Madrid en agosto

Pablo (Madrid)

Hoy es el primero de los 31 días en que Madrid se convierte en un desierto de asfalto, donde la poca gente que se ve en las calles o es extranjera o está tranquila. Ya no se camina rápido, no hay por qué, ni tampoco se hace por la inercia de ver a los demás andar rápido, sencillamente no hay nadie. El ruido insoportable de coches y conversaciones sin sentido se disipa y se convierte en un pequeño ronroneo de gato. Imagino que en todas las grandes ciudades que carecen de playa sucede lo mismo, un apocalipsis de trabajo deja las calles como en una maqueta del fin del mundo, dejando a la ciudad respirar.

Por fortuna, la contaminación y los políticos desaparecen para que la ciudad disfrute de los pocos momentos de libertad de los que puede gozar a lo largo del año. Muchos comercios cierran y los que vuelven de las vacaciones de julio lo hacen con el ánimo tan decaído por el regreso que pasan varias semanas hasta que se nota de nuevo su presencia. Cuando se vuelve a Madrid sin casi haber tenido tiempo de disfrutar de otra ciudad los trabajadores suelen pasar un trámite vegetativo en el que se contagian de la quietud del ambiente, ya que la ciudad a la que han vuelto no es la ciudad que dejaron al marcharse.

Osado aquel que intente contravenir las reglas de una gran ciudad occidental en agosto, pues la cultura tiene que ser ligera y amena, los paseos largos y el coche en el garaje. Todo el mundo debe ver el amanecer al menos una vez. Un poco de ajetreo está permitido, no vaya a ser que la ciudad se relaje demasiado, pero no al nivel casi esquizofrénico del resto del año. La escritura como la brisa, suave, refrescante, intermitente, que el excesivo calor aturde las ideas. Las conversaciones, sobre el calor que hace y los fichajes del Madrid.

Madrid en verano es un buen lugar para quien quiera conocer los museos, parques y edificios de la ciudad de manera relajada. Es una alternativa a la playa o la montaña con la pausa habitual de un invierno en la playa o la montaña. Aunque no se puede pretender conocer esta ciudad en agosto, pues lo que queda durante este mes es sólo la estela del cometa. Hay más gente en la calle de tarde-noche que de día y la mayoría de madrileños han emigrado, y sin ver y conocer a los autóctonos es difícil calibrar el poso y el ritmo de una ciudad, que se tiñe de otro color y entona otra música para tomar un poco de oxígeno y renovar sus fuerzas. Pues este otoño, más que nunca, va a venir revolucionado…

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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