“Yo no soy cantante, soy poeta.”

Aletz (Montreal)

A diferencia de la canción francesa, que se recita, la canción en este lado del continente se canta. No es necesario tener un buen timbre de voz, ahí está Dylan; ni siquiera es necesario saber solfear, eso se arregla con dinero u operaciones estéticas. Lo que sí es necesario es cantar, o hacer cómo que se está cantado. Eso no lo entendió Leonard Cohen, de ahí el malentendido que él quiso reparar, pero demasiado tarde.

“Yo no soy cantante, soy poeta.”

Ya nadie le cree.

Antes de cumplir los treinta, Cohen había ganado premios universitarios de literatura y publicado libros; era además, el amigo del poeta más importante de Montreal, cuyo nombre ya no recuerdo (acabo de ir a la Biblioteca, su nombre es Irving Layton). Su vida estaba hecha, Cohen tenía el aura artística de la poesía y el aplomo que sólo da el dinero. Su padre era dueño de la tienda más cara de trajes para hombre, uno de los pocos judíos que pudo mudarse al barrio de Westmount, privilegio de anglófonos. Nada lo forzaba a subirse al escenario de un bar mugriento y recitar poemas, si Cohen lo hizo fue quizá para ligarse a una chica, pretender ser otro que el niño fresa que era, volverse todo un bohemio. Y lo más extraño es que pegó, a la gente le gustó verlo. Bar donde se paraba Cohen, se llenaba de fanáticos.

Tanto éxito lo cegó. Sin hacerle caso a su familia, empacó maletas y tomó el autobús a Nueva York. Ahí vivió un par de años, comprándole bebidas a Dylan, recitándole poemas a Joan Baez, pidiéndole a ambos que le enseñaran a cantar. Ninguno se dignó. Cohen se rasgó sus fínisimos trajes, compró jeans, botas vaqueras, chalecos de piel, nada; pagó todas las cuentas del hotel Chelsea, con el dinero que le enviaba su madre desde su lujosa casa en Montreal, nada. No es que fuera burgués, judío, montrealense. Simplemente no sabía cantar.

Cohen tuvo su primera gran decepción. Y para sobrellevarla, regresó a sus raíces. La poesía. Pero no en Nueva York, ciudad superficial y materialista, sino en las islas griegas. Se compró una casa en Hydra, sin electricidad, sin gas, sin nada, el puro cascarón, y empezó a escribir. Lo acompañó una de las novias más bellas que ha tenido, una noruega despampanante cuy nombre, oh sorpresa, tampoco recuerdo, pero aparece en la contraportada de este CD. (la chica se llama Marianne Ihlen, de ella habla la canción, Son long, Marianne). Cohen escribió cada vez más y mejor. Hasta que, años después, le entregaron el premio al mejor escritor canadiense de poesía.

Con el premio, Cohen decidió volver a su ciudad natal. Su familia y amigos lo recibieron como al hijo pródigo. Le felicitaron por el premio, y el estilo, el ritmo, las imágenes de sus poemas. Le recordaron también los bares colmados de fanáticos y alguno salió con la idea:

“¿Por qué no haces un recital de nuevo?”

“Ni madres.”

“No tienes que cantar, sólo recitas el poema.”

“Vete a la mierda.”

“Tu recitas y dejas que dos señoritas te acompañen en coro.”

“¿Qué señoritas?”

Lo hizo. Cohen volvió a subirse al escenario, a pesar de que había jurado nunca hacerlo. Pero subió sin guitarra, ni pantalones de mezclilla, ni botas vaqueras de mierda. Tomó en cambio uno de los trajes que vendía su padre a miles de dólares y como quién recita un poema frente al Mediterráneo, recitó su primer y único éxito juvenil, Suzanne. Montreal, como siempre, lo ovacionó. El paso lógica era, claro está, Nueva York, pero Cohen no lo daría ni de loco.

“Me voy a Europa, ahí sabrán apreciarme.”

En Londres y París, Cohen tuvo un éxito rotundo. Aún así, tuvieron que pasar varios años y dos películas (Exótica y Natural Born Killers) para su consagración. Cuando dio su primera gran gira en los Estados Unidos, su batalla con la música estaba ganada. Las coristas daban el canto, él recitaba sus poemas, y todos felices.

“Pero es que yo no soy cantante, soy poeta.”

Lo que tú digas, Cohen. Lo que tú digas.

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ps. Aquí les va el video de una de mis canciones favoritas. Fíjense como el Cohen no mueve ni los hombros, aunque se le cuelguen la dos roras que tiene de coristas.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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