Brasil

Guille (Paris)

Hacía dos años que no volvía a Argentina. Los últimos viajes habían sido a Pekín. Lo más parecido a Argentina que vi. Compré el pasaje más barato, como suele hacerse. Pagué ochocientos euros por un vuelo que iría de Paris a Madrid y de Madrid a Buenos Aires. Desde Buenos Aires tendría que hacer otro tramo más hasta Córdoba, para encontrarme con mi familia.
Los días anteriores al viaje no fueron muy agradables, muchísimo trabajo y la sensación de que los dos meses que pasaría en Argentina serían como dos años, o toda la vida, como si me fuera para siempre.
Dejé el departamento que había alquilado temporariamente. Todo cabía en una valija. “No es bueno atarse a los objetos” me había dicho un primo, místico sentimental, “uno se vuelve esclavo”. Y no me había atado: todo lo que tenía cabía en la valija que dejé en el departamento ocuparía a mi regreso, y donde estoy escribiendo ahora.
Al lado de la computadora tengo una copita con unos hielos flotando sobre licor de dulce de leche. Desde el fondo de mí quisiera decir que es un licor “argentino”. Ya sé que si, seguramente han escuchado ese gentilicio, pero prefiero no decir nada, me da miedo.
Me subí al avión a las siete de la tarde. Mi novia me había dejado un mensaje muy triste: “Me siento una idiota escribiendo esto. Me siento una idiota escribiéndote “¿por qué no me llevas contigo?”, no entiendo, si soy tan especial como dices, ¿Por qué no hiciste nada para que viajáramos juntos?” ¡Ah! ¡Como me hubiera gustado que viajaras conmigo! ¿Me habrías tenido la mano cuando perdí la cabeza?
¿Quién sabe? A nadie le gusta cuidar de un loco.
Me subí al avión triste. Con ese mensaje entre las manos. Nos sirvieron un sándwich de lata y quise escribir en mi cuaderno. Pero lo único que me salía eran frases inconexas, perdía las ganas al ver que no podía hilar un argumento o algo. Empecé a escribirle una carta: “Estoy en el avión, acabo de ver tu mensaje.” Borges decía que amar era crear una religión cuyo dios es falible, repetía esa frase en la carta. Ahora que ella se había vuelto una especie de diosa. Le describía cosas del vuelo, hasta Madrid todo el tiempo estuve respondiendo el mensaje que había recibido antes de subir al avión.
Dos horas de esperas en Madrid: La carta se multiplicaba a un ritmo frenético., quería perforar el papel con la lapicera, quería perforar su mente con el papel. Buscaba la palabra perfecta, la combinación justa…y era medianoche, ya teníamos que irnos.
Estaba leyendo un libro de Martin Caparros sobre viajes, me acordé que tenía que devolver ese libro antes. ¿Y si lo ponía en un buzón en Madrid? Pero ya tenía que irme, no había tiempo.
La compañía era un desastre. Apenas despegamos, la pantallita sucia que nos indicaba el vuelo se apagó. A mi lado había unos adolescentes que trabajaban en un call center en Buenos Aires y pensaban que era una gran coincidencia que los dos trabajaran en la misma actividad. ¡La mitad de los jóvenes argentinos hace eso! “¿Dónde se pone bueno en Madrid?” “En Praga no hay joda, quiero volver a Buenos Aires.” Habían viajado por toda Europa, las frases tontas se sumaban. Uno de ellos trabajaba en el call center de una compañía aérea y tenia vuelos a precios ridículos. El otro trabajaba en el call center de una tarjeta de crédito.
Dejé la carta. Ya no sabía si la quería o si la odiaba. Se empezaban a mezclar todas las palabras. Me dolía la cabeza. Se apagaron las luces y los chicos se tomaron las manos.
Cuando abrí los ojos habíamos llegado. Los otros ya estaban juntando sus valijas. Los adolescentes ya eran una feliz pareja. Imaginé que al llegar a su departamento en barrio norte ella llamaría a a su amigas y le contaría del chico que conoció en el avión, ¡trabajaba en un call center como ella! Le diría que era guapo, mintiendo un poco, y después les contaría del viaje a Praga y del viaje a San Genaro Vesuviano donde había visitado a unos hermanos de su abuelo. Pero sobre todo les contaría de este chico moreno con la remera de los Stones que no creo que escuche, sinceramente (yo tampoco).
El les contaría a sus amigos de la minita que conoció y que trataría de cogérse el fin de semana. Algo así. Le regalaría a su familia un vino de La Rioja.
