Universo Usurpado

Harold (Bogotá)

Ayer pasé de nuevo por la gran librería que suscitó el post dedicado a Árbol de tinta, y como era de esperarse, me paré frente a la vitrina esperando encontrar unos peculiares y rebuscados títulos de los que reírme el resto de la tarde. En efecto, nada más detener la mirada y me encontré con absurdas y tremebundas audacias del lenguaje y la razón como: “Todo lo que tragamos: micromanual de política y alimentación”, o “Por qué los hombres aman a las cabronas”, y otros igual o más intrépidos, nada inusual a decir verdad. Tampoco fue extraño ver ciertas cosas que siempre producen tristeza (la tristeza pesada de la decadencia) como un libro titulado “La bella y el narco” Junto al último libro de Umberto Eco, y si digo que es tristísimo es porque mientras el primero tenía un valor de 48000 pesos (unos 19 euros), el de Eco apenas si valía 25000 (10 euros tal vez). Pensamiento que resulta contradictorio, pues para nada tiene que ver el precio de un libro con su calidad literaria, ni mucho menos, y, por supuesto, mucho mejor para quien conoce a Eco saber que se puede conseguir una buena edición a un precio razonable. La cuestión es en principio un tanto pueril, pues me acuerdo muy bien que en mis años de universidad conseguir un buen precio por un libro de Eco era una labor titánica, razón por la que uno se veía abocado a pensar en lo grandioso de esos libros esquivos. Como digo, era un tanto pueril creer entonces que uno de esos libros debería ser costoso por ser de Umberto Eco, de la misma forma que era muy costoso conseguir un libro de Benjamin, Adorno o Foucault. Y sin embargo, a pesar de lo ridículo de quejarse porque un libro es asequible, no deja de generar un cierto resquemor que ese libro escrito por la esposa de un narco (por un ghost writer está claro, pero a partir de las “memorias” de la esposa del narco) sea más “valorado” que un libro de Eco. Tal vez todo se deba a que hace unos años pagué, de muy buena gana, unos 30 euros por el Lector in Fabula, y ahora no leería el libro del narco ni si me pagasen por ello. Creo que el concepto de valor es diferente en cada caso, y aunque, repito, el valor comercial no tenga nada que ver, sí es una muestra de los que la sociedad actual privilegia y de lo que es considerado “valioso” en nuestros días, pero en fin.

De cualquier forma no hay nada nuevo en ello, eso, creo, es algo que le pasa a cualquiera nada más asomarse a una librería. Lo que realmente me ha indignado sobremanera (y seguro que muchos no compartirán mi posición) es encontrar de número uno como el libro más vendido la última novela de Paulo Coehlo. Ya hace años que dejé de luchar contra el fenómeno comercial que representan los libros de autoayuda de Coehlo; ya hace varios años que he apaciguado mi odio visceral por la maquinita de respuestas obvias a crisis imaginarias que plantea el brasilero, pero lo que he visto hoy merece toda mi animadversión (como si sirviera de algo). Y es que el libraco que vi en la vitrina desplegaba en unas horribles líneas doradas una de las conjunciones de letras que más he querido en la vida: Aleph.

Debo admitir que durante mis años de antipatía por la obra de Coehlo fueron muy pocas las líneas de eso libros que había leído, creo que llevado por la academia y algunas opiniones respetables como la Hector Abad Faciolince mi rencor subsistió como una especie de crítica sin lectura (derecho que me enseñó a reclamar Macedonio Fernández) que, sin embargo, siempre fue muy atinada. Pero al ver la descarada usurpación que hace del título del libro de Borges no puedo sentir otra cosa que indignación. Alguien seguro me corregirá y dirá que es sólo una palabra, y como tal cualquiera tiene el derecho de usarla, y está bien, puede ser, pero a mí me parece como si a algún pseudo-escritor de libros de auto-superación de repente se le ocurriera poner a eso que escribe: “Quijote” o “Hamlettt” o “Los hermanos Taramazov”. Cierto que en la historia de la literatura hay muchos ecos, el Ulises de Joyce es una remembranza de la odisea (por lo menos en el título), pero a mí que no me vengan a comparar a Coehlo con Joyce y mucho menos con Borges. No creo, y seré todo lo recalcitrante del caso, que Aleph pueda tener una asociación diferente a la Borgesiana, aun la del concepto original de la tradición hebrea.

Otro tema será, y es algo que ya dejó de importarme, que Coehlo se enriquezca con una cantidad de fórmulas mediocres y que a millones de personas a lo largo del globo les parezca magnífico; que se venda “como pan caliente” me es totalmente indiferente, pero ver ese rapaz latrocinio, ese pillaje descarado es algo que simplemente no podía dejar pasar por alto.

Con algo más de calma, luego de estar varios minutos frente al cristal de la librería, camine tan lento como pude hasta otra librería no muy lejos en la que es posible tomar los libros de los estantes y leer un poco. Tomé el libro, con mucha desconfianza, como si ese solo acto me condenara frente al universo, como si desde una de las columnas de la calle Garay fuera observado en ese acto de herejía, y empecé a leer. Dieciséis páginas después me sentí aliviado (todavía decepcionado de que el mundo funcione al revés): siempre tuve razón, es mucho mejor ver una película de artes marciales que dedicarle dos horas a una lectura tan pobre; creo que se obtiene el mismo resultado viendo una telenovela mexicana.

Pero supongo que exagero, igual el mundo acabará y toda empresa humana será finalmente inútil: la librería de la calle 72, esta queja, el libro de Borges. Pero mientras eso ocurre, y para quitarme el mal sabor de boca, para exorcizarme si se quiere, tan pronto como acabe la última de estas líneas me sentaré en el sofá a leer una vez más El Aleph.

Anuncios

Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Bogotá. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Universo Usurpado

  1. Sebastiano Urrutia dijo:

    Harold, me gustaría saber si debo seguir esperando que escriba de nuevo. En caso de que no, donde podría contactarlo o al menos comprar sus libros, vivo en Medellín.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s