El repartidor de libros (4)

Aletz (Montreal)

Cheryl tiene cáncer. Me lo dijo ayer cuando, por primera vez, me invitó a pasar a su casa.

Había sido un gran día. Mary me pidió muy animada que le llevara en dos semanas la tercera parte de la trilogía de Stieg Larson, porque la tiene muerta de suspenso, dice que ya vio la película pero no alcanzó a leer los subtítulos. En el camino a casa de Ruth, compré unas galletas porque era su cumpleaños. Le entregué los libros, discutimos de cualquier cosa, y, antes de despedirme, le di las galletas. Creí que iba a darle un paro. Son unas galletas Ruth, las compré a tres dólares en la tienda de la esquina, le quise decir para calmarla, pero ya la tenía encima. Abrazo y beso. Jamás había visto tanta efusividad en una anglosajona, viéndolo bien, ni en mi abuelita mexicana, en paz descanse.

Irradiaba alegría cuando llegué al departamento de Cheryl, yo creo que por eso me invitó a pasar, quería contagiarse un poco. Además ya me había ganado el derecho. Primero me dio un separador de libros con sus pinturas, luego le pregunté si lo que llenaba sus paredes eran sus cuadros. Ya me tocaba mi exhibición.

Entramos, me sirvió un vaso de refresco y vimos los cuadros. Me gustaron, me gustaron mucho.  No había un despliegue inmenso de técnica, ni un conocimiento de las vanguardias, si es que todavía existo eso, era algo ingenioso y emocionante. Ejemplo: un cuadro de un partido de hockey. ¿Qué se puede esperar de un partido de hockey? Hielo blanco, cielo blanco, gente vestida de negro. Pues bueno, el cuadro de Cheryl era una explosión de colores. ¿Dónde los sacó? El logotipo de los uniformes, las tonalidades del hielo, el color de ojos, las ardillas, la basura, las piedras.

“¿Tú pintas?”

“No, nunca.”

“¿Entonces qué haces?,” me preguntó Cheryl, y por más azotada que sonara la pregunta, su manera de plantearla, así, natural, espontánea, “¿y entonces?”, me llevó a responderle directo.

“Yo escribo.”

“Ah, qué bien.”

Fin de la historia, nada de, mira tú, qué interesante, qué bonito. Natural. Terminó la exhibición, y al ir preparando mi mochila con los libros y videos, me preguntó por mi país de origen. Al escuchar México, creí que me iban a dar mi segundo beso del día. Hace una semana no me invitaban a pasar y ahora se me echaban encima. Ah que mis viejitas.

Cheryl había ido el año pasado a San Miguel de Allende. Fue por lo del cáncer. Le dieron la noticia: cáncer de médula espinal, quimioterapia, radioterapia, a sus setenta y tanos años. No quise internarse de inmediato en el hospital, nada de eso, quiso salir, viajar, conocer mundo. Una amiga le recomendó San Miguel por lo de la pintura (San Miguel es bastión de pintores gringos), Cheryl fue y quedó fascinada. Entonces empezaron las preguntas cruzadas de siempre, dónde había estado, si yo conocía tal o cual lugar, si ella había visto eso o aquello, si yo había comido en la pizzería a lado de la iglesia gótica. Casi que me instaló en su sofá y le pregunto si no se trajo un tequila. Yo, el mismo que hacía una semana creía que ella me veía la cara, con sus constantes visitas de amigas, su fervor artístico y sus ginebras tónicas en la baranda; yo, que pensé alguna vez tocarle y dejarle los libros, ahí no más, en la alfombra de su puerta.

“Gracias, Cheryl, gracias por la exhibición.”

“De nada, un placer. Nos vemos en dos semanas.”

Me detuvo antes de salir, y me regaló un calendario que tiene una pintura suya en el mes de enero.

Al llegar a casa, recorrí un poco mi mapamundi y dos postales para colgarlo frente a mi escritorio. Le busqué el mes de agosto, y le descubrí una pintura de un papalote (una cometa) que tiene de un lado, una mano abierta y un árbol, y del otro, unas flores y algo que parece un trompo de kebab. Le di más vueltas y me di cuenta que el calendario termina en agosto. No me va a servir de mucho, unos días apenas, pero igual, cuando termine lo cuelgo donde está la pintura de Cheryl. Cheryl pintó una mujer hindú, sin rostro, bailando en un campo entre mariposas.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a El repartidor de libros (4)

  1. jonas dijo:

    Muy bela, hombre !

  2. Aletz dijo:

    Muito obrigado!

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