2012

Aletz (Montreal)

Diez años y veinte millones de dólares después, el gobierno de Canadá decidió instalar el servicio de agua en las poblaciones inuits del norte de Quebec. Para ello enviaron a los expertos.

Los expertos mapearon la zona, cavaron en diversos lugares y entonces lo descubrieron. Un cable negro salía cinco metros a la superficie para volverse a hundir en la tierra. Decidieron contactar a su jefe. El jefe les ordenó que hablaran a las compañías de luz y gas, y que ya no volvieran a mencionarle el tema.

En luz les dijeron que sus cables eran azules, siempre azules, y tenían el nombre de la compañía escrito. Los de gas eran rojos, también con la inscripción escrita. Este cable era negro, sin inscripción alguna.

“¿Podrían verificar sus coordenadas?”

Obedecieron a regañadientes y les escupieron después un:

“Allí no hay nada.”

“¡Pero hay!”

Les colgaron. Los expertos decidieron acudir a la policía.

“Nosotros no usamos cables,” les dijo el sheriff inuit. “No tenemos ni agua.”

Después de largas y tediosas explicaciones, se quedaron en lo mismo.

Ante la posibilidad de una catástrofe, los expertos tomaron medidas drásticas. Contactaron al ejército. Salvando protocolos interminables, lograron, por fin, comunicarse con el teniente W. Le plantearon el asunto de la manera clara y concisa: hay un cable, viene no sabemos de dónde y va no sabemos a dónde, nadie sabe de quién es. El teniente W les pidió un día para investigar en su base de datos. Concluido el plazo, les dijo:

“No es nuestro.”

“¿Y entonces?”

“Déjenlo ahí.”

“Está sobre nuestras coordenadas.”

“Pues córtenlo”

Y colgó.

Los inuits reclamaban con impaciencia su agua. El gobierno anunciaba el final de la obra en medio año. Sus jefes la creían concluida en una tercera parte. Los expertos trajeron las pinzas, se agacharon frente al cable, lo prensaron y al cortar imaginaron una realidad paralela, una detonación nuclear, un apagón mundial, una oportunidad para empezar todo de nuevo.

Hubo sólo silencio.

Y hasta ahora, nadie ha ido a la compañía de luz a reclamar la suspensión de su servicio.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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