dumas escribió las aventuras de su viaje, y se cobró, además del gran salario, con el arquitecto del sultán de Túnez, quien le diseñó aquel salón.

Salimos del castillo a la hora del cierre. En el camino de regreso a St. Germain en Laye nos perdimos, yo sangré de la nariz, y nos llovió. Al momento de subir al tren, mojados y sangrados, evocamos algunos pasajes de la vida de Dumas, aunque más que nada hablamos de nuestros proyectos; los doctorados, la escritura de una biografía, el mudarse de ciudad. Con la complicidad que nos da la amistad, imaginamos el mejor futuro para cada uno, y después de cuarenta minutos que se sintieron como cinco nos despedimos con un fuerte abrazo.

Al salir del Metro, Deni y yo estábamos de vuelta en París. Salvo algunos cambios menores, esta ciudad debió haber sido la misma que vivió Alexandre y Thomas-Alexandre. Esta fue la ciudad que vio el joven mulato proveniente de Haití y el adolescente enamorado del teatro y la fama. Esta ciudad es la que poco a poco, en la compañía de Deni y de amigos, ha dejado que la conozca y la disfrute.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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