El lugar más lejano del mar más próximo

Pablo (Madrid)

Por fin conocí a Jaime, tras su viaje a China. Mi buena amiga Elena me había estado hablando mucho de él últimamente, siempre me decía que nos tenía que presentar, que me iba a encantar, que seguro que nos caeríamos bien enseguida. Por todo lo que me decía de él, yo deduje que se había enamorado de ella, aunque Elena creía que exageraba y que malinterpretaba sus actos y palabras. Con el tiempo, Elena empezó a aceptar con halago y resignación aquello que para mí era ya una evidencia antes de conocerle. Sin embargo, Jaime todavía no se había descubierto ante ella, ni un intento de nada, ni una insinuación directa o una declaración explícita, sólo actitudes y pequeños detalles con los que conjeturar. Elena, por otro lado, estaba enfrascada en una de esas relaciones esporádicas que se alargan más de lo necesario, que tanto le encantaban, y que a mí tanto me aburrían cuando me las contaba.

Le conocí en una pequeña fiesta que dio Elena en su piso, y que acabaría en un local en La Latina. Cuando nos presentó, enseguida empezamos a hablar cordialmente, de todo en general y de nada en particular, como siempre en estos casos. Durante nuestra charla notaba cómo sus ojos se desviaban ligeramente cada poco tiempo, en un movimiento de boomerang, rápido y seco, hacia donde se encontraba Elena, que atendía al resto de invitados, en especial a su relación esporádica, cuyo nombre, como hará ella, ya olvidé. Jaime sabía de su existencia pero se esforzaba en disimular su incomodidad. Yo no sabía ya si hablaba conmigo por distraer su atención, por conocerme, o porque le causé buena impresión y prefirió tratar de olvidar la risita estúpida que de vez en cuando llegaba de la boca de mi amiga. Cuando nos dirigimos al bar, Jaime y yo llevábamos tanto tiempo hablando que empezamos a tener incluso algo de complicidad, mayor de la habitual en un primer encuentro. Elena cada vez ocultaba menos su flirteo con el esporádico, él los veía y ella, como siempre, se dejaba ver. Me sorprendió que Jaime pasara conmigo la mayor parte de la noche, que en ningún momento me dejara y se acercara a ella. En su casa, cuando nos juntábamos los tres, él se limitaba a seguir mi rebufo.

En el bar, con menos noche y más alcohol y continuando con su inseparable sombra cerca de mí, empecé a sentirme como si fuera un refugio más que una compañía. Durante el primero de los silencios prolongados que hubo entre nosotros, recordé que Elena me había dicho antes de la fiesta que acababa de volver de un viaje a China, así que para reactivar nuestra charla (en ese momento yo ya me había convertido casi en una especie de protector de su soledad, y quizá de la mía) le pregunté por Pekín o Shangai.

-No fui a ninguno de los dos, me dijo.

Dudó si seguir con la respuesta. Dio un trago.

-En verdad lo que necesitaba era irme lo más lejos posible.

-Pensaba que el punto más lejano de España era Nueva Zelanda.

-No, lo más lejos de España no, lo más lejos del mar.

Dio otro trago.

-Soy hidrofóbico, le tengo pánico al agua.

En la tenue oscuridad del bar, Elena, casi borracha, comenzó a besar a su esporádico.

-Me fui a la provincia de Xinjiang, al noreste de China. Allí se encuentra el polo de Eurasia, el mayor polo de inaccesibilidad al mar (así se llaman, me explicó luego) del mundo. No hay un sitio en esta tierra que se encuentre más lejos del mar y allí me fui. Hay 2.500 kilómetros hasta el agua, y eso es mucho.

-¿Por qué?

No contestó.

-¿Es bonito?

Me miró arqueando las cejas, recriminándome la estupidez que acababa de decir, sólo superada por la estupidez siguiente.

-Bueno, no sé cuál es el polo de inaccesibilidad de Madrid, pero al menos estamos lejos del mar.

En ese momento nos separamos, él se fue al baño y luego deambuló por el bar, desviando su mirada continuamente hacia Elena y el esporádico. Pensé que Jaime no había regresado de China, que seguía en Xinjiang y que yo sólo era una casualidad. Seguramente Elena también le habría hablado de mí, le habría dicho que nos tenía que presentar, que le iba a encantar, que seguro que nos caeríamos bien enseguida. Se lo puso fácil. Quise acercarme y decirle que la olvidara, que era imposible, que además lo único que haría sería perder tiempo y gastar energía de manera inútil. Ya casi al final de la noche me acerqué a él.

-En verdad tienes suerte, si yo quisiera llegar a mi polo de inaccesibilidad acabaría bajo tierra.

-¿Por qué?¿Le tienes miedo a la vida?

-No, prefiero tenerle miedo a las alturas.

Elena se separó del esporádico y vino hacia nosotros, con su cara de satisfacción ebria.

-¡Chicos! Lleváis toda la noche juntos, sabía que os ibais a caer genial.

Yo me eché a reír. Jaime esbozó una sonrisa forzada y no dijo nada. Elena tenía los ojos perdidos.

-Me estaba contando su viaje a China, es muy bonito, deberías ir.

-Uy, China, no, que eso está muy lejos.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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3 respuestas a El lugar más lejano del mar más próximo

  1. Isa Ramos dijo:

    De nuevo gracias…Nos vemos por aquí, querido escritor 🙂

  2. B dijo:

    Echaba de menos historias así 🙂

  3. Gilberto dijo:

    Muy buena, gracias y en espera de las siguientes.

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