Despertar

Aletz (Montreal)

Lo despertó el chorro de orina. Se escuchaba cercano, metálico, chocando contra el agua de la taza. Se levantó de la cama. La puerta del cuarto estaba abierta. No había luz en el corredor, ni en la cocina, ni el baño. Caminó sin hablar, seguro de que no estaba soñando. La puerta del baño estaba abierta. Esperó a que alguien le hablara, posara una mano sobre su cuerpo y le revelara el motivo por el cual lo había estado buscando en tantas pesadillas.

En cambio, escuchó su voz.

“¿Juan?”

Moni y él habían llegado a las tres de la mañana, bebidos, alegres y oliendo a cigarro. Tomaron un vaso de agua, dos aspirinas, y se echaron a la cama.

“Mierda, qué susto,” le dijo sin voltear a verla. “¡Por qué no enciendes la luz!”

Regresó al cuarto, enojado por el susto y la cruda que se avecinaba. Se metió bajo las sábanas, y no notó lo que, cincuenta años después, recostado en otra cama, rodeado de aparatos médicos, con el timbre acompasado de su presión cardiaca, descubriría. Que Moni, su mujer, había estado todo el tiempo en la cama, y el motivo por el cual se había levantado, el terror al escuchar el chorro de orina en el baño, se debía a eso, a que ella había estado todo el tiempo a su lado. Lo recordó al despertar de un sueño, cincuenta años después.

Despertó en la casa que lo había visto madurar, volverse un padre de familia, y después un abuelo, de pelo cano con piyamas que le regalaban sus hijas en navidad. Volteó buscando a Moni, y ella seguía ahí, en su lado de la cama, el mismo que había ocupado en sus más de cincuenta años de matrimonio, el mismo que había ocupado esa noche. Por qué, por qué se había dejado engañar, por qué no había querido ver, por qué lo recordaba justamente ahora.

“Moni,” le susurró al oído a su esposa, en el mismo momento en el que alcanzó a escuchar un goteo en el lavabo del baño.

“Moni,” la sacudió del hombro, y el goteo se volvió un ruido más fuerte, como el de un chorro de orina que se estrellaba contra el agua de la taza.

“¡Moni!,” le gritó, pero ella ya no lo escuchaba, porque ahora sólo estaban los dos, uno parado a la mitad del corredor, el otro en el interior del baño, apagadas todas las luces.

“¿Moni? ¿Eres tú?”

Anuncios

Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en Archivo, Montreal. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s