El enigma de la abuela

Aletz (Montreal)

Vino la mamá del Isra a Montreal. La vimos el domingo pasado en un picnic y este jueves en un bar. Mis dos lugares favoritos, parque y bar. El encuentro fue muy ameno, pero una anécdota que contó el Isra en el bar me ha dejado pensando hasta el día de hoy.

Para quienes no sepan quién es el Isra, les cuento que fue un gran amigo de infancia, que ahora, después de veinte años, encontré en Montreal por puro azar. De hecho, ya escribí sobre él en este blog, llamándolo, no sé bien por qué, el Cone. De hecho sí sé porque, lo llamé así por incompetente, porque ese apodo no lo describe en lo más mínimo, así que he decidido resanar mi error revelando su verdadero nombre e identidad: el Isra.

Tenemos al Isra y ahora les presento al tercer personaje clave. Les presento a la hermana del Isra, llamada Kenya. Keny, como le decíamos de cariño, fue mi primera novia, de manita sudada y besos en el juego de botella (besos de cachete). La quise como se puede querer a los diez años, con el amor ávido e inocente de un novato. Recuerdo que el día en que me compraron mis primeros lentes de contacto fui corriendo a su casa. “Aquí está tu rorro,” le hubiera dicho cinco o diez años después, pero en esa ocasión me quedé callado, ella me vio un rato y sólo me preguntó con su vocecita de quien acababa de tender su cama, o doblar su ropa:

“¿Y tus lentes?”

Y yo, con la voz de quien acaba de conectar un pase a gol, pero no presume, le respondí:

“No sé, me los quitaron.”

“Ah.”

Ahora el último personaje y el definitivo: la abuela del Isra; aquella barrera vestida siempre de chal rojo, pelo cano y voz atronadora, que me quiso impedir el acceso a casa de mi amigo y mi noviecita, con la excusa de que yo no era buena influencia para ellos, de que era un vagales, y encima de todo, un prieto. Esa abuela, ¡cómo olvidarla! Lo que sí olvidé, sin embargo, fue la anécdota que contó el Isra este jueves, mientras que su madre, Deni y yo tomábamos nuestras birrias.

Isra dijo que yo había empezado a llevar cuentos escritos de mi propio puño y letra a su casa. Lo había hecho para que su abuela cambiara su opinión de mí, que me viera como un niño responsable y me dejara entrar a su casa. En ocasiones acababa de hablarle por teléfono al Isra o a Keny, sabía que estaban en su casa, pero salía su abuela y nada, una barrera. Entonces pensé en lo de los cuentos y resultó que a la abuela le gustaron, de hecho le gustaron tanto que empezó a pedir más. Mi madre, obligada por mis súplicas, los transcribió a máquina, y al hacerlo, les cambió la puntuación y la ortografía, me los editó. Con esta nueva obra impresa, pude entrar a casa de mi amigo y de mi novia con la libertad irrestricta de un miembro más de la familia. Una vez caché a Keny a mitad de la regadera, otra vez que había mole casero en la cocina me serví un plato, otra vez me quedé hasta altas horas de la noche jugando en el Nintendo del Isra, solo. Mis cuentos me exoneraban.

“No me acuerdo de eso,” le dije al Isra, cuando terminó de contar la historia. Pero entonces su mamá, dijo que sí, que así había sido.

“Chale. ¿Pero le gustaron los cuentos a tu abuela o los pedía para obligarme a trabajar?”

“Quién sabe,” me dijo el Isra. “Pero de que los pedía, los pedía.”

Y ahora, el enigma.

Después de quince, casi veinte años, publiqué un libro de cuentos en una editorial de gobierno en México. Recibí como pago una caja con doscientos ejemplares que vendí a quién se dejara, pero más que nada, regalé. Hacía varios años que no veía al Isra, ni a su familia, vivíamos en ciudades distintas, pero en ocasiones yo iba a Morelia de vacaciones. Esa vez, cuando publiqué el libro, por una extraña razón, que me expliqué entonces como un desliz de vanidad, fui a su casa a visitarlos. Sentados todos a la mesa (menos la abuela, que había muerto hacía unos años), dimos un repaso emocionante a la vida de los vecinos, las nuestras propias y, por último, les dejé el libro. En ese momento me pareció, repito, un gesto de vanidad. Pero ahora, viéndolo a través de los ojos de la anécdota de la abuela, me doy cuenta que, en realidad, fue un gesto de añoranza. Quise tener de nueva cuenta acceso a esa casa, quise jugar de nuevo con mi amigo y coquetear con Keny. Y de manera completamente enigmática, la literatura me volvió a funcionar. Porque ahora, a cinco o seis años, el Isra y yo nos volvemos a encontrar en Montreal, y estamos llenos de proyectos, yo he escrito dos guiones que él está filmando, he salido de actor en uno de sus videos y he ayudado, en el sonido, las luces, en otros tres o cuatro. Creo que la abuela, desde su tumba, ya no pide sólo historias, ahora también quiere imágenes.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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4 respuestas a El enigma de la abuela

  1. Pablo dijo:

    Qué maravilla de texto Aletz. Quiero tu libro de cuentos y noticias sobre tus guiones.

  2. Aletz dijo:

    Gracias Pablo! Cuándo hacemos un video?

  3. el isra dijo:

    Mi estimado Aletz, ya sabes que aun que no traigas cuentos, la puerta de la casa esta totalmente abierta. Me da mucho gusto haberte encontrado en Montreal y de estar haciendo proyectos juntos. Lo que si no sabía era que viste a mi hermana saliendo de la ducha eh. Pero eso ya después lo platicamos.

  4. Aletz dijo:

    ups, libertad poética mi Isra, liberta poética…

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