La arquitectura de la tristeza

Harold (Bogotá)

Hace algunas semanas que me encuentro fuera de mí. No sé bien que quieren decir estas palabras, quizá no sean más que un juego retórico que intenta parecer mucho más de lo que es en realidad, o quizá un puro artificio del que quiere decir algo y no sabe ni cómo empezar. Y de empezar se trataba. Así que lo que hago es recordar ese fabuloso libro de Burton, La anatomía de la melancolía. Es curioso que piense en él, pues jamás lo leí, y aún más, la primera vez que supe de él fue en un cuento de Borges, en un epígrafe, y conociendo los juegos paratextuales de Borges pensé durante mucho tiempo que el libro no era más que uno de esos tomos inventados por el argentino. Después me enteré de que en verdad existía y siempre me pregunté por lo que podía encontrarse al interior de sus páginas, pero como suele suceder muchas veces, ese inevitable impulso por conocer se fue disminuyendo con los días y las rutinas. Así que sólo sé de una manera muy general, y por lecturas indirectas, lo que el libro de Burton se trae entre sus hojas. Pero eso no hace que ese libro sea para mí menos preciado, los doctos seguramente discutirán que no es posible querer algo que no se conoce o que no se ha tenido, pero ni soy docto ni poseo seguridad alguna, así que ni modo, quiero ese libro que nunca leí de la misma forma que quiero lugares a los que nunca he ido e ideas que nunca he pensado, aunque eso es ya otro asunto.

 

Así que de ese título sugestivo en el que Burton intenta determinar las causas de la melancolía salto irremediablemente al Molloy de Beckett. He leído de varios escritores que tienen por costumbre repetirse casi ritualmente ciertos libros; Borges o Fuentes sin ir más lejos leían siquiera una vez al año el Quijote, y me descubro releyendo la novela de Beckett desde hace algunos años. No es por supuesto un intento de emular esos rituales de escritores consagrados ni mucho menos, ni siquiera es porque piense que ha sido el mejor libro que he leído (aunque a decir verdad me he sorprendido leyendo siempre los mismos libros mientras los otros acumulan un polvo también reiterativo), pero hay algo en este libro que me obliga a buscarme en él. Me fascina sobre todo el inicio de la segunda parte: “Es medianoche. La lluvia azota los cristales”. Y recuerdo entonces la primera vez que pensé en escribir sobre la lluvia, fue hace muchísimos años y quería, en aquel tiempo, imaginarme un mundo apocalíptico en el que la lluvia no parara jamás; luego, por antífrasis, pensé en un mundo de un sol interminable, y quise desde entonces a la lluvia, odie los paraguas y me acostumbré a mi ciudad; mi ciudad tampoco es ya la misma, pero ese también es otro asunto. Indefectiblemente confundí la lluvia con la tristeza, pero al igual que con el cuento que nunca escribí, en un principio era una tristeza pesada, sofocante, empalagosa y sí, insoportable, pero que dio paso a una alegría que también lo era, y que era mucho peor: más falsa y generalizada, así que de nuevo le di un giro al asunto y preferí la tristeza, pero al igual que Sartre y su nada-creativa, la tristeza fue para mí un mundo posible en el que crear ¿qué cosa? No sabría decirlo muy bien.

 

Hace unos días escribí un cuento titulado “ciudadanos de la lluvia”, un aborrecible y desmedido elogio a la melancolía, borrado para siempre sólo sobrevive el título, y por ahora me conformo con darle vueltas al no-saber que encierra ese cuento no-escrito, al igual que con el libro de Burton temo que si añado algunas líneas a ese título todo su valor desaparezca, además hace ya muchos días que no llueve en Bogotá.

 

P.D. Lo que más me gusta del libro de Beckett es el final:

 

“¿Es decir, que ahora soy más libre? No lo sé. Ya aprenderé. Entonces entré en casa y escribí Es medianoche. La lluvia azota los cristales. No era medianoche. No llovía.”

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a La arquitectura de la tristeza

  1. Aletz dijo:

    ya lo decía yo, Harold se desparece por ratos, pero cuando regresa, regresa fuerte!… Muy bueno el texto!

  2. Drupy dijo:

    ¡Que gusto! bien Harold!

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