Repartidor de libros (3)

Aletz (Montreal)

En mis tres meses de repartidor de libros he llegado siempre chorreando a mis tres destinos. Lluvia, sudor o hielo, se supone que soy yo el que les hago el favor a las ancianas, pero siempre me he sentido como perrito mojado al pie de su puerta. Lo peor fue hace dos semanas, cuando la temperatura subió a más de treinta grados con una humedad terrible, y en lugar de pedir un vaso de agua o un buen trato, me conformé con pasarles la bolsa de libros en el umbral y escuchar sus pedidos como un empleado que recibe sueldo. Pero nadie me obliga. Si hago este trabajo voluntario es por mi fuerte convicción en la lectura. Si alguien pide un libro y no puede ir por él, yo se lo llevo, faltaba más.

Dios aprieta pero no ahorca, y aunque también sabemos que no existe, este miércoles tuvo la decencia de darme un día templado con un clima perfecto. Además de eso, alcancé el autobús que sube cada media hora al monte Royal, ahorrándome la mitad de la escalada. Le entregué los libros a Mary, bajé después con paso lento y meditabundo a entregarle los libros a Ruth y, como ya es costumbre, estuvimos un rato conversando en el umbral de su departamento. Ruth estaba impresionadísima con la novela Prey de Michael Crichton, el autor también de Jurassic Park.

“Nos depara un futuro horrible, Alex,” me dijo Ruth. “La nanotecnología está creciendo de manera tan rápida que no podemos imaginar todo el mal que nos espera. Esta nube…,” y posó una mano trémula sobre la portada del libro, que tenía dibujada una nube negra, “es horrible, simplemente horrible. De pensar en eso siento que se me va el aire.”

“¿De qué es la nube, Ruth?”

“Son partículas de nanotecnología. Un grupo de científicos crea la nube para espiar a sus enemigos, pero la nube adquiere vida propia e inteligencia y se desarrollan como insectos, es… ¿cómo decirlo?… Es horrible.”

Cambiamos el tema al futbol, al mundial femenil, y, por último, hablamos de la mafia italiana y lo mucho que se le parece, en estructura, a las tribus de Sudán. Me despedí de Ruth, todavía afectada por el recuerdo de la nube negra, y caminé después a casa de Cheryl, mi último destino del día. Le entregué su paquete y recibí de su parte unos separadores de libros ilustrados con sus pinturas. Fue un buen gesto, se lo agradecí, los puse en la mochila y terminé la repartición con una sonrisa.

De vuelta en la biblioteca Atwater, decidí sacar la novela de Crichton. Reniego de los best-sellers, pero de vez en cuando caigo en la tentación. Esa vez me ganó la emoción de Ruth. A ver, a ver, de qué me estaba hablando esta anciana, qué la ha horrorizado tanto, de qué será la nube esa. Saqué el libro y al llegar a casa, lo dejé en el buró del cuarto, a un lado de la cama. Ahí estuvo tres días. El sábado, antes de irme a dormir, lo tomé y empecé a leer.

Debo decir que desde hacía varios años no me capturaba tanto un escrito. Esa noche dormí hasta tarde, al día siguiente le quité horas a la tesis y al internet. La mentada nube asesina de nanopartículas me mantuvo en un estado de euforia y frustración. ¡Muere cabrona! Pero la nube no moría, sí en cambio morían cada uno de los miembros del equipo de diez científicos que la crearon. La maldición de Frankenstein mezclada con los conflictos amorosos del melodrama y las bromas clichés de los gringos (el científico gordo y fodongo que se alimenta únicamente de Fritos y resuelve un algoritmo a la vez que se revienta un pedo). Aún así caí redondito, le escuché la historia al Crichton como si un adulto se la estuviera contado a un niño, sentados los dos alrededor del fuego en una noche de campamento. En ningún momento me pareció verlo regodeándose tras bambalinas, como veo a muchos otros autores de la, digamos, literatura seria. Circhton se difuminó en su novela.

Y he aquí que, a pesar de ser un género bastante restrictivo por sus fórmulas establecidas, el género de Crichton (ya no sé ni cómo llamarle, ciencia ficción, thriller científico, techno-thriller, de acción) me pareció un género bastante noble. A diferencia de los escritores que se forman mediante el desprecio de su público (Flaubert y Baudelaire como modelos), y de los cuales la mayoría proviene de una clase media acomodada, estos escritores de los supuestos géneros menores los imagino pobretones y autodidactas (Philip K. Dick haciendo el gran ridículo en las universidades francesas, Raymond Chandler publicando en revistas de mala muerte), ingeniando la manera de entretener a su lector para que les suelte después unos pesos. No doy mi voto por ninguno de los dos partidos. Los quiero a ambos en el mercado. Flaubert y Dick. Pero insisto, hay un cierto gesto de nobleza al escribir una novela como la de Crichton que ve en su lector a un ser ávido de entretenimiento.

Dos semanas después, con la mochila a los hombros, llegué al departamento de Ruth, y después de entregarle sus libros, le dije que había leído la novela de Prey.

“¿En realidad? ¿La leíste?”

“Sí, la nube negra de nanopartículas da de verdad mucho miedo.”

“¿No te parece? Y cuándo entra al cuerpo de los científicos y se transporta por medio de la boca… aagggh.”

“Y cuando los científicos encuentran la cura en un virus que parece…”

“Excrecencia.”

“Eso.”

“Me da mucho gusto que la hayas leído, Alex.”

“El gusto es mío, Ruth.”

El gusto es mío.

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Acerca de sietecuidades

Siete cronistas para siete ciudades. Los lunes Federico desde Buenos Aires, Pablo desde Madrid los martes, desde Taipei los miércoles Iker, en movimiento trashumante desde la Ciudad Autónoma de Mis Zapatos Juliat cada jueves, Sergio desde Nueva York los viernes, desde Beijing llega los sábados Guille, y los domingos Daniela desde Cochabamba.
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2 respuestas a Repartidor de libros (3)

  1. Anónimo dijo:

    Me encanta leer estas letras… me imagino la ciudad y siento el clima. Me gusta lo que haces, escribes, vives… felicidades!

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