Pink Freud

Guille (Paris)

Entramos a la fiesta, no primero entré yo, ahora me acuerdo que llegué mucho antes. Todavía no había nadie, solamente la dueña de casa, Sandra, acomodando todo. Ella llegó mucho después, corriendo y con una botella de vino comprada en la epicerie de al lado. Estaba vestida con una camisa celeste y con jeans negros. Yo nunca había visto a alguien muy hermoso. Quiero decir, nunca me había sentido así.
Me sentía mal aquella tarde. Un cliente me había presentado una queja horrible, toda su casa había sido atacada por la humedad y era por mi culpa. Traía fotos, parecía piel enferma o quemada. En la tristeza de aquellos días, no habría descubierto nada.
Empezó a llegar mucha gente que yo no conocía o de los que apenas conocía el nombre. A mí me había invitado la dueña de casa, quien trabaja conmigo en el estudio de arquitectura.
Llegó el novio de Sandra con una caja de ostras. Por suerte llegó más tarde Leandro, un amigo que hacía mucho que no veía. Era el único, aparte de Sandra y de su novio, que yo conocía en la fiesta.
Nos pusimos a conversar sobre nuestro trabajo (él es arquitecto también) y finalmente de su novia. Se habían ido a vivir juntos, pocos meses antes y estaban muy felices. Por un momento sentí envidia. Por profesión o por lo que sea soy fanático de las casas, de los interiores. A veces caminando por la calle veo la luz encendida de algún departamento y me imagino la calma, el refugio, tengo ganas de romper la ventana con la cabeza y entrar. Cuando era chico me imaginaba en un huevo de acero blindado y con ese huevo que tenía una pequeña ventana me desplazaba volando por la ciudad. Por unos minutos sentí que Leandro había encontrado algo de eso, un interior amigable que de alguna manera proveía de casi todo.
Yo acababa de terminar con Andrea. La ruptura había sido tranquila, fría. En el momento no había sentido nada, ni dolor, ni placer, ni alivio. Pero poco a poco el peso del duelo de mi relación había caído, como un enorme pie que apoyaba lentamente. Lo notaba cada día, un poco más. Me preguntaba que pasaría al dia siguiente. Al día siguiente lo mismo, pero más gris o más oscuro. Había venido a Paris tan solo por ella, dejando un trabajo en un gran estudio de arquitectura en Buenos Aires.
De repente me encontré conversando con la chica rubia. La había visto llegar, ya les dije, un poco tarde y como apurada. Leandro se había ido a bailar “How dance in trance” de Peter Chupaleta.
Era rubia y alta, me recordaba a una actriz argentina.
No recuerdo de qué estábamos hablando, pero vi como una pequeña punta negra saliendo de su nariz. Intenté disimular para inclinarme un poco y mirar más de cerca, era como una tela. Seguí conversando como si no pasara nada. Hasta que alguien al lado se dio cuenta y le señaló la nariz. Ahora el pedazo de tela ya le cubría la boca, no sé cómo no pudo darse cuenta antes, quizás porque ya estaba un poco borracha. Me miró como reprochándome no haberle dicho antes.
Ella se saco la punta de la dura y empezó a tirar. Era como un semicírculo de felpa negra, lo tomé con las dos manos y tiré. Debajo de la bomba negra había como unos pelos blancos. Ella se puso a gritar, tuvimos que calmarla y sentarla sobre el sofá. Alguien llamó a una ambulancia, pero era obvio que no podíamos esperar para arrancarle eso de la nariz.
Seguí tirando y de un golpe vi unos pequeños anteojos y otra nariz. Seguí tirando y vi una cabeza conocida. Era Sigmund Freud. Era enano, pero su cara podía reconocerse perfectamente. Lo saqué al fin de la nariz de la chica que se puso a llorar nuevamente.
-Señor, qué hace acá..Señor…
– Disculpe, hace mucho que no practico mi español.

Su voz era afeminada, febril. Apenas me llegaba a la cintura y traía un bastoncito. Todos nos habíamos puesto a su alrededor. Comenzamos a hablarle en francés, lengua que comprendía mejor.
Pero enseguida llegó la ambulancia y se lo llevó, junto con la chica de la que me había enamorado casi, hasta el momento en que salió Sigmund Freud de su nariz. Le había pedido su teléfono con una excusa tonta.
La fiesta no pudo continuar porque todos estaban demasiado sorprendidos. Me fui a casa caminando, aunque empezaba a llover.
Ella era hermosa, muy hermosa, lo que parecía suficiente para sentirme terriblemente celoso. Al otro día vi en la televisión a Sigmund Freud, era la gran noticia en todo el mundo. Además contaban su romántica historia: En la ambulancia se había enamorado de una chica y se habían casado pocas horas después. Al ver la foto reconocí a la chica.
Cada consulta con Sigmund Freud costaba un millón de dólares y había reservas hasta el dos mil quince. No volví a ver a la chica, salvo en las revistas de moda, donde salía posando junto a Sigmund Freud enano.
Además de su trabajo de psicólogo, que como he dicho le aportaba un millón de euros cada media hora, Freud se hizo presentador de televisión y esa fue su perdición. (Ustedes saben el fin de esta historia).

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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