Super Bowl con mi madre

Aletz (Montreal)

Desde hace tres años, apenas se acerca el mes de enero me pongo a la caza de una televisión. Jamás me ha interesado comprar una, es sólo ese día, el último domingo del mes de enero, la fecha del Super Bowl, que me obliga a ponerme frente a una pantalla.

Mi cacería más memorable fue la de París. Vivía con mi novia en un departamento de dos plazas, conocíamos varios amigos, hispanoamericanos la mayoría. Los viernes salíamos a un bar en St. Denis y los domingos, de vez en cuando, jugábamos al básquet. Terminamos de jugar ese domingo, cuando le pregunté a mi equipo de seis jugadores si tenían tele y si podían invitarnos a mi novia y a mí a ver el Super Bowl.

“¿A qué hora?”, preguntaron, y ahí fue mi perdición.

“Empieza a la una de la madrugada y termina a eso de las cuatro.”

¡Cambio de horario maldito! Nadie quiso, nadie pudo y yo me regresé a casa desesperado. Verlo por internet era inútil, durante la temporada no faltaban canales ilegales que transmitieran los partidos con innumerables interrupciones (connecting to channel), pero el Super Bowl era otra cosa. Un águila en picada del National Intellectual Property Rights, abría sus alas en todos los sitios ilegales.

Le hablé por teléfono al Miguel, que es del norte, de Sinaloa. El Miguel entendería, y si no entiende por las buenas, le prometo un six pack.

“Bueno, Miguel…”

Su novia acababa de cambiarse de piso, debía ayudarla con la mudanza, les faltaban la mitad de las cajas, y luego desempacar, arreglar.

“Lo siento loco, ahí pa la próxima ¿no?”

Eran las ocho de la noche, hablé a un youth hostel, preguntando si pensaban transmitir el Super Bowl. Me dijeron que sí, pero cerraban las puertas a las dos de la madrugada. Hablé a otros dos lugares, mismo resultado. Cabizbajos, soportando el frío y la soledad de un domingo invernal, Deni y yo nos dispusimos a salir a la calle, a ver aunque fuera una hora del partido, cuando, de pronto, habló Miguel.

“Ya te conseguí una tele.”

Su novia, Adriana, me prestaba su departamento durante una noche. Habían hecho las mudanzas, pero les faltaba abrir cajas y ordenar. Ella prefería quedarse una noche en el departamento de Miguel y empezar con el trabajo al día siguiente. Corrí al Metro, recogí la llave y, de paso, me compré un six. Deni y yo vimos el Super Bowl XLIII comentado por jugadores de rubgy franceses. Al salir, París estaba nevado, no había un alma en la calle, y cuando cruzamos el bassin de la Villete, alcanzamos a ver la torre Eiffel.

En los dos últimos años en Montreal la caza ha sido menos difícil, de hecho, uno de los cambios que más aprecié al mudarme a este país fue el estar de nuevo bajo el horario de la NFL. Recién llegados a Montreal, contacté con una antigua amiga de mi hermana, ella llevaba un año viviendo en la ciudad, con marido y dos hijos. Nos invitó a su departamento a cenar. Apenas entré, vi la tele de cincuenta y tantos pulgadas. Busqué la manera de amarrar el Super Bowl. Su hijo de cuatro años rebotaba aburrido una pelota contra el suelo, agarré un cojín, se lo lancé a la cara, y apenas lo agarró con las dos manos, me lancé a darle una tacleada.

“Super Bowl,” grité, y el niño, ya para el tercer pase, gritaba lo mismo.

Nos invitaron a su departamento el siguiente domingo, y acompañado de sándwiches y almohadazos vimos cómo los Santos de Nueva Orleans se coronaron campeones. Todos felices porque ese año Nueva Orleans había sufrido mucho con el huracán Andrew.

Este mes de enero no pintaban nada mal las cosas. Estaba evaluando si preguntarle a Poppy o a Abelardo, a sabiendas que ninguno de los dos se negaría, cuando me enteré que una amiga regalaba una de sus dos televisiones. Le hablé por teléfono a Kinori, quedé con ella un sábado, y ese día, Deni y yo, tomamos dos autobuses y caminamos diez minutos bajo la nieve hasta llegar a su casa. Estábamos empacando la televisión, cuando Kinori nos confesó que venía de terminar con el novio. Una relación de cinco años, él se había quedado en Perú, ella ya no sabía si regresar o quedarse un año más en Montreal, la distancia los había acabado. Fuimos a tomarnos unas birrias en un pub irlandés, con la plática y el alcohol se le subieron un poco los ánimos.

