Repartidor de libros (5)

Aletz (Montreal)

Antes, en los primeros meses, hubo otras viejitas. Me asignaban los recorridos dos días antes y Elsa, la directora del programa, me asistía por teléfono celular. Desde el timbre está a la izquierda, en el primero piso, hasta: con Letourneux espera a que el elevadorista te marque el número, o quítate los zapatos cuando vayas a ver a Hazel.

Muy linda Elsa, muy amable, muy alejada de mi idea de chica anglosajona. Con las anglosajonas importa más lo que no se dice, lo sugerido, lo velado por la ironía. Hablar en un primer encuentro de tus planes de vida o tus anhelos en un nuevo país, es asegurar que ya no te devuelvan el saludo. Hablar de más es considerada una debilidad, y a mí que me gusta el chisme tengo que estar cuidándome siempre de no ahondar en ningún tema que la otra persona no haya mencionado o sugerido. Con Elsa, en mi primer recorrido de entrenamiento, hablamos de todo. Me contó que había estudiado bibliotecología pero que, a medio año de haber terminado la carrera, había ido a una conferencia terrible.

“Este edificio (una biblioteca), cabe en esto,” y el tipo alzó su laptop ante los ojos aterrados de Elsa, quien no tenía más habilidades en este mundo que archivar.

Le preocupaba el desempleo, le preocupaba quedarse toda la vida en un país que estaba a punto de traicionarla y a la vez tenía miedo de ir a un país subdesarrollado donde no había laptops, pero tampoco las condiciones de vida a las que estaba acostumbrada.

“Peor que eso,” le dije. “En esos países hay laptops y no hay condiciones de vida a la que estás acostumbrada.”

“¿Y tú?,” me preguntó entre ofendida y suspicaz: “¿Te quieres quedar aquí?”

“Yo aquí no he conseguido más trabajo que de voluntario.”

De hecho conseguí uno, cobrando deudas por teléfono, pero sólo asistí al mes de entrenamiento.

“Ojalá nos vaya bien,” dijo Elsa, de vuelta en la oficina.

“Ojalá.”

Elsa me asesoró en mis primeros recorridos, me enseñó a realizar los pedidos y me animó a que los hiciera durante unos meses. Esa era la época en la que yo les hablaba a las viejitas y después seleccionaba sus libros. Entre mis mejores éxitos recuerdo el libro de Julian Barnes Nothing to be afraid of, que es una compilación de cartas escritas entre él y su hermano filósofo, que hablan sobre la muerte. Una viejita, ya no me acuerdo el nombre, me pidió un libro, especie de superación personal y filosofía new age, que ayudaba a afrontar la muerte. Yo le llevé los dos: Death for dummies y Julian Barnes. A las dos semanas, cuando pasé con el siguiente pedido, me pidió que le renovara el de Barnes, quería leerlo de nuevo.

Esa etapa, sin embargo, terminó. Ya no seleccionó libros porque eso implica dos viajes, cuatro boletos de metro que desembolsó de mis ahorros, y tres horas extras que invierto de mi tiempo. Sin paga. Quizá si Elsa hubiera seguido en la biblioteca, yo también hubiera seguido en los pedidos, pero se venció su contrato y como la fila de espera es larga, le dieron aire, contrataron a otra chica. No pude ni siquiera despedirme. Tengo su número celular, porque me lo dio para irme asesorando en mis primeros recorridos, pero no le he hablado. Podría interpretarse mal. Además de que muy probablemente estará desempleada, al igual que yo.

“Ojalá, la chingada, Elsa.”

No le hablo tampoco a las viejitas y ya no selecciono sus libros, que era uno de los motivos principales por los cuales decidí este voluntariado. De hecho, hubiera podido dejarlo todo —el programa funcionaría con una sola persona que trabajara horas extras, hablara por teléfono, seleccionara y repartiera los libros, esa persona se pondría una chinga loca, pero a lo menos le pagan por eso, Elsa no podría haberlo hecho porque ella creó el programa, le tocó hacer la lista, trazar los recorridos, escribir los gustos de cada anciana, pero la chica que trabaja ahora, en su lugar, ella podría hacerlo sola—, si no me he ido, es por mis ancianas. Mentira. No lo he hecho por el compromiso, sentir que puedo cumplir en algo. Aunque también puede ser la idea noble de repartir libros. O simple y llanamente, no lo he dejado para no quedarme en casa todo el día.

Poco a poco se ha ido formando entre nosotros una rutina, la sonrisa de las ancianas cuando reciben sus libros; sus manos angulosas y trémulas con las que se adelantan para sacarlos de las bolsas e ir estudiando el título, el autor, la reseña; el “Aaaaalex, buenos días, querido” que me dan a gritos por el interfono; en ocasiones las charla, los recuerdos, los regalos.

Pero también hay ocasiones como las de este miércoles, con sólo un saludo, unas gracias y un hasta luego. Estos días en los que mi servicio parece un trámite de empleado. Aunque yo mismo tenga prisa, y piense que así, rapidito, me dará tiempo después de regresar a casa y hacer lo mío, aún así, me deja mal sabor de boca. Ellas deberían ser las que insistieran y yo el que diera las negativas. Pero casi siempre es al revés. Con excepción de Ruth, que ya empezó a cansarme con sus charlas inconexas.

Hemos caído en una rutina con sus escasos destellos. Por lo mismo, he decidido faltar el siguiente miércoles. Que se me despabilen las viejitas y que se ponga una chinga el reemplazo de Elsa. Para que aprecien lo que tienen.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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