Vuelta al rojo

Aletz (Montreal)

De haber sido árbol me hubiera gustado ser de Montreal. Cada año vivir la adolescencia, descubrir la primera excitación, creer en algo de manera total y llorar al ver perder a mi equipo de fútbol. Dudar en la juventud, sufrir y creer no poder resistir de nuevo otro sufrimiento, discutir hasta las cinco de la madrugada con los amigos. Llegar a la madurez y acostumbrarme a la fugacidad del placer y a la constancia de las decepciones, imaginar cómo será la muerte. Al final la vejez, con su añoranza de la adolescencia, la juventud y la madurez, y un solo miedo, que no desaparece como sí desapareció el sufrimiento, el placer y los ideales. El miedo a la muerte. Vivir todo eso en un año, y volverlo a vivir otra vez.

Los árboles de Montreal me recuerdan a esos escritores que viven varias vidas. Nabokov haciendo temblar a sus personajes, García Márquez llorando después de haber matado a Remedios, Conan Doyle negándose a revivir a Sherlock Holmes, hasta que su madre lo obligó a hacerlo.

Hay árboles que nacen viejos. Los eucaliptos de corteza casada y verdor cetrino, los olivos de ramas nudosas. La muerte, cuando les llega, apenas se diferencia de la vida. Podemos decir incluso que la muerte les da más vida, enmoheciendo sus ramas, pintando sus hojas de colores al dejarse tocar por los hongos. Están los eternos adolescentes, la jacaranda y su necesidad, cada año, de llamar la atención, de ponerse las ropas moradas y vaciarse el perfume encima. Y están los extraños, tan extraños que nadie jamás los llamaría árboles, a pesar de que se esfuercen por ser más altos que ellos, dar más sombra y más frutos que ellos, y se puedan creer árboles, pero no lo son. Son tan raros que algunos al comerlos, nos permiten saber lo que es ser un cactus. En la selva están los arrogantes, crueles, que aplastan y asfixian al más débil, se levantan del suelo seguros de que nadie jamás los regresará a él. Y cuando al final regresan, nadie los mira ni de reojo.

El arce muere, en cambio, cada año. No sólo eso, se prepara para la muerte. Se detiene a evocar sus decepciones y sus dichas, pintado de naranja y rojo. El naranja es de quien sabe resignarse. El rojo es a veces tan fuerte, tan intenso, que evoca, a su vez, la sangre del espanto y el fuego del hogar.
Es verdad que no hay malicia en la gente de esta ciudad. Los montrealenses son en su mayoría sencillos, transparentes. Casi siempre saludan con una sonrisa y entablan conversaciones en cualquier esquina. Una vez que se domina su acento, uno mismo puede abordarlos con cualquier tontería, seguro de que no te darán la espalda, te tacharan de inoportuno, de idiota o de perro. “¡Pero cómo se aburre uno en estas tierras!”, me decía un chico mexicano. Y lo entiendo, se aburre uno, sobre todo en invierno, sin poder salir a la calle sin armadura, vivir en interiores y subterráneos, con días de seis horas. Pero el problema es que no han entendido a los árboles, no saben vivir como ellos.

Los canadienses lo han puesto muy claro, ahí, en la bandera, para qué no se le vaya a nadie. Así como en México pusimos un cactus, para que entiendan lo pasmados que llegamos a ser; así como en Argentina pusieron un sol, porque nadie brilla tanto como ellos; y en Brasil pusieron un mundo de estrellas, una por cada crack; y en Europa hicieron banderas de tres colores cuyo significado hay que ir a buscarlo vaya uno saber dónde. Así los canadienses pusieron una hoja de arce. Más claro no puede ser. Cada año la adolescencia, la juventud, la madurez y la muerte. Cada año un nuevo personaje, una nueva novela. Cada año un nuevo árbol. Y quien se aburra, que no vea al cielo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Archivo, Montreal. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Vuelta al rojo

  1. Este es uno de los mejores textos que te he leído.

  2. Aletz dijo:

    Muchas gracias Cempazúchitl!

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