Fantasmas

 

 

 

 

Recién escribí este texto y después lo borré. Lo puse en “papelera” y la vacié. Eso me hace acordar la anécdota de Mark Twain que contaba que cuando nació tenía un hermano gemelo idéntico a él; como su madre no podía distinguirlos les ponía una pulsera de diferente color a cada uno. Un día, mientras estaban en la bañera se les cayó la pulsera y uno de los dos niños se ahogó, “de manera que nunca se pudo saber cuál de los dos murió, si mi hermano o yo.”
De la misma manera puedo decir que no sé si este texto es el que borré o el que estoy escribiendo ahora.
Quería escribir sobre los fantasmas, pero como decía en el texto que borré no tengo tiempo para escribir como se debe sobre el tema, ni la disponibilidad psicológica. Podría leerse esto como borrador de un texto sobre fantasmas.
Una vez escuché una entrevista de Alberto Laiseca en la que decía que cuando el niño no se puede dormir porque siente que hay un mounstro debajo de su cama, tiene toda la razón del mundo.
La frase es hermosa en sentido literal: Debajo de la cama hay un mounstro y el único que se da cuenta es el niño, y también podría simbolizar el “mounstro” que espera al chico en el futuro: La muerte de seres queridos, las enfermedades, muchos dolores…
En Córdoba encontré una tarde en la plaza a un hombre muy delgado, rascaba con los dedos (las uñas se doblaban) la piel del antebrazo. Había dejado una fuerte mancha roja. Yo estaba sentado al lado suyo y nos pusimos a conversar un poco. Después de un rato, y cuando se hizo evidente que no podía pensar en otra cosa que en su antebrazo, me dijo “una mancha imaginaria es mucho más difícil de sacar que una mancha real”.
Yo soy lamentablemente muy sensible a una clase de fantasmas. Son fantasmas oscilantes, a veces crecen y puedo tocarlos otras veces me olvido.
Había borrado el texto porque no quería hablar del tema, tenerlo en la cabeza. Prefería pensar en otra cosa. Pero llegado a cierto punto negar es la mejor manera de confirmar algo.
No sé en qué parte de la cabeza se alojan los datos, muchas veces, más que borrar ciertas partes me gustaría poder sacar el cerebro y dejarlo un tiempo reposando en agua, y después volverlo a poner.
En este caso no sé bien la historia que quiero olvidar. Son en realidad muchas historias. Cada vez que algo me la recuerda cierro los ojos, trato de pensar en otra cosa, pero no funciona. Los fantasmas me agarran de los brazos y me arrastran.
La primera vez yo vivía en un departamento en Córdoba, cerca de la terminal de bus, en la calle Balcarce. Vivía solo y teníamos un juego de llaves único.
Estudiaba arquitectura y aprovechaba los tiempos libres de los estudiantes para escribir. Esa tarde tenía cinco horas exactas para escribir (antes era muy ordenado…) y empecé un cuento sobre un hombre al que le sale un sarpullidlo en el costado, debajo de las costillas, después, algunos días después , se le cae un pedacito de carne y descubre una nariz, mas tarde unos ojos y una boca. Se suicida antes de que el rostro empiece a hablar. Todavía no encontré la forma correcta para la idea ni el final.
Escribí una hora y bajé a comprar algo para comer.
Cuando volví al departamento todo estaba ligeramente desordenado. Algo había pasado. Entre mis apuntes había frases que no eran mías.
Cuando estaba durmiendo me desperté con ruidos muy extraños. Vi una espalda cuadrada pegada contra la oscuridad, vi los cabellos morenos que se sacudían y traté de cerrar los ojos.
Cuando el fantasma se fue me sentí muy triste. Estaba como aturdido de un ruido que nacía en mis oídos y se expandía por todo el cráneo manchando la almohada con un líquido negro, las mandíbulas pastosas de la misma grasa.
Pasaron muchos días en los que no pude volver a sentirme bien.
Otra vez estaba en un concierto de Pedro Aznar y empecé a ver casi los mismos cuerpos desnudos alrededor mío, gimiendo, en contorsiones sensuales al ritmo de la música que había aumentado su volumen hasta hacerse más enorme que el teatro. La cúpula del auditorio saltó y vi todos los ojos que nos estaban mirando, a los fantasmas y a mí.
Salí del teatro y por la calle Trejo los fantasmas fueron desapareciendo.
Una vez en un parque escuché el teléfono de mi departamento que sonaba, mi departamento, que estaba a kilómetros de distancias y empecé a ver el fantasma de la casa, con los portarretratos, la cama, la mesa.
Fui a una psicóloga pero tuve que abandonarla cuando comencé a ver en su cara una calavera sonriendo. Me paralizaba. Intentaba hablar y mi boca estaba dura.
En Francia volvió a pasarme. En unas vacaciones en Cahors terminé vomitando después de horas de imagines intermitentes.
Una tarde iba caminando por place de Vosges y un fantasma se sentó al lado mío. Tenía una nariz larga y blanca, el resto del cuerpo se componía de planos blancos y huesos desordenados.
– ¿Querés ser un fantasma?
La propuesta no me pareció mal. Le pedí explicaciones, “es como un líquido” me dijo. Esa noche, efectivamente, sentí que me diluía. Me fui escurriendo, atravesé en forma de minúsculas gotas el colchón y después el piso, y antes de caer sobre la cara de la chica del sexto piso, me sostuve en el aire. La oscuridad me moldeaba y fui recobrando forma humana. Atravesé el muro y fui a la plaza. Un vagabundo empezó a correr al verme y me acerqué mas, comenzó a gritar…hasta que tropezó con el cordón de una vereda y quedó inconsciente.
Así pasaron muchas noches y van a pasar muchas más. Antes de escribir esto estaba desapareciendo, pero sonó el teléfono y tuve que volver para contestar. Era un fantasma, me dijo que teníamos que irnos todos al mar. Volví a diluirme, esta vez completamente y volé. En la calle había una multitud de fantasmas silencioso, volando hacia el mar.
Nos hundimos casi al mismo tiempo, pero el agua no sentía nuestro peso. Atravesamos mounstros marinos y montañas sumergidas…

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en París. Guarda el enlace permanente.

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