Los niños del equipo de Haití

Pablo (Madrid)

El pasado fin de semana se celebró en Madrid durante tres días la Danone Nations Cup, que aunque no es una competición oficial, está avalada por la FIFA y está considerada como el mundial de fútbol de categoría alevín (niños de 10 a 12 años). 40 selecciones de todo el mundo se reunieron para disputar el campeonato en campos de fútbol 7 y partidos de 15 minutos, y yo tuve la suerte de trabajar para los medios de la organización, aunque del torneo, lo que sucedió y sus anécdotas escribiré la semana que viene.

Antes quería comentar una de las situaciones más sobrecogedoras que he presenciado en mucho tiempo. De todas las selecciones que participaban había tres que estaban rodeadas por la tragedia. Senegal perdió a su entrenador días antes del torneo, el equipo japonés que quedó campeón nacional y jugó aquí provenía de una localidad afectada por el tsunami, y por último, la selección de Haití.

Los niños del equipo de Haití eran flacos y menudos, muy pequeños en comparación con los niños de otras selecciones, tenían poco pelo y sus cabezas parecían huevos de avestruz que reposaban sobre la peana de sus estrechos cuellos. Habían llegado aquí invitados por la organización, quedaron últimos, perdieron todos los partidos, recibieron 23 goles en contra y no marcaron ninguno. Sin embargo, todo el mundo les quería. Muchos chavales se acercaban a hablar con ellos y darles ánimo, más que a los chicos de cualquier otra selección. Cuando entraban en el comedor, de manera espontánea, el resto de equipos dejaba de comer y los todos empezaban a gritar `¡Haití, Haití!´ mientras estos pasaban a por la comida. En los partidos, el público, sin importar la nacionalidad, siempre les apoyaba y abucheaba cuando recibían un gol. El equipo de Australia, después de ganarles, incluso les hizo el pasillo para aplaudirles. Pocas veces he podido encontrar tantas muestras tan sinceras de cariño hacia un grupo (aquellos niños que les animaban y hablaban con ellos no mentían), de niños o de lo que fuera. Y nunca he visto que ante algo así no apareciera una sola sonrisa en ninguno de los que las recibían.

Aquel equipo parecía sumido en una tristeza profunda y perenne, como si no fueran capaces de desconectar de la mísera situación que viven en su país. Andaban taciturnos, algunos con la cabeza agachada, y no había nada que ningún chaval de otra selección pudiera hacer para que eso cambiara. Al jugar corrían y luchaban, había ganas y espíritu competitivo, pero física y técnicamente eran muy inferiores a todos los demás y eso, al final de los partidos, llegaba a desanimarles. En cambio luego, en los descansos entre los partidos continuaban apáticos, ni siquiera cuando les aplaudían o coreaban respondían con un gesto de agradecimiento, cuando les venían a chocar la mano, lo hacían y luego simplemente seguían hacia delante como si aquello no tuviera que ver con ellos. Y eso me desconcertaba y me entristecía muchísimo cada vez que lo presenciaba. Comentaba todo esto con la operadora de cámara que me acompañaba pero ninguna de las múltiples explicaciones que barajamos me convencía del todo, porque parecía inverosímil, casi surrealista, que no se les viera disfrutar cuando tendrían que haber sido los que más lo hubieran hecho.

Personalmente, tuve la oportunidad de hablar con algunos de los chavales de muchas de las selecciones, aunque no me atreví a hablar con los de Haití, ni siquiera para hacer los vídeos de la organización. La congoja que me producía pensar en lo desolador de la situación que tenían que estar pasando en su vida, y que esa situación fuera tan devastadora como para que no se regalaran unos momentos de alegría, en otro país, haciendo deporte y jugando con chicos de su edad que no paraban de animarles y estar con ellos, hizo que no me atreviera a acercarme, y mucho menos con una cámara delante. Al fin y al cabo, qué me iban a decir, qué podía averiguar, qué iba a provocar yo en ellos que no hubieran hecho antes los chavales del resto de selecciones. Así que me limitaba a observarles esperando ver un gesto de ánimo, pero fue inútil. Sólo espero que sonrieran cuando yo no podía estar pendiente de ellos y que esto fueran sólo coincidencias, aunque tengo la sensación que por lo que presencié, si las hubo, y espero equivocarme, no creo que fueran abundantes ni prolongadas. Confiemos en que en la fiesta de despedida que les preparó la organización pudieran disfrutar, sonrieran y se olvidaran por un momento que un avión les iba a llevar de vuelta a su país.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Los niños del equipo de Haití

  1. Anónimo dijo:

    Deliciosa y triste la descripción del fenómeno vivido por Pablo sobre la delicada, tierna, sensible y realista “convivencia” de los niños de esa edad. Pablo nos tiene acostumbrados a estas descripciones vivenciales que están enraizadas en los profundo de su propia naturaleza. gracias por ellas Pablo. Si tienes tiempo y espacio deleitanos con la continuación que nos has anunciado

  2. Pingback: Danone Nations Cup | Siete Ciudades

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