El Abuelo

Guille (Paris)

También hay momentos tristes: Afuera hace un día muy hermoso y no sé qué hora es, apenas puedo ver mis manos.
Esta semana no he estado en París, sino en Buenos Aires, Córdoba, Pilar. Y ahora ya sé que me quedaré aquí, en Pilar. Hacía dos años que no andaba por estos lugares. Cosas que han cambiado o no: Ahora los jóvenes dicen 50 pe. (a lugar de decir pesos). El vendedor de pollos de Pilar, al que siempre, al pedir una “pata-muslo” decía: “¿la izquierda o la derecha?”, como chiste, lo sigue haciendo, y he podido comprobarlo hoy mismo.
Ahora (quizás antes también) todo el mundo tiene la convicción (justificada) de que todos los taxistas son de derecha (y un poco homofóbicos y racistas).
En la ciudad de Pilar, todo sigue igual, pero en casa, desde que murió el abuelo, todo parece lejos.
Apenas si charlamos entre nosotros, observados por su retrato en grafito, que lo muestra duro, en lo alto del living.
Cuando desperté ayer, fue como si me hubiera despertado menos. Apoyado en el respaldo de la cama, me sentí extraño. El cuarto parecía borroso. Me palpé y me sorprendieron unas arrugas en la cara.
Por un momento creí seguir durmiendo y sufrir una pesadilla: Mi cuerpo era más delgado y anciano.
Me levanté con dificultad y me puso un pantalón de algodón blanco y una camiseta que encontré en el ropero y las pantuflas que estaban al borde la cama. En el bolsillo del pantalón había unos lentes que me mejoraron notoriamente la vista.
Espere durante horas antes de salir de mi cuarto. Llamaron a la puerta. Esperé aun, pero desde afuera golpearon con mayor insistencia.
Abrí y no había nadie en el pasillo. Caminé lentamente hasta el living en donde se encontraba la familia reunida.
La madre evitaba mirarme. En cambio el padre mantenía la cabeza erguida como si estuviera esperando. Las hermanas estaban a un costado de la sala, confusas.
Rulfo, el perrito, daba vueltas y tenía los ojos felices.
– Quizás debemos pedirte disculpas- dijo el padre- Pero era necesario. Todos extrañábamos al abuelo.
La madre dio un grito y escondió su cabeza entre los brazos.
– No entiendo- dijo el anciano-mi voz de anciano-
El padre explicó:
– Es que desde ahora tú serás el abuelo
El viejo miró a los costados como intentando huir.
– Te acostumbraras- Dijeron las hermanas.
-Vamos.– dijo el Padre- tendremos que seguir. Hoy, por ser hoy, te dejaré beber algo de whisky, pero sólo un poco, porque tienes tensión alta, y el alcohol no es bueno.
Los miembros de la familia me rodearon, como animales. Hasta Rulfo parecía tener malicia en los ojos. La madre, apenas se había erguido, con la cabeza gacha y lágrimas en los ojos.
Me acerqué a la ventana, acomodé mis lentes y miré hacia afuera, peinándome el pelo blanco, como solía hacerlo el abuelo.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
Esta entrada fue publicada en París. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El Abuelo

  1. Harold dijo:

    Excelente Guille. Contundente, hace un tiempo no leía algo breve e impresionante.

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