La ética de Kant

Aletz (Montreal)

Viene de Henry Cavillo

Qué es la virtud, se preguntó Henry Calvillo, sentado en una banca frente al río San Lonrezo en la ciudad de Montreal.

Y recordó a Samantha. Al inicio había sido una de tantas fans que acudían al estadio durante el entrenamiento y se cruzaban con ellos en su camino a los vestidores. Saludaban a un jugador esperando a que se detuviera. Si lo hacía, bromeaban con él hasta que el utilero amenazaba con las llaves en alto. El jugador se despedía con la obligación de dejar el equipo, pero antes, las chicas lo invitaban a una fiesta y le daban su teléfono. Samantha llegó sabiendo lo que buscaba, pero nunca creyó que las cosas pudieran llegar tan lejos.

Al verlos acercarse a la salida del estadio, escogió, entre todos, a Molina.

“Gorila, Gorila,” le gritó ella, como lo festejaban los altavoces durante un partido. Y el Gorila Molina se detuvo, la saludó sin conocerla, y sin importarle tampoco.

A Samantha le había gustado su apodo, la forma de su máscara (con mica cromada), y la manera en que lo había visto gritar durante el entrenamiento. El Gorila no era el mejor linebacker cuidando a sus corredores, en ocasiones el fullback lo bloqueaba muy fácilmente. Su velocidad combinada con su astucia, lo hacía, sin embargo, el mejor cazador de quarterbacks. Los había reventado por la espalda, cara a cara y en el momento en que creían poder lanzar un pase. Balón suelto, intercepción, bloqueo, y para desgracia del contrincante, conmoción del quarterback despatarrado sobre la hierba. Ese era el Gorila Molina. Pero fue ella quien lo busco y quiso desentrañar su lado humano.

Salieron esa misma noche, con amigas, a tomar unas cervezas en el bar del hotel W, uno de los más caros de Montreal. Roto el hielo, buscaron una fiesta en el barrio alrededor del Mont-Royal. El Gorila dirigió el grupo, no se es titular del equipo de futbol americano de la ciudad para que falten después las maneras de divertir a unas chicas. Llegaron a una casa a pie del monte, en Maplewood. Bebieron, bailaron, Samantha saludó a desconocidos y perdió de vista a sus amigas. Allá ellas, se dijo, y tomó otra copa de vino blanco espumoso. Con la excusa de adentrarse al jardín de la casa, que conectaba por un sendero con las faldas del monte, el Gorila la sacó de la fiesta. Una vez solos, la replegó junto a él y dejó de pensar.

Calvillo lo había hecho, salir a fiestas con fans, beber de más, coquetear con alguna de ellas. Calvillo era el quarterback titular de los Allouetes de Montreal, apenas en su segundo año. Calvillo podía hacer lo que quisiera. Pero había un límite. Actuar creyendo en que tu actuar puede convertirse en una ley universal, actuar creyendo en la humanidad como un fin en sí mismo y no un medio, actuar creyendo que la felicidad es posible, porque si no lo es, qué caso tiene seguir, qué caso tiene la virtud. Calvillo había leído a Kant, y por eso sabía que había un límite y un castigo a quien lo cruzara.

Así que cuando se enteró de lo sucedido esa noche entre el Gorila y Samantha, buscó a su compañero, y en lugar de encontrarle vergüenza o remordimiento, le encontró una sonrisa. Cara a cara, le soltó un derechazo, que lo plantó contra la utilería. Se levantó el Gorila enfurecido, hubo jaloneos, mentadas de madre, llamadas al entrenador, y ahí quedó la cosa.

Pero no bastaba, no era reparación suficiente. Cuál era el caso de entender a Kant, si Calvillo no hacía nada. Entenderlo no lo hacía mejor persona, al contrario, lo obligaba a cumplir. Reparación, no porque el Gorila le había hecho algo a él, había hecho algo contra una ley universal, contra Kant y contra una chica que había confiado en un jugador profesional.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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3 respuestas a La ética de Kant

  1. Pablo dijo:

    Cómo nos gusta el deporte, sobre todo cuando deja de ser deporte.

  2. Aletz dijo:

    O la vida, cuando empieza a parecerse al deporte.

  3. Pingback: La propuesta del Diablo | Siete Ciudades

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