Al otro lado del río

Pablo (Madrid)

El río Manzanares está triste porque no le dejan llorar. La regulación de sus presas hace que en unos tramos el agua esté constreñida, como queriendo escapar de su cauce, mientras que en otros recuerda a los pantanos en época de sequía, con sus pequeños islotes sedimentales que asoman recordando que nunca deberían verse.

El río, a diferencia de otros ríos en grandes ciudades, no es la calle mayor, en este caso es el foso que separa la ciudad medieval de los invasores del sur. Los grandes palacios hasta le dan la espalda si se les mira desde el otro lado. El río no tiene melodía, pues nada se oye a causa de los coches que circulan por la carretera adyacente. El río se ha convertido en un límite físico de la ciudad, y hasta hace muy poco parecía que ni siquiera la integraba. Sus riberas han adquirido belleza y armonía pero no hace tanto tiempo de eso. Pasear por sus orillas ya resulta agradable pero contemplar un río vacío de su agua sólo invita a la melancolía, a recordar las lluvias pasadas, y ver las presas que lo controlan es demasiado pragmático como para que despierte algún tipo de emoción, por muy iluminadas de verde que estén por la noche.

La frontera que marca que el río establece el límite con los barrios que son conocidos por la mayoría de madrileños sólo por su nombre, que no son pueblos de las afueras pero no parece que pertenezcan completamente a la ciudad. Nadie encontrará nunca un turista al otro lado del río, ni podrá ver un edificio que merezca la pena ser contemplado.
Al otro lado del río está la lejanía, las casas que anuncian la llegada a la auténtica ciudad, esa que se intuye a lo lejos, al final de las cuestas, tras los árboles, pasado el río sin agua.

Lo que hay al otro lado del río es tan por todos conocido que pocos que no vivan allí se acercan a ver qué hay; moradores de las tinieblas, seres de la noche oscura, fieras de varias cabezas que se ocultan en la maleza, vigilantes del otro mundo. Al otro lado del río Madrid deja de ser Madrid para ser una leyenda áspera, irritante y amenazadora para el intramuros. Se podrían contar interminables historias de lo que acaece allende las aguas dulces de la ciudad, pero la mayoría de ellas, al igual que sus habitantes, nunca serán recordadas, pues como sus habitantes, al final su aureola no es más que un cúmulo de tribulaciones (m)orales.

Eso sí, de noche, al otro lado del río, se pueden ver las estrellas.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Al otro lado del río

  1. Nunca entendí por qué a los españoles no les gusta tener ríos en sus ciudades, a diferencia del resto de los europeos. En Hispanoamérica, todos los ríos están entubados o en situaciones muy similares a las que describes.

  2. Pingback: Mi ex | Siete Ciudades

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