Estaba afuera del avión. Hacía calor. Los aeropuertos son todos iguales, pasaban las azafatas con su traje azul. Pasaban los pilotos con un sombrero azul. Pasaban los turistas, cargados de valijas multiformes. Una chica lloraba al lado de un teléfono. Parecía colgada del pequeño instrumento y era hermosa. Tendría que haber ido a hablarla, consolarla, charlar sobre las mesas amarillas de plástico. Charlaríamos sobre los elefantes que ella vio en África (tenía una remera que decía Kenya) y de cómo el novio la había olvidado. Se había enojado porque ella hizo ese viaje tan lejos, tan sola. ¿Qué se siente ver un elefante de cerca? ¿Qué se siente ser abandonado por un chico de Palermo Soho?
¡Que linda remera! Tenía los ojos verdes un poco chinos, algo de oriental tenía, las lágrimas viajaban en horizontal, deteniéndose un segundo en alguna pestaña. Tenía también algo de africana, esos huesos duros, angulosos. Tendría que haberle hablado, pero algo me distrajo…. “Welcome to Galeão aerport – Rio de Janeiro”, decía el altavoz. No pude creerlo. Me acerqué a los carteles: Estábamos en Brasil.
¿Cómo había tomado el avión equivocado? ¿Cómo había pasado todos los controles, sumando errores hasta llegar a Brasil? Me di vuelta: La chica con la remera de Kenya ya no estaba.
Por un segundo pensé en sus ojos verdes achinados ¿Seria brasilera? Y yo pensaba que tenía cara de porteña. Y me parecía muy argentina la actitud de su novio, haciéndola llorar al otro lado de un teléfono.
Pero ahora que me daba cuenta estaba en un problema. Fui a preguntar a la ventanilla de la primera compañía aérea que vi y pregunté cuál era el primer vuelo a Buenos Aires.
-¿Buenos Aires?
-Si, por favor.
Miró en la computadora unos larguísimos minutos. Era una de esas rubias brasileras tan hermosas, parecen gigantes. Miré la puerta y me pregunté cómo podía haberla atravesado. Miré…Me dijo que no había viajes a Buenos Aires.
-No puede ser.
-Disculpe, señor. Nuestra compañía no tiene viajes a “Buenos Aires”
Pronunció el nombre de la ciudad con un acento burlón, pensé que podría evoca nuestra rivalidad futbolística, no me pareció muy simpático.
Fui a la oficina de Iberia.
-¿Cuál es el primer vuelo a Buenos Aires?
-¿Buenos Aires?
– Si
Otros minutos mirando la pantalla.
-No, no tenemos viajes a Buenos Aires… ¿Cómo se escribe Buenos Aires?
– Como se escucha como “buenos” y… “aires”
– No. No tenemos vuelos. ¿Dónde es?
– En China.
-No, no tenemos vuelos para esa ciudad de China.
Que chica tan ignorante, tendrían que despedirla ya, tendrían que haberla despedido antes de que empezara a trabajar.
Fui a Air France. Misma respuesta, no tenían viajes a Buenos Aires. Ok, no tenían ahora, pero ¿Mañana? No ¿Y después? No, no tenían ningún vuelo, nunca, para “Buenos Aires”. Insistí, pero ni siquiera sabía lo que era Argentina. Me pasó lo mismo con las otras tres empleadas que consulté.
Me hospedé en el hotel Barra da Tijuca. Tenían una habitación pequeña con una cama pequeña al frente de una foto de la selección brasilera del 98. Me dormí pensando en Ronaldo. Tenía el pelo cortado de una manera rara y una sonrisa enorme. Una vez un amigo me dijo que el único problema que tenían los mestizos eran los dientes: Si nacían con encías de blancos y dentadura de negros estaban jodidos porque no tenían espacio.
¿Y quién dijo que Ronaldo es mestizo?
Fue lo primero que vi cuando me desperté, la cara de Ronaldo. Estuve hablando con la empleada del hotel: No tenía idea lo que era Argentina.
Fui a la agencia de Iberia nuevamente, esta vez una del centro. Ahí tampoco tenían ni idea de qué significaba Buenos Aires. Hasta me trajeron un mapa: Toda la Patagonia era de Chile, y para arriba, Brasil. Donde debía estar Buenos Aires había una ciudad que se llamaba “Lambada”. Estuve discutiendo, era la ciudad de la samba, se comía felluada, y se festejaba el carnaval.
Volví al hotel para darme una prueba segura. Pero al leer la solapa de “Yo era una niña de siete años” no lo pude creer, decía: César Aira, autor brasilero nacido en Pringlinho, en 1955, autor entre otros de cómo me hice Monja y La Luz brasilera.
¿Entonces…?
Llamé a recepción:
-¿Conoce a Maradona?
-Claro: El mejor jugador de la historia.
Algo andaba mal: Ellos creían que era brasilero. Estuve a punto de estrangular a la recepcionista con el cable del teléfono, aunque nos separaban dos pisos.
¿Era posible que no existiera Argentina? ¿Qué nunca hubiera existido? Miré mi pasaporte casi sin sorpresa: Yo era brasilero.
