Victoria

Pablo (Madrid)

Hace poco volví a un lugar que durante un año visité con mucha frecuencia y descubrí entristecido que estaba cerrado, completamente abandonado, con los restos de la última batalla aún en el suelo y un graffiti nuevo sobre la valla metálica que cerraba la puerta. Me dio pena ver que el local de apuestas deportivas Victoria de Bravo Murillo con Santa Juliana hubiera cerrado, aunque pensándolo racionalmente tampoco me sorprendía.

En el local Victoria nadie iba a apostar, al menos nadie iba a apostar de verdad. Nadie se hace rico apostando 1 euro a un caballo o 10 a que un equipo mete más de dos goles. Nadie apostaba allí, iban los que no tenían nada mejor con qué pasar su tiempo más que con perros y caballos y con algún amigo que sólo era amigo dentro del local.
Allí estaban los habituales de la tarde, que parecían los dueños del lugar y un oráculo de cuotas, combinaciones y partidos, que se pavoneaban de saber todo de todos los deportes y contaban con entusiasmo las apuestas arriesgadas que acabaron ganando, aunque allí nunca nadie ganó mucho dinero, nadie jugaba por ello, no había nadie tan loco para hacerlo.
Había alguno que pasaba allí más horas que en su casa, que había simpatizado con los trabajadores, y que rara vez se llevaba un premio importante. Conocían el ritmo del local, sabían el horario de las carreras y los partidos y la cantidad de gente que podían encontrarse allí según el día y la hora.

El resto por lo general, iba, como yo, a ver los partidos. Allí no hacía falta apostar para ver el espectáculo, y el sitio acabó ejerciendo de una especie de club social, sobre todo de inmigrantes, pues raro era el español que alguna vez pisara ese local. Allí se juntaban grupos de amigos a gritar y a ver el partido gratis. A veces los que una semana apoyaban al Real Madrid, a la siguiente querían que ganara el Barça, cosas del dinero. Muchas veces se entremezclaban los solitarios con los grupos de amigos de diferentes nacionalidades y resultaba difícil saber quién era amigo de quién. En ese local sólo había marroquíes, colombianos, ecuatorianos, tunecinos, senegaleses, dominicanos, algún rumano y ninguna mujer. Había algunas, hispanas y jóvenes casi siempre, que se quedaban en la puerta hablando mientras los hombres miraban el partido y vociferaban, sobre todo los fines de semana, antes de salir.

A diferencia de otros locales de apuestas, especialmente cuando hace unos años se legalizó este tipo de juego en algunas comunidades de España (no en todas), este no parecía un sitio de juego al uso, carecía del aura de decadencia que en sus comienzos poseían estos locales (ahora ya no). El espacio estaba ocupado por sillas y mesas que miraban hacia los televisores y los baños eran de diseño y estaban siempre impolutos. Había pequeñas repisas en los cristales y expositores con hojas informativas sobre los tipos de apuesta y deportes a los que jugar.

Una vez entré con un libro para ver el final de un partido y uno de los que estaba ahí no dejaba de mirarlo asombrado, como si ocultara algo ahí dentro, quizá valioso. En otra ocasión, un hombre estaba viendo un partido de tenis, iban 5-5 y en ese momento decidió hacer cuatro apuestas, una con cada resultado exacto que podía darse en ese set. Al recibir los boletos estaba exultante pensando que pasara lo que pasara iba a ganar dinero. No iba a ser yo quien le librara de sus 10 minutos de ilusión.

No sé cuándo cerró y me pregunto en qué se convertirá ahora el local, aunque sobre todo me acuerdo de los parroquianos habituales, y pienso qué habrá sido de ellos, aunque imagino que sin mucho pesar habrán acabado en el otro local de apuestas que hay bajando la calle, no muy lejos de este. Pero ese no se llama Victoria.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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