LOS VENDEDORES DE SUEÑOS I

Harold (Bogotá)

Fue maravilloso al principio, por lo menos muchos pensaron en eso, y no era para menos, la profunda crisis que asumía el mundo, increíblemente, se alivianaba con semejante idea tan revolucionaria y absurda. Al principio, como se dijo, las personas vieron una suerte de bendición en los nuevos medicamentos, una forma de darle una mayor resonancia a esto que conocían como vida. Un grupo farmacéutico neo zelandés vino un día con la idea, fueron ellos quienes tuvieron el monopolio durante los primeros años, y como era de esperarse fueron los primeros en derrumbarse cuando el producto adquirió su carácter genérico, pero eso, claro, es un asunto muy posterior.

Carpe Diem lo llamaron. Un neuro-inhibidor del sueño, noradrenergico inverso que suprimía la necesidad de dormir y que al tiempo suplía todas las funciones restauradoras en el córtex del cerebelo. Es decir, que se habían inventado una droga para dejar de dormir. En un inicio, el producto se utilizó para el tratamiento de casos crónicos de narcolepsia, pero con el tiempo, algunos encontraron en él la respuesta que buscaban a los grandes problemas de la posmodernidad. Imagínense ustedes —rezaban muchos anuncios— cuánto podrían hacer en sus vidas si no tuvieran que perder todo el tiempo que la pasan durmiendo. Este era más o menos el argumento con el que el Carpe Diem se popularizó, y era entendible porque las empresas pudieron funcionar las veinticuatro horas; los empleados podían ahora ganar más dinero con los dobles o triples turnos que hacían, las personas podían estudiar y prepararse en la mitad del tiempo que antes y una larga y novedosa cadena de etcéteras.

Cuando los laboratorios le hallaron la vuelta a la fórmula zelandesa el producto se instaló en la cotidianidad; más común que una aspirina, más barato que unos chiclets en caja el Carpe Diem se conseguía en los supermercados, las tiendas de abarrotes, te los regalaban en los aviones o cuando pedías postre; era, en fin, como comprar el pan de todos los días. Restar horas al sueño lentamente se convertía en algo normal, algo que era parte de la vida como hablar por celular o ir al baño.

Las ciudades, por supuesto, empezaron a cambiar de forma increíble, el progreso se instaló de miles y desmedidas formas. Paradójicamente, la droga parecía generar en las personas unas ansias irresistibles de trabajar, de aprovechar al máximo los días y las noches; el concepto de ocio pareció desvanecerse con el sueño, pues para muchos ese “tiempo” de más no podía ser maltratado pensando en vacaciones, relajación, divertimento, muy por el contrario, la gente se permitió tener varios empleos, nuevos empleos, y quien lo niegue, hasta parece que los disfrutaban. Las ciudades entonces surgieron como nunca, la actividad diurna empezó a ser simplemente un componente de esos interminables días-meses de luces y sombras por los que se tejía la vida. Todas las ciudades fueron Las Vegas, todas fueron New Vegas, ampliadas y mejoradas visiones mutantes de la ciudad que nunca duerme.

Por supuesto, miles de personas se resistieron a semejante vejamen; aún existían soñadores impunes que se desligaban del tren de la sociedad actual. Pero esos herejes de los nuevos sistemas no duraron mucho, en verdad, era muy difícil sobrevivir por fuera del núcleo motor de la civilización. No hubo, como sí en otros tiempos, persecuciones infames para reducir a los soñadores, no se establecieron instituciones especializadas en difamar y contrariar a los rebeldes, sino que en el ritmo frenético que adoptó el mundo los fue desechando en una normal evolución. Y fue así porque el Carpe Diem presentó inesperados resultados. De alguna forma, los neurosupresores se instalaron genéticamente, y con el correr de las décadas la necesidad de dormir fue haciéndose parte de un mito, fue un extraño comportamiento que tenían los seres humanos en los estadios más virulentos de su evolución. Palabras como somnoliento, insomnio, pesadilla, sueño fueron convirtiéndose en abstrusos arcaísmos; la gente mucho no entendía las obras de Shakespeare o de Calderón, y una nueva literatura intemporal fue ganando terreno. Algunos todavía extrañaban, sin querer, las noches de mal sueño, los terrores nocturnos, el Dreamquest de Lovecraft, pero todo como parte de una subcultura recóndita en la que circulaban este tipo de relatos increíbles de un tiempo en el que los hombres, bueno, ya saben, no hacían algo en las partes oscuras del día. Unas pocas sociedades ridículas se dedicaban a reunirse durante horas a cerrar los ojos emulando quien sabe qué estado de los antiguos. Eran los vendedores de sueños, nadie por supuesto les prestaba mayor importancia, eran tan risibles como en otras épocas los sofistas, los opiofagos o la sociedad de la tierra plana.

El mundo siguió su curso, un trasegar que fue igual al automatismo, un desarrollo tan vasto e increíble que estaba por fuera de cualquier categoría. Los dominios del hombre se trasladaron a las estrellas, a otras galaxias, los más recalcitrantes dicen que el universo entero fue nuestro, pero lo cierto es que nada saben del mundo de Randolph Carter, del sonambulismo de Lady Macbeth, de los sueños que anotaba Borges o de la comunicación telefónica con el mundo de los sueños de Meyrink, y así no sé en verdad que universo es el que decían alcanzar.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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Una respuesta a LOS VENDEDORES DE SUEÑOS I

  1. Dorian Gray dijo:

    ¿Dónde puedo comprar tus libros?

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