La propuesta del Diablo

Aletz (Montreal)

Viene de La ética de Kant

Ella había accedido adentrarse al monte real con el Gorila. No estaba borracha, y por lo que recordaba, él tampoco. Con la excusa de que estaban solos, se dejó tocar un poco. Cuando quiso detenerse, ya no pudo. Había intentado defenderse, pero casi al instante se dio cuenta que no tenía caso.

Al día siguiente de haber declarado en la policía, llegaron sus padres. Después de haber hablado con ellos, dos doctores y un sacerdote, se desdijo. Ya no estaba segura si había accedido o no.

Molina pasó una semana en la cárcel. Cuando salió libre, Calvillo empezó a investigar. No fue difícil enterarse, compañeros como Romanowski eran amigos cercanos del Gorila. “La chica tenía las rodillas llenas de cortadas,” le dijo Romanowski, y fue lo único que Calvillo tuvo que saber.

“Si el Gorila sigue en el equipo, yo me voy,” pensó decirle al entrenador o al dueño. Pero el anuncio no terminaba de convencerlo, tenía algo de batir en retirada, de renuncia y derrota. Así que lo sentó al Gorila de un golpe en el vestidor, luego durante un entrenamiento, cuando vio que se quitaba el caso, le lanzó el balón a media cara. ¿Era todo lo que podía hacer? ¿Golpes, rencillas de vestidores? ¿Qué hubiera hecho Kant?

El filósofo alemán era claro en los argumentos, tan claro que no dejaba espacio para los ejemplos. Su argumento funcionaba en un mundo cristiano en el que hubiera arrepentimiento. Pero en este mundo ya no lo había, nadie del equipo se preocupó por ella, le festejaron la salida de la cárcel al Gorila como le festejaban una tacleada detrás de la línea de golpeo, ni siquiera le preguntaron por lo sucedido, los entrenadores lo obligaron a dar dos vueltas al final del entrenamiento. Dos vueltas.

Calvillo habló con el Diablo, su ala abierta, sesenta pases y cinco touchdowns en una temporada.

“¿Qué hacemos, Diablo?”

“Ya está perdonado, ya salió de la cárcel. No tiene caso.”

Lo llamaban Diablo porque corría contra cualquier enemigo. Y porque en una ocasión, en primera y diez, se lanzó a atrapar un pase que iba adelantado por casi diez metros. Cuando cayó, el balón seguía a diez metros, pero el hecho de haberlo intentado dejó al resto bromeando sobre un pacto entre el ala cerrada y el Diablo. Calvillo confiaba en él más que en ningún otro, cuando los encajonaban en su propio territorio, en tercera y largo, había adquirido la costumbre de lanzarle alto y fuerte. El Diablo sabía bajar el balón.

“A menos que… A menos que la fueras a verla a ella.”

“¿Para saber si dice la verdad?,” le preguntó Calvillo, molesto.

“No, para pedirle perdón.”

“Perdón de qué…”

El Diablo se alzó de hombros. Era el turno de Calvillo de atrapar el balón.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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