Los 7 dedos de la mano

Aletz (Montreal)

El circo evocaba en mí dolores de cabeza, desesperación y enojo. Mientras los demás reían, gritaban abrían la boca en una O perfecta, yo me preguntaba qué, qué es lo que ven, qué está pasando. Nunca lo supe. En mi última ida al circo, cuando cumplí los ocho años, mi tío, curioso de que yo fuera el único niño con el ceño fruncido mientras salían los payasos, le previno a mi madre.

“Este niño no ve.”

Y era cierto, no veía. Mi primera dioptría fue de menos cuatro. La ceguera total es de menos veinte. Hasta el día de hoy mi madre aprovecha la menor oportunidad para relatar la iluminadora visita al circo que le aseguró que yo no era ningún torpe —que le copiaba los apuntes al compañerito de al lado, que preguntaba a cada momento por lo que decían los subtítulos de las películas, que no sabía dar la hora en los cines—, sólo un ciego.

Me pusieron los lentes, pero ya no volví al circo. No sé si mi familia se cansó de ir, o subieron los precios, o hubo crisis, o quizá fue un poco de todo, o quizá los primeros en negarme la diversión de los niños normales desde que me volví un cuatrojos, un Paul Pfeiffer, un nerd, fueron mis tíos y mi madre. La verdad es que ya no volvimos al circo.

“Ahí están los cines,” dijo mi madre cancelando el tema y yo no pude estar más de acuerdo. Si podía ver la explosión de la estrella de la muerte, la levitación de una bicicleta conducida por un niño y un marciano, y hasta los pezones soliviantados tras la bata blanca de dormir de Kim Basinger, para qué carajos quería ir al circo.

Pero entonces, hace dos años, llegué a Montreal.

El espíritu del Cirque du Soleil vive en toda la ciudad. Sus oficinas centrales les dan empleo a más de 2,000 personas y su escuela es una de las más grandes e importantes en el mundo, quizá la más importante. Es inevitable no encontrarse a alguien que no esté de alguna manera involucrado con el circo. En mi caso ese alguien se trata de mi vecina, que trabaja en las oficinas del Cirque du Soleil haciendo algo que no pudo o no quiso explicarnos a Deni y a mí en el término de una carne asada, y también en mi buscador de empleo, que dejó de serlo cuando embargado por la alegría pasó a ser buscador de empleo de una pobre oficina de gobierno a buscador de empleo en el flamante Cirque du Soleil. El circo está ahí, presente en la alegría de sus trabajadores, en el tope de la lista de ingresos económicos de la ciudad y en el orgullo mal disimulado de todos los montrealenses.

“¿Entonces qué, vamos al Cirque du Soleil?,” me preguntó Deni el verano pasado. Y yo pensé que sí, a este circo tenía que ir, exorcizar las jaquecas de infancia y remover el velo de mi ceguera con un espectáculo catártico: ¡si mis compañeritos de primaria y mi primo habían descubierto el circo con los hermanos Atayde, yo lo haría con el Soleil!

Nuestro problema, el de Deni y el mío, es la organización. Por lo general, ella suele ser quien toma la iniciativa y me deja a mí el relevo. Pero si no recibo un impulso más o menos considerable no me muevo, hago como que estoy corriendo pero en realidad no me he movido ni un centímetro. El verano pasado Deni investigó sobre los boletos del Cirque du Soleil y encontró un programa especial, un combo. Por la módica cantidad de cincuenta dólares podíamos asistir a dos eventos del festival Complètement Cirque, organizado durante el mes de julio y, si reservábamos a tiempo, y teníamos suerte, podíamos, con un pequeño extra de ya no me acuerdo cuántos dólares comprar un boleto del Cirque du Soleil. Deni compró el combo y me pasó la batuta.

“Tienes que estar a la caza de las reservaciones. Háblales, investiga.”

A ver, a ver. Ella hizo un click en internet donde decía Buy, yo, en cambio tenía que abrir la página de internet todos los días, estar “a la caza”, y además hablar por teléfono, perder seguramente varios minutos en espera, preguntar, repetir la pregunta y todavía correr el riesgo de que mi tiempo invertido no rindiera fruto alguno haciéndome pasar como un huevón.

“Tú investiga y yo les hablo.”

“Ni madres, yo ya compré los boletos.”

“Pero yo tengo que hablar todos los días. Yo hablo, pero tú fíjate en las fechas.”

Deni dijo nuevamente que no, que ni madres, pero yo por alguna extraña razón lo interpreté como un sí. Y al final, inevitable destino, nos perdimos los boletos del Cirque du Soleil. Cuando finalmente hablé, ya no quedaba ninguno, ni en última fila. Y volvieron las jaquecas de infancia y la sensación de ceguera y la necesidad de que todo fuera tan simple, sencillo y agradable como ir al cine.

Pero no, terminamos con un combo de cincuenta dólares por persona para ir a dos espectáculos que no nos interesaba ver, de dos circos de los cuales sabíamos únicamente que no eran el de Soleil y con los peores lugares disponibles. En la fecha fatídica, tomamos nuestras bicis y llegamos casi con vergüenza al teatro, Deni por haber caído en la tentación del combo y yo por no haberla seguido, como un hombre, en sus tentaciones. Nos sentamos como dos idiotas en una de las últimas hileras y sólo respiramos tranquilos cuando se apagaron las luces y empezó la música.

De pronto, una mujer bajó del techo agarrada a una tela de colores y giró hasta hacernos creer que no era humana, otra mujer acompañó un taconeo de tap rebotando sus bolas de malabares contra la parte inferior de una mesa, un grupo de cuatro atletas volaron por el cielo impulsados por sus propios cuerpos al caer en la parte opuesta de una balanza gigante, una pareja llevó la danza al dominio extremo de la técnica sin perder la emotividad de la música, y yo, por primera vez en mi vida, empecé a ver, ver como quien ve un circo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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