“Se está uno muy sola en esta tierra,” nos dijo al salir, bajo una nueva tormenta de nieve. Yo pensé lo mismo, pero dos televisiones no iban a ayudarle mucho a resolver su problema, en cierta manera, aligeramos su carga.

Al día siguiente, domingo, Deni y yo vimos el Super Bowl XLV en casa. Esa vez ganaron los Empacadores de Green Bay, para gran tristeza de mi amigo el Chuy.

Ahora estamos a una semana de que empiece la temporada. Falta todavía medio año para el gran domingo, serán, como siempre, diecisiete jornadas, luego vendrá la post-temporada, su juego de comodines, sus finales de conferencia y entonces empezará la cacería de teles. Nada es seguro, la que nos regaló Kinori se descompuso al mes de haberla traído. Además no sé si estaré para entonces en esta ciudad. Existe una mínima probabilidad de que regrese a París, pero dado el caso, me deprimiría bastante porque Deni se quedaría en Montreal, y después de nuestro Super Bowl juntos, en un departamento ajeno y solitario, con tormenta de nieve en París de madrugada, cualquier variante le quedaría muy corta. Otra opción, nada improbable, es que regrese a México, y entonces me gustaría verlo con mi madre. Ella me acompañó en cada Super Bowl hasta que cumplí los veinte años. Incluso después, cuando la novedad de vivir en el extranjero y los cambios de horario malditos me hicieron olvidar ese domingo de enero, mi madre, por costumbre, seguía viéndolos. Por teléfono o por carta, me decía:

“Ganaron los Carneros, esos que antes eran muy malos. Estuvo buenísimo, hasta el final se decidió, por un gol de campo. Pero lo hubieras visto, Alex, estuvo para morirse de nervios.”

O si no me preguntaba que de dónde eran esos del águila negra, porque habían llegado, por fin, a un Super Bowl.

“De Atlanta.”

“Esos, mi hijo. Pues ya llegaron, pero no ganaron.”

O si no me decía:

“Ya van dos veces que ganan los Patriotas, los que antes no daban una. ¿Te acuerdas, Alex, que hasta tenían otro uniforme? ¿Cómo se llamaba el cachetón ese que tenían de entrenador?”

“Bill Parcels.”

“Ese mero. ¿Qué habrá sido de él?”

Fueron diez Super Bowls que no vi por estar en otros lares. Con el tiempo, incluso, empecé a tomarle gusto al rugby. Ahora sé que lo mío es el futbol americano, lo vi desde niño, e incluso lo practiqué durante tres años (ese incluso adquiere mayor dimensión al valorar mi peso y mi tamaño). Viéndolo bien, este año me gustaría regresar al Super Bowl con mi madre. Regresar a esa época en que debía explicarle las reglas, las jugadas, aclararle los colores y los logotipos de cada equipo, para después volver a escuchar de su parte:

“¿De dónde dices que son los azules? ¿Cómo se llamaban los del águila negra esa? ¿Cuántas jugadas les quedan para el primero y diez?”

Super Bowl XLVI, a ver qué me deparas.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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4 respuestas a Super Bowl con mi madre

  1. Pablo dijo:

    Genial Áletz. Me ha traído muchos recuerdos este post porque yo también tengo mi particular mitología alrededor de la Super Bowl. Algún día la escribiré.

  2. Aletz dijo:

    Cuál es tu equipo Pablo? Y cuidado con decir los de Dallas…

  3. Pablo dijo:

    Por tradición, desde niño y desde siempre (aunque sé que son y siempre han sido pésimos) los Lions, por una de esas historias de Super Bowl y más allá, los Patriots. Por enseñarme la cantidad de pena que puede caber en 1 yarda, los Titans (la justicia les debe un título, como a los Bills). Y disfruté muchísimo con los Ravens de Ray Lewis y los Saints, cuando ganaron viniendo desde abajo y dando la sorpresa. (Creo que compartimos sentimiento hacia los Cowboys)

  4. Aletz dijo:

    Gran jugador Barry Sanders, lástima de equipo que le tocó. Los Patriotas que más recuerdo fueron los del récord histórico: 1 ganado, 15 perdidos. Me perdí el Super Bowl de los Titans, ni si quiera supe cuándo entraron a la NFL. Pero en fin, me estoy poniendo al corriente.
    Un abrazo!

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