Hombre-bala

Guille(Paris)

Uno de los placeres de la semana me los da el futbol, cada sábado. Nos juntamos en el bois de Vincent y jugamos largos partidos (como dos horas creo) en un grupo mixto: Hombres, mujeres, jóvenes, menos jóvenes, expertos, debutantes..
Iba caminando por el predio del bosque ese día, hacia la cancha. Pero me detuvo el cartel de un circo: “Se necesita hombre bala.”
Era un cartel escrito a mano, una letra un poco infantil. Estaba buscando trabajo y me anoté. Me preguntaron el peso y algunas otras cosas banales y me aceptaron. Era urgente, ¡Para la función de esa misma noche!
Antes de que pudiera pensarlo me estaba metiendo a la caverna negra del cañón. El hierro era de un frio acogedor. Yo estaba equipado con un casco y unas tobilleras ridículas, todo vestido de rojo.
Un repentino dolor y ¡pum! Las luces del fuego alrededor. ¡Pero pusieron demasiada pólvora!
Rompí la lona del circo y seguí volando, despacio como un globo.
Veía como el parque y el circo se alejaban y se achicaban mientras el cielo se hacía más grande. Atravesaba fronteras de nubes fácilmente, formas gráciles que perforaba en silencio.
Entre el cielo y la tierra, todo del mismo color, seguí avanzando. Las curvas del cuerpo se perdían en el océano luminoso teñido de transparencias. Las olas de nubes asombradas subían y bajaban a un ritmo regular, mientras la espuma las salpicaba. El reflejo brillante que se movía alrededor parecía dispersarse en todas partes. Maquinalmente extendí un brazo, tomé un puñado de nubes y lo modelé: un pequeño ser adquirió forma entre los dedos.

-¡Ah! ¡Ah!

Era yo quien acaba de formarlo. Sin embargo, me preguntaba si esa figurita no estaba enterrada en las nubes y no puede retener un grito de asombro.
Por lo demás, era un asombro gozoso. Seguí mi obra de modelado, mezclando a ella mi sudor…

-¡Ah! ¡Ah!

Los pequeños seres se ponían a gritar.

-¡Oh!

Los dedos se cubrían de un vapor blanco como la leche. Hice silencio, los pequeños seres también.
Pero algunos empezaban a parlotear:

-¡hola! ¡hola!

-¡Ah!

Las pequeñas criaturas daban vueltas al alrededor alejándose y hablando volublemente. No entendía bien. La alegría se transformaba en lasitud.
Con un ademán, agité otro pedazo de nube barrosa y dejé caer trozos de vapor desmigajado, que se transformaban en otros tantos seres pequeñitos parecidos a los que ya había modelado. Pero la mayor parte de ellos tenían una fisonomía estúpida, aspecto aburrido, rostro de enano, ojos de rata; no tenía tiempo de ocuparse de semejantes detalles y con impaciencia, agitaba más y más rápido el tallo de nube que se retorcía en el cielo dejando un reguero de blanco, como una serpiente coral alcanzada por un chorro de agua hirviente. Los trozos de nube caían de mis manos como chaparrón, y ya en el aire tomaban la forma de pequeños seres plañideros que se dispersaban arrastrándose en el aire..
Se escuchó el ruido de un temblor, como si todo se hubiera sacudido íntimamente.
-¡Sálvanos!…-gritó con la voz entrecortada uno de los seres con la parte inferior del rostro cubierta de barba blanca.
-: ¡Sálvanos!… Tus humildes súbditos… buscan la inmortalidad. Nadie podía prever el derrumbe del cielo… ¡Felizmente… te hemos encontrado!… Te rogamos que nos salves de la muerte… y nos des el remedio que… que procura la inmortalidad…
Todos gritaban plegarias parecidas y se entregaban a extrañas contorsiones.
Con las palmas bien abiertas junté la mayor cantidad de nube que pude y cree una tortuga gigante.

-Llévame a un lugar más tranquilo-Le pedí.

Nos seguía una multitud de pequeños seres, unos inmóviles, otros moviéndose todavía.

-El espíritu humano rompe con la antigüedad. –dijo la tortuga.
-¿Cómo?

-El espíritu humano rompe con la antigüedad…

-¡Basta! ¡Basta!

Me di cuenta que las figuras de humo que había creado…Eran de humo. No entendía sus palabras, hablaban todas al mismo tiempo, algunas eran solamente bocas. Y empecé a caerme. Miraba para abajo y no podía distinguir las manchas deformes, mientras las figuras a mí alrededor empezaban desaparecer. El cielo empezaba a abrirse y detrás mostraba caras horribles. Era la muerte, la muerte real. Los del circo no había previsto la caída. De hecho, una vez lanzado el cañón, se habían olvidado de mi existencia. Y bajaba cada vez más rápido, desgarrándome en el aire. Y de repente el choque contra el piso, la muerte real, en medio de una ciudad, la gente corría asustada, en unos minutos llegó la ambulancia, pero ya era demasiado tarde.

Inspirado en el cuento Restauración de la bóveda celeste de Lu Sin.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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