Los académicos

Aletz (Montreal)

Los domingos con sol le gustaba llevar su computadora a la cocina y escribir teniendo a la vista el arce que se tornaba rojizo en otoño y a quién ella llamaba, por eso mismo, Moloch, el primer demonio que acudió al llamado del Ángel Caído. Se sentaba a revisar los correos electrónicos que no había podido ver durante la semana y a husmear lo que hacían sus colegas. Samantha llevaba varios años investigando sobre las novelas de dictadura en Hispanoamérica, lo cual podía verse en su perfil de trabajo en la Universidad de McGill y en las publicaciones que realizaba en revistas académicas de Canadá y Estados Unidos. Era ya costumbre que sus colegas le escribieran correos electrónicos recomendándole libros o artículos sobre su tema de investigación. Además de presentarse como amigos atentos, estos mensajes les daban un aire de eruditos preocupados por el avance del conocimiento universal. Samantha no dejaba pasar la menor oportunidad para enviar, ella misma, mensajes del mismo tipo. Ese domingo de otoño descubrió que un colega, Víctor Urquidi, de una universidad mexicana de la frontera, se interesaba en el tema del narco en la literatura mexicana. Este va a estar fácil, se dijo Samantha, y después de dos búsquedas en las bases de datos de la universidad de McGill, conectada, a su vez, a las Libraries Worldwide, dio con dos artículos, Revista Canadiense de Estudios Hispánicos y el Hispanic Journal de la Universidad de Indiana. Los bajó en formato PDF y envió en documento adjunto a su colega. Suerte con la investigación, Samantha.

Víctor Urquidi respondió a mitad de semana. Le agradeció su correo electrónico con los artículos adjuntos. No había reparado en ellos y le servirían muchísimo para su investigación. Para agradecerle, le envío un borrador de su propio artículo, y una liga con el programa de sabáticos que ofrecía su universidad, aclarando que, si Samantha se interesaba, él mismo podría servirle de apoyo en la solicitud. Se despidió con la sugerencia de que, a menos de media hora de su universidad, se comían las mejores langostas del pacífico.

Leyó el artículo sobre el narco en la literatura y le conmovió la manera en que Urquidi había entremezclado la teoría con sus impresiones personales, comparando la ciudad donde él había crecido de niño, con la ahora bañada en sangre. Creyó que esa visión sentimental compensaba las faltas que había notado en la bibliografía, y decidió invitarlo al congreso anual de hispanistas, organizado ese año en la ciudad de Montreal. Si decidía asistir al evento, ella podría indicarle la manera de solicitar una beca que cubriera los gastos del viaje y la estancia.

Urquidi se sintió honrado con la invitación, no conocía Canadá, y le encantaba la idea de un primer viaje acompañado de su colega de letras. Llevado por la emoción, le dijo a Samantha que había buscado y leído un artículo suyo sobre la nueva novela de dictaduras, escrita, entre otros, por Junot Díaz, y le pareció fantástico. Piénsate de veras lo de venir a hacer el sabático en la universidad, puedes rentar una cabaña a media hora de la facultad y a diez minutos de la playa; en invierno llegan las ballenas de Canadá, les podrás hacer compañía. Y terminaba con la clásica ironía de los hispanoamericanos, que a Samantha la hubiera avergonzado, si no los conociera tan bien: por los narcos, no te preocupes, sólo matan a los nacionales.

Esta vez Samantha verificó la zona en Google maps y vio algunas fotos en Google images. Imaginó la cabaña como las de las películas de Bergman, donde planeaba siempre un misterio. Antes de cocinar su lunch, revisó también el artículo al cual hacía referencia Urquidi, sobre Junot Díaz, publicado hace un par de años en una revista americana. Nada malo, le daba un buen giro a su tema de estudios que se venía estancando en los referentes de siempre, García Márquez, Roa Bastos, Carpentier; quizá podría adaptar el artículo para la introducción de su libro. Regresó a su cuenta de correo y le escribió a Urquidi. Hecho, nos vemos en dos meses en Montreal, ahí discutimos lo del sabático. Samantha se detuvo, lo pensó dos veces, y terminó por agregar: lo del sabático playero.

Quizá en la cabaña podría escribir su libro. Tendría la obligación de dar un par de clases a la semana, lo cual, en realidad, le serviría para socializar un poco. No era mala idea. En tanto que el artículo de Urquidi sobre el narco, seguro levantaría expectativas en el congreso. Muy probablemente los colegas que formaban el grueso del público, se verían decepcionados por la escasa bibliografía, quizá les daría pereza la metodología un tanto revuelta y barroca. Pero estaba segura de que al final del congreso, en la cena de despedida, Urquidi contaría las mejores anécdotas. Vaya que sí tenía tela de donde cortar.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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