Henry Calvillo

Aletz (Montreal)

Al batir el record de más yardas por pase en un año, Henry Calvillo creyó responder a la pregunta que, veinte años antes, se había planteado en la soledad de su cuarto, tras haber cerrado el libro de los diálogos de Platón. Qué es la virtud. A sus quince años, Calvillo había buscado la respuesta en la ética, las misas del domingo y en la Biblia. Nunca creyó encontrarla en el emparillado de futbol americano.

La respuesta no era, por otro lado, clara ni concisa. No podía escribirla en una frase. Tenía que contarla en una historia, la de sus veinte años en el deporte. Los años que mediaban entre esa primera inquietud y el momento en el que se sentó en la banca frente al río San Lorenzo, en la ciudad extranjera de Montreal, y se dio cuenta que lo había logrado.

Fue su amor a ella, y el valor al haberlo confesado ante la desaprobación de sus padres y el escarnio de sus compañeros de equipo, lo que le abrió la puerta. El amor a la filosofía. Para él los dos mundos formaban un solo conjunto. Ese instante de lucidez al entender un razonamiento, tenía en su caso también una cifra: 92.3, su porcentaje de efectividad de pases completos. Nunca tuvo una duda, pero sí tuvo miedo. Miedo al ridículo, al fracaso y al descubrirse incompetente, tarado, mediocre.

A sus dieciocho años, visitó el departamento de filosofía de la universidad de las Américas en Puebla, un poco a escondidas de sus padres y amigos. El profesor Amadeo lo recibió con alusiones a la gran cantidad de chicas que estudiaban la carrera y la necesidad de compensar el estudio con el ejercicio corporal. Aquello le bajó el ánimo, se dio cuenta que lo veían como a un bicho raro, un extranjero. Los músculos, la apostura, quizá la manera de hablar y tratar a la gente, no podrían perdonárselo.

Pero, ¿le importaba? Si iba a ingresar a la universidad con beca completa, y se avecinaba una de las peores luchas de su vida por el puesto de titular de quarterback en una universidad con varios campeonatos nacionales, le importaba dar explicaciones. Debía seguir leyendo a los autores que amaba, y debía seguir acertando pases en el emparrillado. Tendría éxito en la vida, y, con entrega y amor a los libros, podría incluso entenderla un poco.

Anuncios

Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Archivo, Montreal, Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Henry Calvillo

  1. Gran anécdota. ¿Qué fue de él¿ ¿Dónde terminó jugando¿

  2. Aletz dijo:

    Gracias. Aquí el video que inspiró el texto.

    Juega en Montreal…

  3. Pingback: La ética de Kant | Siete Ciudades

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s