Tren a Marsella

Guille (Paris)

Había sido raro mirarla así.
Ahora no sé cuando escribo esto. Si después del viaje a Marsella o justo después de haberla encontrado, en el tren.
Nos quedamos unos segundos mirándonos a los ojos. Y por alguna razón, seguí caminando. Volví a mi asiento y ella debió de haberse bajado, porque cuando volví minutos después ya no estaba.
Me quedé solo con un libro de Marcos Denevi y con esa chica que apenas existía.
Cuando era adolescente le hacía leer mis cuentos a mi hermana diciéndole que eran de Marcos Denevi. Como no es un autor tan conocido, la mentira pasaba, o ella no decía nada.
En eso estaba pensando, cuando me levanté para tomar algo en el vagón cafetería. En las ventanas el cielo se crispaba con unas montañitas leves y ella pasó al lado mío.
Era rubia, alta y tenía los ojos transparentes. Tenía un vestido negro con flores rojas que conté una por una.
Solo con el libro de Denevi, me dije que podría haberle hablado. Ella hubiera sido francesa y viviría en Paris. Podríamos conversar de cualquier cosa, nos daríamos un beso antes de bajar del tren.
Nos encontraríamos poco después en casa, para cenar juntos. Por la mañana le prepararía un desayuno con pain perdu. Le contaría la historia de mi abuelo que me enseñó la receta, alardeando frente a su novia cuarenta años más joven, intentando hablar en francés…Pero mi abuelo no sabía hablar en francés. Lo único que sabía decir en esa lengua era “pain perdu” con buen acento.
Cuando murió lo único que podía decir era “compota”. Todo se le había vuelto extranjero. Su lengua materna, todos los rostros del mundo, todos los rincones, aun los de su casa, que había construido con sus propias manos, como solía contar los domingos, mintiendo un poco.
Y ella se emocionaría con la historia de mi abuelo y del pain perdu. Podríamos comerlo con mermelada de tomate, con cascaritas de limón, que yo habría conseguido especialmente para la ocasión.
Después trataría de no pensar en ella. Me transformaría en “la máquina de pensar en Gladis”, pero no se llamaría Gladis. Digamos Helene.
Vendría a mi casa por ejemplo el viernes. Me traería un ramo de girasoles y una planta de laurel. Yo habría preparado pastas con salsa de frutos de mar pensando de nuevo en mi nono,  sentiría el olor del laurel. Habría comprado vino blanco.
Ella me contaría su jornada, seria psicóloga o profesora. Se quejaría de las burocracias de la universidad y  hablaría de uno de los profesores que intentaba seducirla, yo sentiría un momentáneo rapto de celos y no diría nada.
En la ventana los vecinos chinos. Parecería una ventana en Shanghái. Los chinos durmiendo en calzoncillos bóxer azul oscuro, con la panza búdica orlada de un ombligo blanco. ¿Por qué duermen con la luz prendida, los chinos en mi ventana? Me preguntaría yo cerrando las cortinas rojas.
Las cortinas harían juego con el sillón, del mismo rojo frutilla y con los marcos de las puertas.
No habría pasado al lado mío dejándome sólo su mirada azul transparente. Yo la habría seguido y le habría hablado de cualquier cosa, por ejemplo del libro que tendría entre las manos.
El paisaje se deslizaría frente a nuestros dos rostros en la ventana. De repente, una tropa de cabras. Yo pensaría en una novela que leí en que hay cabras extremadamente livianas por haber bebido de cierta “agua deshidratada”, si no recordaría mal el episodio. Pero no diría nada de las cabras. Los verdes, parcelados por alambres ondulados, las copas de los arboles anunciando el otoño de la mañana.
Y sus manos de dedos largos italianos, en un anillo una flor de plata, en otro una piedra celeste. No pensaría en otras manos, nunca más.
Ella me recitaría poemas de Pavesse en la cama. Y cuando se hiciera de noche me sentiría triste sin saber por qué.
Yo descubriría entre sus cosas, unos poemas impresos con traducción y entonces deduciría las horas pasadas en el tren con un poco de Pavesse entre sus manos, las horas pasadas en el canapé de su casa frente a la poesía. Entonces la amaría más todavía y escribiría una larga carta. La acompañaría de un dibujo.  La pondría en un sobre. La dejaría en el buzón.
Al día siguiente, cita a las seis en punto. Ella se enojaría al verme llegar quince minutos tarde y nos pelearíamos en las mesas de un café para reconciliarnos en el puente.
Les contaría a mis amigos. Les mostraría su foto. Mis amigos, devenidos abogados y empresarios, juntándose todos los martes a jugar al futbol. Mis amigos, intentando comprarse una casa, engañando a sus novias, comiendo en asado, yendo a pescar los fines de semana. Mis amigos, mirando la foto de Helene.
Y me acordaría de ella borracha tocando el piano, tan graciosa.
Una noche (muchas noches) sufriría solo en casa porque “I’m just a jealous guy” y le daría mil vueltas a las cosas, rodeado de cualquier fantasma.
En la fiesta la miraría entre la gente, nos encontraríamos afuera y nos daríamos un beso.
¿Qué libro llevaba entre las manos?
Era un libro de tapas negras con letras doradas.
Hay un cuento en el que un hombre se encuentra un libro que le dice “te mataré”, en la primera página. Sigue leyendo. Las páginas lo siguen amenazando, las frases responden a su pensamiento, hasta que el lector cae.
En otro cuento hay un libro espejo en donde, por ejemplo, un hombre rubio de treinta años lee “soy un hombre rubio de treinta años.”
El libro, creo que habría sido de Pavesse, en el tren.
Habríamos viajado juntos a Marsella, aunque sea tres días. Habríamos escrito juntos una obra de teatro. Le gustaría el tango y Vilas-Matas.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Tren a Marsella

  1. Pablo dijo:

    Maravilloso cuento Guille. Precioso.

  2. Pingback: ¡Feliz cumpleaños! | Siete Ciudades

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