¿Cómo había podido el complot chile-brasilero borrar del mapa a la Argentina? Lo habían hecho en pocas horas, porque antes de viajar el país existía. Había hablado con mis amigos de Argentina y habíamos discutido sobre la presidenta Kirchner.
Ahora nadie la conocía.
Intenté hablar con mi familia en Córdoba pero todos los códigos daban equivocado, ya no existían.
Pasada la sorpresa me desesperé. Me desperté en un hospital, donde me explicaron que yo estaba loco y que había inventado un país imaginario para huir de mis problemas reales. ¡Me tenían atado a la cama!
Todo era blanco: Las sabanas, mi ropa, la ventana, las paredes, la ropa de los asistentes y los psiquiatras, todo blanco.
Ahora entendía: Había viajado a un universo paralelo en el que no existía Argentina. Sería inútil explicárselos a los psiquiatras, ellos solo creen en las enfermedades mentales.
¿Cómo hacia para salir? Estaba en el peor lugar en el que puede caer un hombre que sabe una verdad marginal.
Otra opción era que ellos fueran empleados del gobierno que se ocupaba de encerrar a todos los que afirmaban el país que ellos había borrado en una guerra exprés.
Los brasileros y los chilenos, ¿con quién se habrían aliado para borrar un país del mapa? ¿Quién nos había vendido?
Pero, en ese caso… ¿Cómo había cambiado la solapa de mi libro? ¿La habían cambiado los brasileros?
Las letras del libro de Caparros también habían sido modificadas.
Tenía miles de recuerdos argentinos, mi personalidad estaba basada en venir de cierto lugar, de cierta época…Y todo había desaparecido, en algunas horas.
O quizás estaba loco y nunca había existido ese país. Lo había imaginado todo: Gardel, la bandera, el acento. Nada había existido nunca.
Después de tres días de dormir atado me dejaron salir a cargo de un médico y con la promesa de que volvería dos veces por semana al sanatorio.
Por suerte había guardado mi tarjeta francesa (los pesos argentinos se habían convertido en reales y San Martin salía cambiado, parecido a Ronaldo pero con otro corte de pelo), compré un boleto de vuelta a París.
Era para el miércoles. No sabía si eso era lejos o cerca. Hice algunos intentos más: En internet no figuraba la palabra Argentina; en una página de Alburquerque esa palabra era un producto para hacer la limpieza.
Después, estaba solo en un bar, y en un diario creí ver la mención de “Argentina”, cuando volví las páginas ya se había borrado.
Volví a dormir, el vuelo era al día siguiente. La recepcionista me miró mal: Me había ido sin pagar y no había dado esas noticias por una semana. Intenté explicarle que había estado en el hospital, pero ella lo único que quería era que pagara, lo que hice de inmediato, en euros.
¿Y mis amigos de Pilar? ¿Ahora eran brasileros también? No podía esperar a que pasara la noche y volver a París, donde vivo hace cuatro años, cuando me fui de la Argentina.
Pasaje de vuelta a París, esta vez a mi lado había una pareja de jubilados. El viaje fue mucho más largo, porque no pude dormir, torturado por recuerdos de mi país. ¿Qué haría? Podía seguir mi vida en Paris, buscar los códigos para llamar a la zona de Brasil donde vivía mi familia. Si ellos me negaban que Argentina había existido alguna vez, entonces me rendiría, me diría que todo fue un invento de mi mente y trataría de vivir sin pensar en eso.
Llegamos al aeropuerto Charles de Gaulle a las diez de la mañana, hacía frío. Tomé el RER, tomé la línea uno, me bajé en Bastille. Caminé arrastrando las valijas hasta la rue de Popincourt.
El departamento es muy lindo, tiene una pequeña habitación y un salón comedor, casi un lujo para Paris.
Miré la solapa del libro de Aira: Escritor argentino, nacido en Pringles en 1955. ¿Qué sucedía?
Llamé por teléfono a Pilar, aunque allá eran las cinco de la mañana. Logré comunicarme con los mismos números de siempre, ¿Qué? Era demasiado temprano para que me entendieran, volví a contarles toda la historia. No lo puedo creer-dijo mi madre-hace dos años que no venís y nos dejaste esperando en el aeropuerto. Les juro que…
Cuando colgué el teléfono volví a fijarme en google, Argentina existía de nuevo. ¿Qué había sido esa semana? ¿Dónde las había pasado? ¿Dónde había estado el país esos días?
Intento buscar una explicación. Mi novia se queja porque no le traje nada de Argentina, me había pedido alfajores. ¿Qué clase de país es el que puedo no existir?
Anoche vi el partido contra Chile, ganamos cuatro a cero con tres goles de Higuain y uno de Messi, llamé para asegurarme de que todos estaban contentos y de que existían, “Guille, estás loco”, dijo mi madre terminando la conversación.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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